Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

miércoles, 16 de agosto de 2017

Un cuenco de madera ciprés...


Publico este relato oriental perteneciente a Las frutas de la luna (XX Premio Andalucía de la Crítica), que seguro refresca con su delicada luz selenita los días que quedan de agosto. 
Como Ángel escribió a propósito de El elogio de la sombra de Tanizaki, "la belleza nipona no reside exclusivamente en la luz o en los elementos brillantes, y la sombra pierde ese matiz negativo que se le atribuye en Occidente. Es como si en la cultura japonesa velaran todo con una ligera penumbra para que no se pueda discernir el límite". 
Lo he ilustrado con un viejo dibujo mío de 2006 que creo le viene como anillo al dedo.

 M. Tapia


UN CUENCO DE MADERA DE CIPRÉS, CON AGUA, PARA RECOGER LA LUZ DE LA LUNA


Una muchacha pobre peinaba con esmero su largo cabello negro. Huérfana, sin parientes, vivía en un cuarto en el que apenas entraba el sol, pegado a la parte posterior de la miserable posada y privado de brasero de carbón. Allí, por las noches, para disipar su desesperación, le gustaba contemplar desde el ventanuco el agua estancada en un socavón de la tierra del patio, imaginar que en realidad el agua destellaba a la luz de la luna en un cuenco dispuesto con encanto entre la rocalla de un jardín misterioso, y que aquella imagen atravesaba su corazón como una brisa primaveral.

La joven, reducida a la extrema necesidad pero tan hermosa y de piel tan blanca como la resplandeciente albura de una gardenia, se pasaba las noches sin dormir, entumecida por el frío de la habitación. Muy temprano, con sus manos estropeadas de lavar a diario ropa para otros, se aseaba, doblaba la colchoneta muy gastada en un hatillo y tomaba un poco de té ya sin sabor. Se sentaba luego frente a un espejito agrietado para cepillar y acomodar el pelo con candoroso detenimiento antes de ir a visitar de nuevo, en la sede de la prefectura, a su prometido, un muchacho apocado, dulce, impulsivo, que aún no sabía hacer frente a las acechanzas de la vida e injustamente sentenciado a muerte. Le turbaba que la viera despeinada. El pelo arreglado era su vínculo con el vehemente deseo que la habitaba, el de casarse en fecha próxima y vivir junto a ese ser, al que pese a todo adoraba con devoción, hasta el fin de sus horas.

Desde principios de otoño y durante veinte días consecutivos, la muchacha, con una obstinación indestructible, había adoptado la decisión de cruzar toda la ciudad, de subir la larga avenida de piedra donde se levantaba la oficina del gobernador para exigirle la revisión de la arbitraria causa contra su novio, para apremiarlo a que firmara su indulto, para rogarle clemencia arrodillada. 

Cada día andaba en vano dos horas a la ida y a la vuelta, cada día guardaba en vano una brizna de esperanza en sus ojos amustiados, cada día saludaba en vano con una reverencia a los oficiales de guardia que, para su continua desazón, nunca le dejaban ver a su enamorado. Ella era la única persona que, ocultando con delicadeza una dolorosa ansiedad, subía hasta la prefectura a pedir explicaciones o compasión, pues todos conocían los oscuros sentimientos que roían, como una rata, el corazón del gobernador. Además, cumpliendo órdenes, los oficiales confiscaban a la humilde joven las ciruelas en conserva o los pastelillos de arroz que le traía invariablemente a su prometido: ella no podía permitirse llevar la ropa apropiada, comprar un braserillo, unas modestas manoplas de fibra de salvado de arroz para calentar sus dedos ateridos, un paraguas de papel encerado, ungüento de camelia para un maquillaje que de todas formas las lágrimas desbaratarían de continuo, ni siquiera polvo para las pulgas; sin embargo, conservaba empecinadamente los dos yenes de paga para costearse el albergue y obtener algunos comestibles para su novio.

Cuando regresaba a la posada, frustrado una y otra vez el propósito, procuraba no reprocharse el infortunio de su vida, aunque sabía que intentar acceder a la aprobación del gobernador era como sacar maleza de los arrozales.

Cuando regresaba a la posada, la implacable expresión de dominio de quien podía salvar la vida de su prometido la horrorizaba tanto como le daba pena. Condicionado de tal modo su devenir, la hermosa muchacha sentía añoranza de un futuro de amantes, de pareja en su propia casa, de marido y mujer que se hablarían sin necesidad de palabras, que caminarían cada uno con una sandalia de madera del mismo par, para ser así uno solo.

Cuando regresaba a la modesta posada, la joven hallaba una manera de ahuyentar su amargura mirando con embeleso, completamente absorta, el agua detenida en ese hoyo abierto entre la tierra descuidada, en ese cuenco imaginario donde el brillo sobrenatural de la luna espejeaba y hacía crecer en el interior de la novia una intensa y refrescante sensación de confianza, de promesa, que agitaba su efecto con cada onda del agua.


Los días pasaban y, al cabo de veinte, la belleza de la muchacha se había ido destruyendo con cada nueva humillación del gobernador y cada nueva negativa de los oficiales de guardia. La calidad diáfana de su rostro estaba ahora desvaída, como un farol de piedra bajo la lluvia constante. Al día siguiente vencía el plazo y era de conocimiento público que, a media mañana, el gobernador firmaría la ejecución de su anhelado novio. La joven, agotada, cayó esa noche en un sueño muy profundo, como ya no recordaba, en el que se vio junto a su amado mojando los dedos en la límpida agua del cuenco que albergaba la luna, vestidos ambos para una alegre ceremonia nupcial. Se despertó, algo desorientada, más tarde que de costumbre, a pesar de que esperaba ese día como si su encogido corazón aguardara la orden de izar velas con un portentoso estallido del aire y todo el océano por delante, como si el color regresara por fin a sus mejillas en forma de ramo de corales.

Así pues, corrió a sentarse frente al espejito cuarteado. Exaltada por el tiempo que se cumplía, con la agitación de operar sobre los malos presentimientos y sobre el baluarte de su propia voluntad, repitiéndose sin cesar su único, firme y misericordioso deseo, la muchacha intentaba ordenar su larga cabellera negra, reluciente todavía como la laca. Pero tenía los dedos tan atenazados por la angustia y el frío y el pelo tan enredado que, al volver a pasarse por tercera vez el viejo y vulgar peine, una de las finas púas se partió. En ese mismo instante, en la sede de la prefectura, el gobernador desplomó su cabeza sobre el escritorio como si hubiera recibido un súbito tajo en el corazón, derramando el cubilete de tinta encima de la orden que ya nadie habría de firmar.


martes, 8 de agosto de 2017

Reseña de Flavio Sevilla


Rescatamos las palabras que en su momento escribió Flavio Sevilla en su blog Metaars, tras asistir a la presentación de Las frutas de la luna en la librería Nueva Gala. Es de agradecer la breve descripción del emotivo ambiente que reinó en el acto, así como sus apreciaciones sobre el libro y, en particular, sobre tres de sus relatos.


