Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

miércoles, 26 de abril de 2017

Los caballos pensantes de Elberfeld


En estos ajetreados días de la Feria del Libro, os traigo un relato de Ángel que es una preciosa declaración de amor a los cuentos, al arte de narrar historias. Ojalá, junto con el audio del mismo grabado por Roberto Martínez Mancebo, hubiera podido acompañar esta entrada con el emocionante video en el que su querida amiga Giorgia Pordenoni -a la que va dedicado el relato- lo recita durante la presentación granadina de Breviario negro en la Biblioteca de Andalucía, pero por desgracia excede el tamaño permitido en el blog.

Victor Delhez



Erik Johansson


LOS CABALLOS PENSANTES 
DE ELBERFELD 


Me pidió un cuento y le conté la historia del gigante Pan Gu, que creó el mundo dividiendo el cielo y la tierra de un hachazo, y que tras aquel tajo descomunal permaneció entre ellos durante dieciocho mil años, empujando a la vez hacia arriba y hacia abajo en la tarea de mantenerlos separados. Esa noche la fiebre desapareció. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del niño glotón que tras la papilla se comió el plato, tras la mesa se comió la casa, tras la ciudad se comió los terrones de azúcar moreno de las montañas, tras beberse los océanos se tragó de un bocado el panecillo del planeta con su copete de helado, tras la macedonia del Sistema Solar engulló la ensaimada de las galaxias y el tazón de leche con canela de las nebulosas, tras los cascabillos garrapiñados de los meteoros se zampó el almíbar ardiente de las estrellas, tras la materia oscura con su punto de picante rebañó los restos ya fríos del universo, pero ni todo ese glorioso festín bastó para saciarlo. Esa noche no quiso otro biberón. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del viejo que trata de desprenderse de sus babuchas desgastadas, que harto de no conseguirlo porque alguien se las devuelve siempre, las arroja desde la azotea y golpea al emir de la provincia, que ordena su inmediata decapitación. Esa noche me sonrió como a un perro fiel tendido a su lado. 

Me pidió un cuento y le conté dos historias, la del caballero inglés que sufría de melancolía y se quejaba de los términos de su vida, al que un amigo, para escarmentarlo, lo introdujo durante cinco minutos en el ataúd que usaba para guardar sus licores en el comedor de su casa, de donde el taciturno caballero salió contento y renacido, y la del poeta que se creyó hecho de mantequilla, por lo que eludía cualquier fuente de calor temiendo derretirse, hasta que una mañana muy calurosa, asustado, se arrojó de cabeza a un pozo y murió ahogado. Es noche le dejé la lucecita encendida. 

Me pidió un cuento y le conté la historia de un posadero de Ática, un tal Procusto, que estiraba o cortaba las extremidades de sus huéspedes para que se ajustaran al tamaño de los lechos. Esa noche se mantuvo bien arropado. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del rey que decretó que fueran sacrificadas todas las personas mayores de treinta años, para estar rodeado sólo de belleza y juventud, pero que al cumplir él mismo esa edad cambió la ley y ordenó que fueran ejecutados los menores de treinta, para estar rodeado sólo de gente sensata y experimentada. Esa noche durmió a cuerpo de rey. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del indio coruba que, tras apuntar con una flecha hacia el avión que sobrevuela su poblado en el Amazonas, consigue derribarlo. Esa noche lloró añorando a su madre. 

Me pidió un cuento y le conté la historia de los cuatro caballos pensantes de Elberfeld que, antes de morir en la Primera Guerra Mundial, sabían leer marcando sobre el pupitre las letras del abecedario y, para resolver raíces cuadradas y problemas matemáticos, contaban las decenas con una pata y las unidades con la otra. Esa noche no tuvo pesadillas con el colegio. 

Un buen día, el tiempo que no transcurría ni hacia adelante ni hacia detrás al fin se decidió, y él creció y creció y, en razón a las circunstancias, ahora es él quien me lava y me viste, quien me peina y me arropa, quien me besa en la mejilla, y yo el que balbuceando, contemplándolo con aire de súplica y fervorosa gratitud, le pide un cuento, que me sorprenda cada noche con la fascinación que procura el asombro.

Erik Johansson


domingo, 23 de abril de 2017

Firmas en el Día del Libro

Muchas gracias a todos los amigos que os habéis acercado a la caseta del diario Ideal, porque para un autor es impagable el apoyo de los lectores, poder compartir su trabajo y cambiar impresiones. Os dejo con la portada del libro, la entrevista de hoy a Ángel en el periódico y fotos de varios momentos de la firma.