LAS FRUTAS DE LA LUNA, DE ÁNGEL OLGOSO

Aquella tarde de marzo en la presentación del nuevo libro de Ángel Olgoso “Las frutas de la luna”, asistí a una fiesta de la Literatura. La sinceridad de los testimonios de los participantes, el afecto y la admiración que muchos profesamos a Ángel, citas a autores como Chejov, Borges, Azorín…, caras de sorpresa, sonrisas sin malicia, lecturas en italiano y la declamación de un nuevo juglar que nos dejó atónitos. Tal cúmulo de sensaciones condensadas en tan poco tiempo, inevitablemente te hace pensar que estamos ante un hombre especial, que desde su sencillez y humildad personal ha construido todo un mundo riquísimo que ha plasmado en este libro con la serenidad de un viejo faro. Un hombre fiel a sí mismo, honesto y trabajador con una vocación muy clara a la que día a día se dedica sin ruido. Salí de aquella presentación con ese estado que en psicología se denomina “de flujo”.

Juan Carlos Friebe


El autor granadino ha bebido de muchas fuentes, literatura oriental, hindú, americana, española que unido a su imaginación inagotable y a un vocabulario excelso le confieren un dominio magistral del relato. Con la precisión de un relojero va engarzando cada rueda dentada hasta conseguir que el mecanismo de la narración funcione en la mente del lector dejándole un regusto de expectación, asombro, tristeza, esperanza, resignación. 

Los veinte relatos que componen“Las frutas de la luna” engendran un racimo de uvas tiernas, jugosas, dulces y amargas a la vez que dejan un sabor a calles angostas de Galicia, cerveza somnífera nórdica, caldo caliente de velatorio, a arroz de preso. De los veinte relatos yo destacaría tres que me han gustado especialmente, que me han llegado más profundamente, son “Suero”, “El síndrome de Lugrís” y “Perlas de Indra”. 

“Suero” es un relato absolutamente magistral. A través del hilo conductor de las gotas de suero que se deslizan sin remedio hacia las venas, el autor trenza una historia de tres generaciones: A (madre), B (hija) y C (nieta). A pesar de lo despersonalizado de los nombres de las tres mujeres, la historia es un compendio de absoluta humanidad. El relato alcanza cotas sublimes de lirismo: 

A, harinada aún de sueños de jovencita y de blancura de ajuar… 

La sensibilidad del escritor se muestra aquí de una forma palmaria. Las tres protagonistas construyen una historia femenina donde la alegría de los nacimientos, la preocupación y desasosiego de la enfermedad y el dolor de la muerte son hiladas a través de esas gotas de suero. En unas pocas páginas, el escritor da una lección de vida con mayúsculas, la alegría de una madre al dar a luz, la congoja de una hija al ver a su madre enferma, la rueda que vuelve girar con el nacimiento de la nieta, la madurez y el desamor. Y esas gotas de suero que impasibles asisten como silenciosas espectadoras a ese lento transcurrir hacia la vida y hacia la muerte. 

José Carlos Jiménez


“El síndrome de Lugrís” es el relato más extenso de“Las frutas de la luna”. Según nos reveló el autor en la presentación del libro, tardó ocho meses en escribirlo, describiendo un síndrome nuevo o desconocido hasta la fecha y que dejo que el propio lector descubra deslizándose por sus páginas. Sí me quiero centrar en la maestría que rebosa este relato, como Olgoso traza a la perfección ese camino que hay hacia el abismo de la locura, dejando en la cuneta lazos familiares, recuerdos y olvidos. Profundamente gallego, nos traslada a esa tierra a través de citas, calles, monumentos, comidas, pazos, gentes. Tiene la rara virtud de empaparte en Galicia, las calles que transitan los personajes las estás andando tú al mismo tiempo. Sobre todo, el autor hace un canto a la amistad, a la relación acrisolada de los protagonistas a lo largo de muchos años. La entrega al amigo preso de la locura, el tesón y la capacidad de empatía son las señas que engrandecen esta historia; saber que hay alguien que trata de evitar el descenso al infierno y tiende su mano afable y desinteresada: 


Pero el ser humano siempre teje esperanzas hasta el último momento.

Paolo Remorini y Giorgia Pordenoni


“Perlas de Indra” nos sumerge en el mar de la inocencia perdida de una niña de nueve años a través de uno de los hechos más atroces que puedan suceder. Sin embargo está narrado de una forma bellísima, pura poesía. No hay rencor, ni odio, hay compasión y un trascender el pasado de silencio y oscuridad, saltando por las finísimas cuerdas de seda que mantiene unido al mundo: 

Bela jai. El tiempo pasa.

Víctor Erice y Cristina García

martes, 1 de agosto de 2017

Astrolabio ilustrado (4)


Los bucles temporales, los desajustes espaciales, las dimensiones alternativas, las enumeraciones de piezas de una realidad que los personajes no pueden controlar son puntos centrales en la obra de Ángel Olgoso, elementos por los que siempre ha sentido fascinación. Con ellos logra atraparnos, envolvernos en un universo donde es posible lo imposible, lo inefable, donde las fronteras se rompen para -a la vez que nos deslumbran- dejar un reguero de sensaciones y preguntas.

M. Tapia


EL PAPEL


Encuentro en mi portal un papel que alguien ha roto en varios trozos. Está escrito a mano con letra diminuta: parece la enumeración de algo, una lista o quizá instrucciones, se trata en cualquier caso de una serie ordenada de párrafos. No hay en el mundo otro corrosivo equiparable al de la curiosidad. Intento recomponer los pedazos pero no encajan de ninguna manera. De pronto, aunque es mediodía, cae la noche. Me asomo a la ventana y veo la luna. Tras unos instantes, sale de nuevo el sol de junio pero comienza a nevar. Regreso ante el papel y, alarmado por la contemplación de tales arbitrariedades, busco atropelladamente otras combinaciones. Ni los bordes ni las líneas se corresponden. Afuera, las aves chillan enloquecidas mientras abandonan el pueblo en bandadas, unos leones rugen al arrimo de la sacristía, todos compiten con el disonante aullido de la tramontana, sobrepujada a su vez por el canto de las arenas que trae el simún de algún desierto. Se suceden los eclipses y las lluvias de sapos. Temblando, sin respiración, muevo una y otra vez los fragmentos, me esfuerzo desesperadamente en unir cada filo serrado, cada arista, cada rebaba del papel, como si con ello pudiera remendar derroteros incomprensibles o, al menos, mi propia confusión. En vano doblo y aliso irregularidades para hacer coincidir los trozos. Un tren recorre las estrechas calles desprovistas de raíles. Las olas de un mar desconocido suben por el valle, por los caminos de herradura, por los huertos en terraza, hasta batir contra las casitas de este pueblo montañés, y las guijas de sus playas ruedan inclementes sobre nuestros tejados de pizarra y nuestros patinillos. Hace años que soy viudo y, sin embargo, reconozco a mi esposa en esa figura que camina hacia mí con una sonrisa de desconcierto.




jueves, 27 de julio de 2017

Reseña doble de Las frutas de la luna, por Gärt


José Luis Gärtner es, posiblemente, uno de los más entusiastas conocedores de la obra de Ángel Olgoso: ha presentado sus libros en varias ocasiones, ha escrito reseñas sobre ellos (como la extensa que hoy traigo aquí, publicada con coda en la revista digital Tendencias 21) y colabora con él mano a mano en el Institutum Pataphysicum Granatensis. 
Sus reflexiones sobre la literatura -llenas de matices y a menudo apasionadas- envuelven armónicamente la lectura que hace de los relatos de Ángel, lo que en mi opinión potencia y enriquece estos textos escritos desde la admiración y el conocimiento.
La entrada va humildemente acompañada por algunas viejas ilustraciones mías y dos fotos alusivas.

Gärt y Olgoso, nutriendo la amistad


LAS FRUTAS DE LA LUNA: 
ORFEBRERÍA Y MAGIA

Ángel Olgoso publica un libro de relatos que deslumbra al intelecto. 

Para el autor granadino, frente a la perversión del lenguaje por parte de los poderes fácticos, es deber del escritor devolver a las palabras la magia que poseen intrínsecamente, la capacidad de deslumbrar al intelecto. En su libro de relatos “Las frutas de la luna” (Editorial Menoscuarto, 2013), Olgoso es fiel a este precepto al buscar su propio trayecto fuera de senderos marcados, y también al desarrollar con pulcritud de orfebre su narrativa.                             Por gärt.


La literatura de Ángel Olgoso evoluciona en sentido inverso a la norma mercantil según la cual la aceptación del hecho literario corre en paralelo al empobrecimiento del estilo. 

El estilo no es eso que hace que todos los libros de éxito parezcan escritos por la misma mano. Se trata más bien de aquello que hace que las palabras vertidas sobre el papel parezcan únicas. 

Tampoco es tan solo cuestión de saber combinarlas con pericia, es algo mucho más complejo, algo que hace reverberar la música que produce su sonido íntimo, que se apodera de los sentidos del lector y sumerge su espíritu en los abismos de la emoción. 

Nada de ello cae del cielo como la nieve. El estilo es producto de toda una vida volcada en la literatura, pues literatura sólo hay una, y nada tiene que ver con la resignación al argumento que padecemos ya desde el siglo XIX. 

Según Olgoso, frente a la perversión del lenguaje por parte de los poderes fácticos, es deber del escritor devolver a las palabras la magia que poseen intrínsecamente, la capacidad de deslumbrar al intelecto. 

En ese sentido, los relatos de Ángel Olgoso, labrados con la paciente entrega del orfebre, rebosan ya el tópico de la pulcritud. Hablar de pulcritud en este caso concreto, es ya un lugar común tan visitado como el fantasma de la “lucidez” en Francisco Ayala. Y lo peor es que nos vamos acostumbrando al despropósito de tratar de resumir el sentido de toda una obra literaria por medio de una sola palabra. 

Pues no, la genialidad no es una chispa divina que toque a los mortales de forma aleatoria. El único talento que conozco es aquel que proviene de la obstinación; y no siempre da resultados. Esa es la diferencia: mientras los demás divagamos en la vida, él escribe. 

El talento está en ese oficio –escribir no es un trabajo, sino un arduo oficio- que busca y encuentra su camino, cuando se sabe lo que se quiere saber y se escribe lo que se quiere escribir. Y eso no se logra dejándose arrastrar por criterios dominantes, sino más bien a fuerza de buscar el trayecto fuera de los senderos marcados. 

Tiene su riesgo -no lo vamos a negar- eso de circular contracorriente, pero también alberga una ventaja innegable: caminando en sentido contrario las ves venir de frente. Nadie dijo que la excelencia fuera un camino de rosas. Ser uno entre millones no es fruto de un día, es, a buen seguro, tan complicado como cultivar frutas en la luna. 

M. Tapia


Manjares lunares 


El maestro Olgoso no es de los que se duermen en los laureles. Con su nueva entrega de relatos, Las frutas de la luna (Menoscuarto, 2013), siempre a medio camino entre los mundos oníricos y las entelequias biográficas, el escritor de Cullar Vega ha descorchado la botella de su delirante universo interior, abriendo el paso a fragmentos que conjugan su reconocido lirismo con más de una efervescencia emocional. 

Ahí está el detalle –que diría Mario Moreno-, habida cuenta de que Olgoso administra lo pasional a base de redoma y alambique, en el caso de “Las frutas de la luna”, el escritor ha abierto las válvulas de escape, sin dejar, eso si, que el cauce se le vuelva torrencial, pero permitiendo que el fluido amniótico se deslice suavemente sobre el lecho escalonado, a modo de amplias gradas, que retienen levemente el cristalino arroyo de la prosa poética, dejándolo precipitarse en breves desniveles, a modo de una fina película. 

En otros términos, Ángel Olgoso es ya un consumado experto en el arte de aderezar sus relatos con versadas imágenes y sensaciones, sin caer en la fácil tentación del empalago. 

Las frutas de la luna, esos manjares cuyo sabor reconocen muy pocas papilas, albergan sabores, perfumes, texturas y músicas que nada tienen que ver con la melaza, el azúcar, la salsa de ketchup o la canción del verano. 

Obvio es decirlo; Ángel Olgoso nunca ha escrito ni escribirá libros de caballería. Eso, con seguridad, lo alejará (¡todo un drama!) de las listas de superventas. Ya conocemos, gracias al lapidario latino, que cierto tipo de mamífero artiodáctilo no siente el menor interés por las perlas.