 Josefina Martos




Juan Chirveches


Flavio Sevilla

Firmando "Nocturnario"


 Con Ángeles Ocaña y su familia





Con Alberto





Dedicando el libro a María José y a Guillermina




Carmelo Amado


 Con el también autor de la antología Alfonso Salazar


 Con lectores de Guadix


lunes, 17 de abril de 2017

Feria del Libro de Granada

El próximo domingo 23, a las 12'00 h., Ángel Olgoso estará en la caseta de Ideal firmando ejemplares de GRANADA IMAGINARIA, volumen colectivo de relatos editado por el periódico. 
Es una inmejorable ocasión para que los lectores y amigos que aún tengan libros suyos pendientes de dedicatoria se acerquen por allí.



martes, 11 de abril de 2017

Fantasmas de las Cuatro Suertes


Ángel tuvo la deferencia de dedicarme este hermoso relato perteneciente a su libro Breviario negro, esta historia de amor más allá de la muerte donde se dan poéticamente la mano tres de sus pasiones, el Japón tradicional, el romanticismo oscuro y lo fantástico.





FANTASMAS DE LAS CUATRO SUERTES


En las afueras de Okitsu, en una casita cerca del lindero del bosque, antaño vivía apaciblemente un matrimonio: Tokubei, un buen hombre que trabajaba al servicio del daimyō, había conocido la dicha en la persona de Hanako, llena de probidad y de una belleza cautivadora. Aunque la esposa era estéril, él la adoraba porque encontraron, en la pasión que sentían el uno por el otro, el contrapeso a la falta de hijos. Nadie en el poblado le reprochaba su condición de mujer piedra. Los vecinos la sabían a un tiempo gentil y franca, laboriosa y risueña, y tan poco despilfarradora que podría convertir las hojas secas en monedas. Hanako llevaba la casa y el huerto, tejía sus prendas y visitaba el templo a menudo para ofrendar a la divinidad Daikoku. Parecía no cansarse jamás. Y todo lo hacía con el delicado paso flotante de las cortesanas durante el paseo.

Un día de otoño, alertados por la fama de buen gobierno de aquel hogar, llegaron a Okitsu dos ladrones sobre el pontón del río. Uno, entrado en años, tenía un lobanillo en la mejilla y el otro era un muchacho enjuto y desdentado. Ambos deseaban mejorar la escasa fortuna de su vida crapulosa. En el hatillo no guardaban más que un tarro de fuerte bebida de batata y sendos puñales bajo los fajines mugrientos. Se escondieron en el bosque antes de ponerse el sol y esperaron hasta la Hora de la Rata, pasada la medianoche, para encaminarse a la vivienda. Tokubei se encontraba acompañando a su amo, el señor de Horikawa, en su viaje a la capital. Después de penetrar con sigilo a través de la pantalla de una ventana, los dos ladrones se abrieron camino y acecharon por la rendija del tabique corredizo del dormitorio. Al resplandor de la luna que cintilaba sobre la pequeña forma yaciente de Hanako, descubrieron su buena suerte, despertaron a la mujer y encendieron un farolillo de papel. Decididos a acometer el que sería su mejor robo, rebuscaron con ojos ávidos en todos los rincones, en las gavetas del viejo armario y los morteros de arroz, las esteras y la campana de arcilla, el pebetero y los cañizos. Como no apareció ni una moneda tras aquel ventarrón que dejó los aposentos en gran desorden, amenazaron a la mujer y la golpearon con crueldad. Orgullosa, ésta ahogó los gritos y reprimió el temblor, custodiando bajo llave en su pecho el lugar donde escondía las veinte monedas de cobre que representaban toda la hacienda del matrimonio. Ante tal desdén, el bandido del lobanillo sucumbió a la ira, sacó el puñal y le dio un hondo tajo a la mujer. Asustados por su propia acción, los dos ladrones arrojaron el cadáver de Hanako en el pozo del huerto, al que cayó como un pétalo blanco manchado de sangre, y huyeron de aquella casa con las manos vacías y la cara roja de rabia.


A su regreso, horrorizado, Tokubei creyó oír unos gemidos débiles pero desgarradores que salían del pozo. Logró izarla de la fría oscuridad y, desde ese momento, al menos en su mente, dedicó cada hora a prodigarle cuidados hasta que su esposa se restableció por completo. La tragedia vivida por Hanako, y su entereza, daban todavía más sentido a la veneración que Tokubei le profesaba. Únicamente deseaba abrazar día y noche a aquel ser sublime, llevarlo prendido a su vestimenta como un gallardete, un recordatorio del amor que nunca se acaba.