M. Tapia


Un cuento gallego 


Atención especial merecería, bajo mi punto de vista, el extenso relato “El síndrome Lugrís” incluido en el libro que nos ocupa. No se trata en este caso de la extensión –cuarenta deliciosas páginas- lo que ha resultado más llamativo a este lector, sino más bien de la exhaustividad con que el autor ha cincelado un cuento que, desde la primera lectura, apunta a clásico. 

Por medio de un desdoblamiento del objetivo, bajo la apariencia de un juego entre la primera y la tercera persona, el desarrollo de la acción reflexiva, regala al perceptor la posibilidad de penetrar en el delirante imaginario de Manuel Lugrís, el personaje atormentado por una misteriosa percepción del rostro de sus semejantes. 

Bajo este soporte temático, el narrador, aparente sujeto pasivo, transgrede todas las fronteras descriptivas para involucrar al lector en el drama del protagonista. Nada de especial tendría esta pieza si no fuera por el alto grado de verismo que se esconde bajo densas descripciones, aromatizadas por la constante presencia del paisaje, el paisanaje, las luces y los manjares gallegos. Toda una conquista para un escritor sureño que, a modo del buen actor, acaba convenciendo al más escéptico de que quien habla no es él, sino ese personaje presuntamente secundario que Olgoso arraiga en tan poético escenario. 

El lector experimenta, desde el primer fraseo, la convicción de que está siendo llevado de la mano entre el verdín de los soportales compostelanos por un cicerone nacido y criado en esos lares. 

En ningún momento de la prodigiosa narración se adivina la impostura; jamás tiene uno la sensación de dejarse embaucar por falsetes ni simulaciones. Olgoso tiene que ser gallego -de Cullar Vega, por supuesto- mientras no se demuestre lo contrario. 

Y en semejante envoltura, de una formidable riqueza descriptiva, la voz omnisciente del personaje/cronista, sumerge al impávido voyeur en el vórtice de los dolorosos desvaríos de Manuel Lugrís, haciéndonos partícipes del hondo sentimiento de impotencia de aquel que es persona antes que demente. 

En esta vindicación del ser humano que la sociedad y la propia familia ocultan con un pudor indigno, hay mucho más que una labor creativa. El grado de compromiso de aquel que mueve los hilos, incumbe a la verosimilitud de toda la composición. No es necesario enloquecer para transmitir lo que ello significa, pero al menos hay que saber colocarse en ese lugar donde nadie quiere entrar para comprender los más opacos sentimientos. 

Al igual que en el relato "Materia oscura" donde el autor se sirve de una situación distópica para explicar de forma oblicua en qué lugar se encuentran las raíces de la interminable debacle social que nos ha tocado vivir, en "El síndrome Lugrís" se esconde aquello que no puede explicarse con simples palabras. El alma humana tiene tanta capacidad para la pesadilla -como se demuestra en "La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos"- como para la ensoñación. 

Otrosí digo: A quienes gocen de la fortuna de tener entre sus manos esta primorosa y delicada gavilla de quimeras, encarecería la relectura de "Dybbuk". No solo por el inmenso valor que supone la capacidad de hacer mofa y befa de los propios miedos, sino porque a partir de una situación patafísica por excelencia (casi tanto como el autor) el asunto -puedo dar fe de su veracidad- adquiere una dimensión tan lógica como los sueños y tan absurda como la realidad. Toda una lección de literatura para quienes aún no lo tengan claro. 

Somos anhelo casi tanto como desasosiego. Tan cierto como que lo uno puede llevar a lo otro. Tal vez para sobrevivir a las pesadillas de la realidad tenemos al alcance de la mano las páginas con que Olgoso va tejiendo un caprichoso autorretrato maquillado por la precisión del verbo y la armonía del pensamiento.

M. Tapia


LA LUNA INACABADA 


Por múltiples razones que no vienen al caso, me veo en la coyuntura de escribir dos reseñas -diferentes, por supuesto- en la misma semana, sobre el mismo autor y acerca del mismo libro. 

El motivo de fondo es la inconveniencia de extenderse más de lo razonable cuando se trata de hacer crítica literaria. Es por ello que, en este caso, me gustaría referirme a un relato en particular y no al resto de ese libro llamado "Las frutas de la luna" del que, a buen seguro, se hablará y mucho. El relato lleva por título el inquietante nombre de "Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde". 

Pues bien, aparte de las incuestionables calidades literarias a las que nos tiene acostumbrados el autor, Ángel Olgoso, este cuento posee ciertos matices que, a mi juicio, lo hacen particularmente interesante. 

La narración conduce al lector hasta la localidad sajona de Dresden, en pleno siglo XIX, donde se desarrolla una suerte de retrato costumbrista en torno al pintor alemán Caspar David Friedrich. Para llegar al citado escenario el autor utiliza tres planos narrativos, por medio de otros tres ficticios narradores que se van dando paso de forma escalonada. De esa manera, el lector realiza un viaje descendente desde el presente hasta el pasado, encadenando el pulso literario por medio de transposiciones temporales que cada uno de los narradores imprime a su particular visión de los hechos. 

Siendo los dos primeros, aquellos que incumben a un presente indefinido quienes hacen las veces de genuina introducción al relato final, la estructura dramática resulta tan bien hilada y superpuesta, que en ningún momento da la sensación de que aquellos sean meros accesorios del que contiene la verdadera sustancia, esto es, el tercero. 

Confío plenamente en que mis escasos lectores no se hayan extraviado en el dédalo que aparenta todo lo anterior. Si es así, les pido mil perdones y procedo a explicarles el porqué de tal embrollo. 

Que un pintor tan reconocido como Friedrich ocupe el interés de un escritor como Ángel Olgoso es notoriamente sintomático. Durante el relato que nuestro autor sitúa hábilmente en las memorias de un tal Johann Graff-Schleier (teólogo, pintor, botánico y diplomático) la trama se resume en algo tan sencillo y a la vez tan lleno de sentido como el obsesivo intento de captar la belleza de la luna. Friedrich acude durante tres noches, acompañado del (entonces) joven Graff-Schleier, en busca del lugar idóneo donde tomar apuntes del natural, con el objetivo de transponer al lienzo la mágica pesencia del modesto satélite. En cuanto al argumento, no hay mucho más que destacar. Tan sólo aclarar que el alumno Graff-Scheier nunca llegó a heredar el genio de su maestro, por más que éste aprovechara las horas que compartieron para -nada más y nada menos- explicarle el sentido del arte. 

La imitación esclava de la naturaleza y la ejecución rigurosa son propias del arte malogrado, dice Friedrich, la imagen debe recordar al original, insinuarlo, ocupar a la fantasía mucho más que satisfacer al ojo. 

En esas palabras, el escritor nos revela el secreto que todo artista debería conocer y deducir: la realidad debe ser observada con absoluta subjetividad y reescrita huyendo de la pretensión fotográfica, pues ni siquiera el objetivo de la cámara recoge lo que hay, sino aquello que el fotógrafo decide encuadrar. El objetivo no es tan objetivo como puede parecer. 

La pretensión de algunos escritores realistas decimonónicos de narrar los hechos sin establecer juicios de valor, es poco menos que un acto de arrogante ingenuidad. El autor existe para reinterpretar el mundo, para enriquecer al lector con otra mirada diferente, e incluso opuesta, a la suya. Ni siquiera el hiperrealismo pictórico más acérrimo ha conseguido establecer una neutralidad en las imágenes que intenta reproducir al mínimo detalle. Y si tal cosa fuera posible -que no lo es por la misma razón que la expuesta con la fotografía- ¿qué sentido tendría una obra que sólo se sostuviera sobre el mérito de la copia exacta? Nada sería más utópico, más fantástico, que el sueño de mostrar las cosas tal como son. Y no hablemos del tedio que acabaría produciendo algo que se puede captar directamente del modelo. 

En las palabras que pone en boca del pintor Friedrich, Ángel Olgoso se retrata a sí mismo, nos muestra su hoja de ruta -de forma solapada, eso sí- tal vez con la pretensión de defender un concepto del arte que, lamentablemente, no se ha generalizado. Puede que la confusión que reina en el mundo de la literatura, donde las querencias comerciales se han estancado en los parámetros decimonónicos, tenga algo de positivo. La literatura no está al alcance de todos, eso es cierto, ya que el talento debería incumbir tanto al escritor como al lector. 

El lector medio no dispone del mismo acceso a la lectura de entretenimiento que al verdadero placer que proporciona la literatura inteligente. Delimitar la belleza estilística, diferenciándola de la torpe cursilería, daría lugar a estériles debates que jamás llevarían a buen puerto. 

Tal vez nos queda confiar en que, estas mismas circunstancias históricas que han quebrantado la dignidad de las masas, nos devuelvan el brillo de la individualidad. 

A los que han llegado hasta el final de la presente -si es que se da la circunstancia- les pido perdón por la licencia, y prometo enmendarme en lo sucesivo, recuperando al menos parte de mi capacidad de síntesis. Confío en que la -¿posible?- lectura de las dos reseñas sobre la obra de Ángel Olgoso, no suenen a reiteración.

M. Tapia

José Luis y Ángel durante la presentación de "Breviario negro"

viernes, 21 de julio de 2017

Minotauro blues en Infolibre


Ayer, la sección Liebre por gato (coordinada por Fernando Valls) del suplemento Los diablos azules (dirigido por Luis García Montero) en el diario Infolibre, finalizó su temporada de colaboraciones con el relato de Ángel Olgoso Minotauro blues, un texto inédito cuyo título original era Hispania II
A continuación de esta narración, transcribo otra que hizo pareja con ella en el momento de la gestación, y con cuyo título comparte referencia: Hispania I, publicado en La máquina de languidecer (Ed. Páginas de Espuma, 2009), un vivísimo cuento breve en el que la crueldad del hombre para con sus semejantes convive con una desarmante ironía.

                                         Victor Delhez                                                    


MINOTAURO BLUES 


Refieren que los habitantes de esta ciudad son seres primitivos, de espíritu filisteo, carentes por completo de educación y cortesía, sin capacidad para ver más allá de sus ideas parásitas, para pensar en los otros o ponerse en su lugar, para imaginar, para hacer algo distinto de su vulgar rapiña diaria, algo mínimamente civilizado. Recordé esto a propósito de la noche en que al volver caminando de una cita, a la una de la madrugada, me vi asediado por una turbamulta vociferante que se acompañaba de explosiones y bocinazos de autos. Mientras me refugiaba aterrorizado en un zaguán pensé en revoluciones, en insurgentes e incitadores, en asaltos y saqueos, en barbaries desatadas. Creemos conocer el verdadero miedo hasta que nos topamos de pronto con algo cuyas consecuencias no podemos siquiera calibrar. Temí por mi vida. Sin el menor asomo de esperanza, me demoré en el escondite durante horas. La ensordecedora tromba humana, quizá enervada por el odio, la conmoción o la ignominia, ahogaba aún las calles, violando impunemente el silencio de la noche. Cuando más tarde, al borde del colapso, logré asomar sin peligro la cabeza y entrever al fondo unas banderas multicolores, creí entender que aquella buena gente celebraba la victoria deportiva de algún equipo local. 


 Victor Delhez



HISPANIA I 


Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina, sin embargo en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad. 


martes, 18 de julio de 2017

Astrolabio ilustrado (3)


Estoy disfrutando con el proceso de ilustrar los relatos de Astrolabio, más de lo que pensaba, ya que llevaba mucho tiempo sin dibujar. Cada historia es un reto que agudiza los sentidos, una búsqueda que me obliga a plasmar de forma sutil elementos del texto que no saltan en una primera lectura. Espero que saboreéis los cuentos de Ángel tanto como yo lo estoy haciendo.

M. Tapia



LOS DESPEÑADEROS


Es sabido que cuando nuestra población crece de forma desmesurada, un acto reflejo nos lleva periódicamente a los despeñaderos cortados a pico. Tras el anuncio de los heraldos, abandonamos las ciudades amuralladas y subimos a miles de trenes cremallera que día y noche salvan lo angosto de los escarpes para trasladarnos, en distintos puntos del globo, a los más altos tajos, acantilados, desfiladeros, cañones o gargantas. La multitud, ordenada en fila india, avanza entonces apresuradamente sobre el camino trazado, pisando las pisadas de los que nos precedieron. Se ven charreteras, uniformes y abrigos rescatados del almidón, alfileres de corbata, zapatos y bastones relucientes, mujeres de labios pintados portando todas sus joyas, obreros con monos limpios, enfermos sobre angarillas con pijamas bien planchados. Pese al silencio, no hay aire de duelo, prevalece en general nuestro sentido de la responsabilidad cuando llegamos al borde desde el que, sin detenernos, sin pensar, apretados unos contra otros, nos precipitamos al vacío. Sólo se escucha una incesante serie de crujidos blandos y lejanos, breves retumbos que pugnan por subir de las profundidades. Y cuando la polvareda se disipa, únicamente quedan sobre la tierra las manchas de aceite de castor de las lámparas y, en el cielo, el púrpura diáfano de un mundo más clareado y vasto, más sereno, menos incierto, delicadamente ingrávido, como recién creado.




viernes, 14 de julio de 2017

Presentación de Mil años después


Retomando el hilo de los textos irónicos e ingeniosos de Ángel, os dejo con otra muestra, en este caso de fino y a la vez hiperbólico humor británico: la presentación del libro de relatos de Celia Correa Góngora (presidenta del Centro Artístico de Granada, patafísica y buena amiga del escritor) el 21 de noviembre de 2013 en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada.