Transcurrió un año y medio. El ladrón más viejo había muerto en otra pendencia, a la puerta de un albergue de Asamimura, y el muchacho, desharrapado y famélico tras tantos tumbos, dio en pasar de nuevo por Okitsu. Cuando buscaba alivio al insoportable calor de los primeros días del verano, sus pies descalzos lo guiaron primero al bosque y luego a la vivienda que en el pasado intentó robar en vano. Estaba anocheciendo. El joven, sediento, apenas permaneció emboscado: en la casa, que mostraba el desaliño inconfundible del abandono, no se escuchaba ruido alguno y él, con despreocupación y ganas, bebió de una vasija que colgaba junto a la entrada. Para sorpresa suya, en el fondo de la vasija, como un poso brillante o unos fuegos fatuos atrapados en el agua, halló envueltas las veinte monedas de cobre. Atónito ante la inesperada suerte y creyendo el hogar vacío, el ladrón, avivado ahora por un fiero deseo de rapiña, accedió al interior a través del estrecho vano de la ventana que él mismo hendió la otra vez. Sin embargo, pronto advirtió una mortecina claridad en la estancia más alejada. Volvió a asomarse por la rendija del tabique corredizo. Como en las historias de aparecidos que tantas veces escuchó en las montañas de Niigata, la sangre se le heló en las venas y su semblante palideció: a la luz espectral de un farolillo de caña, contempló al matrimonio abrazado en el lecho. Tokubei, sin casaquilla alguna, demacrado, acunaba tiernamente el esqueleto de Hanako. Los huesos amarillentos de sus costillas, brazos y manos, las colgantes adherencias de su carne seca, las encías negras, los mechones de su cabello ralo y marchito, nada de eso parecía importunar a Tokubei, atado como estaba aún a Hanako por las sólidas cadenas del apego. Lo último que vio el muchacho fue a Tokubei susurrándole al cráneo de su esposa, besando su calavera con la dulcísima suavidad de los amantes que se cobijan inconsolables en sus eternidades. Aterrado por aquella horripilante escena, el ladrón abandonó la casa, dejó atrás el hatillo e incluso las monedas, corrió despavorido, como si se hubiera tropezado con un zorro duende, hasta internarse en el bosque y sentir el silbar de un extraño viento en los bambúes.


viernes, 7 de abril de 2017

Los demonios del lugar

Alfred Kubin



En mi opinión, la que sigue (publicada en "Las lecturas de JB" del portal abandomoviez) quizá sea una de las mejores reseñas que se han escrito sobre este libro fundamental en su obra y, por extensión, acerca de Ángel Olgoso. Y lo es porque se centra sobre todo en esa vibración estética que posee la auténtica literatura. Aún recuerdo el impacto que me produjo la lectura, en una sola noche, de Los demonios del lugar, lo inquietante y con frecuencia sobrecogedor de sus historias, así como su riqueza estilística.



M. C. Escher




Los Demonios del Lugar 
por Javier Bocadulce

Decir que a Olgoso le define su prosa poderosa es menguar su elitista frondosidad. No es prosa, no es poesía, ni siquiera es una mezcla de ambas. Es algo nuevo, sin consolidar, porque es de una magnificencia tal que duele pretender su clasificación.

Se puede -se debe- leer bebiéndose casi literalmente todo su significado; pero es que su sonoridad es tan rotunda, tan plástica su laboriosidad, tan concienzuda y, a la vez, atractiva su puesta en acción, que uno puede prescindir, si lo desea, de tratar de atrapar su contenido. Es fácil emborracharse de goce literario en plan culterano con su prosa, con esta oda a la perfección, este magnífico ejercicio de estilo que mantiene absorta la atención del lector. Podríamos considerar a Olgoso, sin miedo a error, como la única persona que podría vivir del cuento, de forma honrada. Literalmente.