Presentación de Mil años después



Si hay algo que me agrada es la vida tranquila, sin sobresaltos. La vida nunca es lo bastante plácida para mí. Denme sosiego, denme rutina, y seré feliz. No pido más. Pero hete aquí que el pasado 3 de noviembre, a las ocho de la tarde, hora del meridiano de Greenwich, recibo un correo de la amiga Celia. Los que la conocen ya saben que se trata de una persona notoria por su persuasión, que no es de las que se pueden tener a raya con un bastón y, peor aún, que está a favor de no dejar que se ponga el sol sin haber iniciado una actividad artística o literaria calculada para hacer temblar a la humanidad. En el correo en cuestión, Celia me pedía que la acompañara en la presentación de su primer libro de relatos, ignorante del peligro mortal al que acababa de exponer a su viejo amigo. Tras leer aquellas líneas envenenadas, mis sentimientos eran, a la sazón, como los de quien, buscando margaritas entre los raíles del ferrocarril, se da cuenta de que tiene un expreso a pocos milímetros de la espalda. Es bien sabido que, sea cual fuere la provocación, un caballero no debe perder la compostura, pero aquella inaudita petición de Celia me hizo retemblar de proa a popa, provocándome una considerable pérdida de sangre fría, convirtiéndome en una joven mancha en las baldosas, en un plato de serrín, en un pedacito de tostada que cae atónita al suelo. Muy cerca del colapso, sin saber cómo echar a rodar la bola, le expliqué a mi temeraria amiga del alma que apenas si podía sobrevivir al compromiso de mis propias presentaciones, que incluso había conseguido no asistir a una de ellas, y que estas terribles experiencias habían encanecido los largos y lustrosos bucles de mis cabellos, desde el cuello hacia arriba. Celia contraatacó entonces asegurando que no iba a estar sólo en el envite, que mi presencia sería meramente testimonial, que el libro iba a ser presentado en sociedad comandita con José Luis Gärtner, Fernando de Villena y un cuarteto de cuerda. Acerté a exclamar: ¡Madre del amor hermoso! Y en ese instante comprendí que los presentadores no éramos más que unos escuálidos números, unos solitarios comparsas, un mero esbozo del multitudinario presentador con el que Celia soñaba: ella en realidad quería que su presentación la hicieran los Coros del Ejército Ruso. Poniendo a prueba mi capacidad de autodominio, intenté declinar educadamente el ofrecimiento. Ella insistió armada con un poderoso argumento: sólo te pido media cuartilla leída. Yo me defendí heroicamente ofreciéndole marfil, pavos reales y una primera edición autografiada del primer libro publicado por Francisco Gil Craviotto en los años cincuenta, pero fue inútil. Celia quiso rematarme dejando claro que deseaba que estuviera en esta mesa aunque no abriera la boca, aunque sólo fuera para decir “Ahí le has dao”. Mi fortaleza comenzó a tambalearse peligrosamente. Celia añadió, remedando un enternecedor puchero, “Porfa, Ángel de mis entretelas”. A pesar de que ese “porfa” -traicionero a más no poder- me había desarmado por completo, me conduje con una irreprochable contención, con una impasibilidad proverbial, pero mentalmente ya había sometido a Celia a toda una serie entera de exquisitas torturas. Una de las primeras lecciones que la vida nos enseña es que los amigos son los amigos, de modo que, fingiendo de forma maestra, le di plenas seguridades de que hablaría en la presentación. Para colmo, Celia, ajena a los locos latidos de mi corazón, se permitió citarme la máxima de un escritor jovenzuelo y prometedor, Alonso de Ercilla y Zúñiga, “el miedo es natural en el prudente y el saberlo vencer es ser valiente”. Aquella humillación fue decisiva: en modo alguno estaba dispuesto a glosar su magnífico libro de relatos, a alabar su impresionante versatilidad, que le permite moverse con idéntica eficacia en registros poéticos, realistas e históricos; manejar con delicadeza tanto lo exquisito como lo sórdido o lo macabro; usar una caligrafía tradicional en los cuentos más largos -pespunteada por imágenes y símiles insólitos pero muy bien traídos- y una caligrafía depurada e impactante en los microrrelatos; situar las historias en los momentos álgidos de una vida; lograr que otras épocas reverberen en el lector con gran lujo de detalles, arrancarle todo su color a las desvaídas arenas del tiempo. Después de haberme puesto en peligro de muerte, Celia se iba a quedar con las ganas de que presentara su libro formalmente. Cuando llegue la hora de mi intervención, y antes de que la protagonista refunfuñe como si una mano invisible la empujara al abismo, sólo pronunciaré “Ahí le has dao”, y el resultado, ocioso es decirlo, saltará a la vista. Esto debería bastar para enseñarle a mi querida amiga Celia, debería bastar para enseñarnos a todos que un hombre puede ser calvo y tener cejas pobladas.

Miguel Arnas y Gärt leyeron algunos textos de Celia

Fernando de Villena, Celia y Ángel

domingo, 9 de julio de 2017

Reseña de Las frutas de la luna en Culturamas

El escritor y crítico Luis Borrás publicó esta fresca y a la vez rigurosa reseña de Las frutas de la luna en la revista Culturamas, donde aquilata de manera desenfadada la singularidad literaria de Ángel Olgoso. Da gusto encontrarse con reseñas que no se ciñen solamente al contenido del libro, sino que lo cercan con un único motivo recurrente (en este caso la pesca), haciendo un ejercicio de lo más interesante con dicho símil. 