Es curioso que, aunque para muchos su estilo puede ser recargado, en cambio no sobrecarga. Es fluido y barroco a la vez. Es un logro casi mágico. Evidentemente, este escritor tiene un don. Hasta dónde lo puede explotar, dependerá de muchas circunstancias. Tiene en contra su ocupación como hacedor de relatos cortos. Esa brevedad se paga mal en nuestro país. Pero, en el caso que nos ocupa, es una brevedad cargada de sustancia. Subsiste en nuestro país, desde hace mucho tiempo, el prejuicio de creer que un relato corto, fuere su temática la que fuere, está abocado a desentonar en el panorama literario. Es fácil entender que muchos piensen "bah, ¿qué mérito puede tener escribir tres o cuatro folios?". Ahí radica el enorme problema. Pero es una cuestión que se muerde la cola. Si planteáramos a ese descreído que demostrase la fatuidad del relato breve construyendo uno, probablemente, aunque atesorara cierto talento para escribir, su propio desprecio por el género implicaría un proyecto sin futuro. De hecho, siempre ha habido personas que dicen mucho sin necesitar grandes parrafadas; y a quienes poco aprovecha hablar demasiado, pues no cuentan nada. Pero, también los hay que aman tanto el idioma que, aun necesitando poco espacio para engatillar una buena historia, prefieren crear un armazón de belleza que parece no tener fin, y nos dejan embelesados. De ese tipo de escritores es Olgoso.


Sus relatos son de una elocuencia casi erótica, como una trampa electrificada que va radiografiando el cadáver de nuestras limitaciones y las pone a prueba, lo redime y resucita, y le da una nueva forma, lo transforma en un coloso diseñado con palabras que retumban y se agrupan espeluznadas ante su talento avasallador, puestas en fila desesperadas ante su genio creativo, dispuestas a obedecerle en todo momento, a dejar de ser carcasas para alimentar su voracidad de significados.


Pareciera egoísmo que desee todas las palabras para él, y causaría celos que todas las palabras le buscaran para arrinconarse junto a su pluma, pero no; Olgoso nos hace partícipes, nos brinda esa brillante ocasión. Que la duda y el temblor ante tamaña grandiosidad no nos aflija. Dejémonos sumergir o atrapar o sugestionar o hipnotizar o rendir o eclosionar por ellos... Es un regalo de brillantez.


En sus relatos da voz al ser que se transforma y se siente un nuevo Kafka; nos habla del horror del hombre de las cavernas cuando siente que la evolución mueve macabramente su sangre; testifica que el absurdo mueve el mundo hasta el punto de que los vivos deben demostrar que lo están; es de apreciar el acierto increíble en la elección de la última palabra en relatos como el del zorrito acosado, abrumado en una cacería "eterna", en un apunte macabro de primer nivel; o el terror de no conocerse uno mismo ante el espejo, en una historia en la que el reflejo nos habla de lo que no deseamos conocer de nosotros mismos. Dotado, más que para el terror, para la narración contundente, en Lamedores de cielo, evoca el reconocimiento sobrenatural de la pérdida, recuperada en otra forma de vida. El terror tiene tantas formas... como el pánico a la felicidad y sus consecuencias, en Los simunes del deseo. Olgoso es capaz de mezclar lo sensible y delicado con lo horroroso sin solución de continuidad, por ejemplo, en Arponeando sueños. Pasa de un lado al otro, de la realidad a la ficción y viceversa, como si su capacidad verbal fuera un puente que concede realidad a lo inestable. Olgoso es, pues, una mala bestia de esto de la escritura; es fácil envidiar su insultante facilidad para animar lo que no contiene vida; para dar voz a una postal y a sus intrigantes personajes, que se revuelven inquietos en su paradójica quietud, planteándose su propia realidad, y aterrados ante la posible evidencia. Así es en El borde de la luz. En Naglfar se exprime una oda a lo despreciable apreciado, una parodia del terror que subyace en la manía de cualquier coleccionismo, en tanto nunca se acaba con una pasión desmesurada hecha de imposibilidad satisfactoria: una ansiedad que genera placer, y un placer que genera ansiedad, en este caso con un fondo de materia vil, deleznable y causante de desagrado.


No se trata simplemente de que Olgoso escriba bien, ni de que sus textos lleguen más o menos. Sencillamente, Olgoso parece un diccionario humano, andante, el que halla la expresión justa, aun rebuscada, y más propicia en el momento que describe; tarea que se hace ardua como lectura a la vez que anhelante, porque nos muestra nuestras posibles carencias como devoradores de libros; pero que nos entrena como un manual del perfecto lector para futuras empresas. Es la fácil combinación continuada de las palabras que, conozcamos o no, resulta fácil recordar para cada momento, si nos dispusiéramos a utilizarlas en el caso de que nos aventuráramos a emular a Olgoso... pues si decidiéramos que la perfección no existe, estos relatos nos apuntarían con su fría y mortífera piel directamente a la sien para rebatirlo.