EL ARTE DE LA PESCA 

Luis Borrás 


Podría decirse que esto de la literatura es como un inmenso lago al que acuden a pescar los escritores. Y mientras esperan los hay que se dedican a entablar conversación con los vecinos; compartir con ellos experiencias y anhelos, su termo de café y su tartera de croquetas con la mejor de las sonrisas. Con constancia, afinidad y un poco de suerte lo normal es que acaben compartiendo sombrilla, mesa de camping y devociones. Pero para algunos lo realmente importante de todo esto de la pesca es lo que viene después: las reuniones en el bar del embarcadero-lonja del lago; guateque al que muchos llegan invitados por ese vecino que ahora es su amigo y otros de la mano de su padre o amante y en los que se habla de peces y trofeos, gatos y liebres, recetas de cocina y piscifactorías y en las que se pueden hacer nuevas e interesadas amistades o hacerte novia/o de un funcionario, un pescadero, un crupier o un falsificador. 


Pero entre esos pescadores que se acercan al lago y sueñan con fiestas, besamanos, padrinos y plantas trepadoras los hay también que pasan del sushi y la comida precocinada, del garrafón y la mercadotecnia. Unos son furtivos que pescan por hambre, de noche y con explosivos; y otros son nómadas o bohemios que van por libre y no han ido a ninguna academia de corte y confección. Consideran la pesca como una aventura, un arte y un placer y no un club o un coto. 


Ángel Olgoso pertenece a los solitarios, a los viejos –por expertos- que conocen todas las especies que pueblan este inmenso y profundo lago, que han probado todos los estilos y manejan todos los aparejos de este arte, de los que viven esto como un romance o un desafío y que devuelven al lago los peces pequeños. Hay días que llega, se sienta en la orilla y entretiene la espera leyendo u observando a los demás. Ensimismado y en silencio lo observa todo y parece más atento al paisaje que al agua, al mundo más allá de este lago y sus límites, pequeña porción de tierra de un mundo inmenso. Otros llega y, en lugar de quedarse quieto, camina hasta la desembocadura de un río alejándose de la orilla atestada y su aire de verbena y puticlub, se descalza y remonta el curso del agua a contracorriente y entonces parece más un biólogo, un astrónomo o un arqueólogo que un pescador. Al menos así es como yo lo veo los días que, igual que hoy, me acerco a la orilla esperando a que se haga de noche y la pólvora sacie el hambre. 




Lo mejor y -para mí- más destacable de la narrativa de Olgoso es que es capaz de hacernos renunciar a nuestros gustos o predilecciones. Quiero decir que en general cada uno tenemos a la hora de leer nuestras preferencias y -bien por miedo o por comodidad- no solemos salirnos de ellas; yo, por ejemplo, reconozco que las mías van más por la prosa lírica y caníbal, por los relatos urbanos, realistas y contemporáneos que por lo enigmático, lo invisible o la cuarta dimensión. Pero la narrativa de Olgoso tiene -y produce- una innegable fascinación. Y esa atracción -la que sólo consigue la buena literatura- es debida en primer lugar a la precisión y belleza de su prosa: “El calor, a esas horas, no tenía aún su grávida consistencia, no era todavía una eclosión de vidrio o un coágulo candente sino algo tibio y límpido”. Riqueza que en otros abruma o resulta pedante y que en él se vuelve placentera y exacta matemática del lenguaje. Algunos -el lenguaje- lo utilizamos como el atracador usa una navaja; Olgoso lo utiliza con el cuidado, exquisitez y destreza que un florista compone un ramo. 


Y el segundo motivo por el que admirarle es su capacidad para cambiar de registro. Sí, ya sé que es un lugar común, pero no lo es cuando resulta totalmente cierto. A Olgoso se le incluye dentro de la literatura fantástica, y aunque es verdad que en su obra hay una querencia por ese género, en “Las frutas de la luna” nos demuestra que él esta más allá de corsés y clasificaciones porque si hay relatos como “La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos”, “La torre de Hunan”, “Águila de sangre” o “Perlas de Indra” que tienen esa característica marca de la casa de fantasía, mitología y exotismo, en otros es capaz de volverse gallego y nueve relatos más tarde recuperar el acento andaluz; de escribir un entremés, un microrrelato, una fábula contemporánea o un bestiario. De viajar a la India o a la China; de escribir un relato con sabor antiguo, otro atemporal y otro que sucedió ayer y se repetirá mañana; capaz del humor, la pesadilla, la locura y la insinuación; de ser pescador inquieto, artista, historiador, hombre de campo y filósofo. 


Y sí, claro que tengo mis favoritos: “Contraviaje”, “Designaciones”, “El síndrome de Lugrís”, “Suero”, “Aramundos” y “Dybbuk”, cualquiera de ellos –o todos juntos- puede servir de patrón o ejemplo a seguir para aquellos que quieran aprender a pescar o salir en busca de El Dorado; en todos está la fascinación que produce la maestría de su lenguaje, están sus temas recurrentes, lo que de él esperamos: la Historia, la imaginación, la alucinación, el anverso y reverso de lo visible y real; la denuncia de un mundo imperfecto y sus carencias de las que los humanos somos productores y consumidores; y está además la sorpresa de un Olgoso totalmente inesperado e íntimo. Pero sin lugar a dudas “Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde” es mi relato preferido; una maravillosa declaración de principios acerca de lo que significa el Arte y que por sí solo vale por cualquier libro de autoayuda. 



La narrativa de Olgoso no es de hamburguesería o picnic, está más cercana -por dar alguna referencia- a la de Francisco López Serrano, Gonzalo Hidalgo Bayal o Juan Gómez Bárcena. Precisión y destreza lingüística, reflexión y filosofía temática, y el gusto por ir a pescar a lugares menos frecuentados. 


En esto de la literatura hay tramposos y enchufados; hay starlettes –masculinos y femeninos- que transpiran vanidad y mean colonia; hay muy buenos y esforzados artesanos y en un punto y aparte excelentes escritores. Olgoso es de los excelentes.


domingo, 2 de julio de 2017

Astrolabio ilustrado (2)

Este relato fue uno de los primeros textos de Ángel que escuché, recitado por José Carlos Jiménez, integrante de las Personas-Libro de Granada. Siempre me pareció una versión que enriquecía las de otros creadores como Cortázar ("Instrucciones para dar cuerda al reloj") o Guillermo del Toro ("Cronos"). Empezando por su título que, según el autor, hace referencia a la sentencia latina que acompañaba antiguamente a los relojes y que describe el inexorable paso de las horas: Vulnerant omnes, ultima necat (todas hieren, la última mata).

M. Tapia



TODAS HIEREN



El reloj de pulsera finge que es un inofensivo accesorio, un adminículo útil, un satélite diminuto y encantador. Su apariencia no sólo no resulta amenazadora sino que, a modo de lisonja, parece prestarte brillo, distinción y un poder absoluto sobre el tiempo. Sin embargo, sin que sospeches nada, y mientras las manecillas distraen tu atención, él se aferra codiciosamente a la muñeca, se prende a la piel atraído por el rumor de tu sangre, devorando tus latidos, cebándose en tus sueños, palpitando al unísono con tu corazón de incauto. Debes saber que, aunque apenas se le pronuncian los colmillos, toma siempre la precaución de insensibilizar la zona para volver imperceptibles sus dentelladas. Y un día, completamente succionado por él, ya no te necesita, y hay gente alrededor que habla a media voz mientras alguien lo desata de tu muñeca inerte.




domingo, 25 de junio de 2017

Reseña de Nocturnario en Zenda

Ernesto Pérez Zúñiga dedica un artículo breve pero denso a Nocturnario en la revista digital Zenda, creada por Arturo Pérez Reverte, Javier Marías y otros escritores. En él, Ernesto habla de sueños, de secretos, de misterio, de imaginación, de gólems, de musas. A continuación del artículo, copio el texto con que participó en este proyecto colectivo tan especial y el collage que le tocó "ilustrar" con palabras.



LA CIUDAD DE LOS SUEÑOS

Ernesto Pérez Zúñiga 


Entre todos los libros publicados el año pasado, hay uno que se parece más que otros a esa reunión de sueños que llamamos literatura, sueños puestos en escena, sueños conscientes si se quiere, pero donde se cuelan todo lo que no nos atrevemos a decir, o ni siquiera a pensar fuera de la escritura. Secretos. Es decir, aquellas imágenes también secretas para nosotros pero que aparecen cuando las convocamos, como si la literatura obrara con el mismo misterio que las brujas de Macbeth, porque ellas, como las palabras, llenan, sin previo aviso, el páramo. 


Nocturnario parece nacido de allí mismo, del páramo mágico, donde han ido a parar ciento y una criaturas de la imaginación. Los propiciadores del milagro son José María Merino, Ángel Olgoso y la editorial Nazarí, de Granada. Ellos convocaron a los autores de este libro a que escribieran un relato o poema inspirados en los impresionantes collages de Ángel Olgoso (que acompañan a cada texto en esta bella edición). 


Estos collages me hacen pensar en un ejército de gólems diferentes, aprisionados en las dos dimensiones de una lámina, gólems que unen lo adánico y lo cainita, lo edénico y lo infernal, musas procaces venidas por primera vez al mundo a través del médium Olgoso, quien las ofreció a otros escritores para que las colocáramos encima de nuestra mesa, tratáramos de domarlas, escribiéramos algo mirándolas a los ojos. 


El reto era entonces que la imaginación de Olgoso se multiplicara en la de otros autores, para confeccionar nuevos universos paralelos, que acaban conformando este Nocturnario con 101 pasajeros de la noche. Y lo que más me gusta de este libro ha sido cómo los collages han propiciado, además de contenidos sorprendentes, formas nuevas, que han tratado de abrazarse a la musa terrible e inspiradora: relatos que parecen poemas, poemas que parecen diarios, diarios que parecen relatos contados a la soledad. 


Hay que celebrar iniciativas creadoras como ésta de la editorial Nazarí, que está publicando desde Granada libros audaces como éste y otros en los que los lectores percibimos la labor de un editor empeñado en publicar solo libros de una gran calidad. 


Más afilado que una espada



No podría ser más fácil para la tristeza del león: contemplar, con hambre, a los ciudadanos ejemplares. Por mucho que se protegieran la cabeza con sus sombreros, qué otros escudos podrían salvarles. 

       Cotidianos, en la puerta del teatro y también en los balcones, aguardan el reinicio de la función. Viven en el intermedio, entre un acto y otro (ya sea puro o impuro). 

     Mientras tanto, la obra les sucede. No se detiene nunca. Los tejedores invisibles ejecutan su trabajo, perceptibles, sin embargo, en los ojos del león. 

   Aunque él no sabe tanto como cree. El último acto de la obra será, paradójicamente, uno más. La muerte, gigantesca, escapa siempre por la misma puerta con su arma ensangrentada. 

        Y no aprende. La muerte no aprende.


        A la salida, un día más, la están esperando.


        -Otra vez tú, padre mío -repite su pregunta.

    Circular, ha llegado otro 15 de marzo. Los dioses han vuelto a conjurarse para salvar la ciudad.

      -El universo es más afilado que una espada -contesta uno de los más antiguos, ante el cuerpo caído.

       El león avanza. 


sábado, 17 de junio de 2017

Astrolabio ilustrado (1)


Estoy comenzando a ilustrar el libro Astrolabio, con vistas a su reedición: mi intención es retratar la experiencia de entrar en ese universo denso y particular de Ángel Olgoso; más que destacar elementos sueltos o imágenes que describen su obra, quisiera poder llevar al lector-espectador hacia el mismo punto en el cual yo me sumergí al leer sus libros, cuando logré salir de la plana realidad, cuando su literatura me mostró otras combinaciones de sueño y vigilia, y me dejó la deliciosa inquietud de seguir buceando en las fronteras. Aquí os dejo con el dibujo para el relato El espejo. También se acompañará cada entrada con los audios correspondientes que ha grabado para la ocasión Roberto Martínez Mancebo.

M. Tapia


EL  ESPEJO


El barbero tijereteaba sin descanso. El barbero afilaba una y otra vez la navaja en el asentador. Clientes de toda laya acudían al local, abarrotándolo. El barbero manejaba las tijeras, el peine y la navaja con velocísimos movimientos tentaculares. Ser barbero precisa de unas cualidades extremas, formidables, exige la briosa celeridad del esquilador y el tacto sutil del pianista. Sin transición, el barbero despojaba a la nutrida clientela de sus largos mechones, de sus desparejas pelambres, señalizaba lindes en el blanco cuero cabelludo, se internaba en sus orejas y en sus fosas nasales, sonreía, pronunciaba las palabras justas, apreciaciones que sabía no serían respondidas, mientras los clientes miraban sin mirar el progreso de su corte en el espejo, coronillas, nucas, barbas cerradas, sotabarbas, patillas de distinta magnitud, luchanas, cabellos que planeaban incesantemente en el aire antes de caer formando ingrávidas montañas: el barbero nunca imaginó que el pelo de los cadáveres pudiera crecer con tanta rapidez bajo tierra.