La adjetivación, la retórica, forman un campo fecundísimo donde apenas se repiten las asignaciones. A la vez que se intuye un arduo trabajo, da la impresión de que su fluidez es tan natural que no le cuesta esfuerzo alguno deleitarnos. Lectura imprescindible para adoradores mayúsculos del idioma, que puedan echar de menos a Aldecoa y su prosa perfecta, aquél que, no me cabe duda alguna, de seguir viviendo hoy en día, alabaría tal lectura reposada y disfrutable a cada paso, con la sensación de que el autor ha ido colocando su monolito de adoración y respeto al lenguaje, honrándole con su escultura, palabra tras palabra.


Olgoso es un prosista de la corta distancia con unos ribetes poéticos tan magnéticos que merece la pena leerle más reposadamente de lo que el ansia devoradora, que inspiran sus sugerentes jugos literarios, desearía; se hace imprescindible refrenar la energía del entusiasmo para paladear la prosa magnífica que destila en sus relatos breves este autor, que resucita un género tan injustamente menospreciado y denostado, al que ubica con sus geniales aportaciones, en el lugar que le corresponde, considerando la dificultad que entraña plasmar en tan poco espacio todo un orbe de sensaciones. Ha reescrito el miedo, le ha dado un sinfín de identidades dentro de los pequeños significantes cargados como mulas con significados acurrucados, hacinados en escasas líneas. Se hace difícil creer que, tras tal profusión de vocablos por metro cuadrado, no haya uno solo que no sirva más que de espectro para meter bulto, pero es que al conocimiento se une ese desparpajo que parece confundirse con algo sencillo para él; mas tiene que haber mucho trabajo detrás, de febril pulido y abrillantado textual, cargado de consistencia. Cada frase es tan meticulosa que cabe pensar que sus textos sean para Olgoso como pequeños mundos creados por un dios amoroso, un minúsculo pero valioso regalo de reyes para adultos que siempre serán niños dispuestos a dejarse sorprender por semejantes joyas.

Victor Delhez

lunes, 3 de abril de 2017

El asedio


Os dejo otro impactante relato de Ángel, acompañado de nuevo por la lectura de Roberto Martínez Mancebo, esta vez con efectos sonoros.





EL ASEDIO

A Alberto Granados

Los encargados de la defensa organizan la guardia nocturna entrando en cada casa, las rondas inspeccionan el estado de cepos y víveres, los centinelas vigilan cercados, gateras y barricadas. Son protocolos de una población sitiada.

Ya no hay autoridades ni llegan noticias del resto del mundo. Nadie sabe dar indicación alguna del origen de los hechos, a qué circunstancia atribuir tal sublevación, tal azar incomprensible, tal hecatombe. Desde hace meses, en esta pequeña ciudad en lo alto de un alcor, nos acucia el pánico, la sed, el hambre. Mientras, ellos ventean con sus hocicos nuestra amedrentada debilidad.

Los ladridos, los aullidos, alcanzan el punto máximo por la noche. Resuenan rabiosos en los anchos espacios de la paramera, presagio de un nuevo asalto. Es preciso taponarse los oídos con brío y habilidad para atenuar aquel ruido implacable, enloquecedor. Es preciso hacer de la ciudad un escudo, una cobija bien protegida, una estratagema plural. Insomnes ellos y nosotros.

Antes de este tiempo invernizo, en que los días empiezan invariablemente con una niebla que lo ocupa todo, uno de los centinelas gritaba la alerta y los veíamos ahí, en manadas erráticas y desafiadoras, a unos metros de las últimas casas, flacos, la mirada vidriosa y afiebrada, las lenguas fuera, espumeantes, las orejas tiesas de codicia, mostrando los colmillos con fiereza, copulando entre rugidos, comiendo el cadáver de cualquiera que intentara huir a la desesperada a través de los páramos, reuniendo montañas de huesos repelados frente a nuestros parapetos, como un reclamo o un mensaje largamente esperado.

Los recibíamos con piedras y palos, con escopetas de caza. Ahora los cartuchos escasean.

Fuera lo que fuera, esta desviación del orden natural ha demostrado falaz la intimación de miles de años entre nuestras especies. Ahora los perros son más que eso. Han escapado a su ciega servidumbre, han roto el pacto de fidelidad. Se tensan, nos amenazan, se ensañan, nos devoran, se disputan nuestros cuerpos despedazados, imprudente pitanza de carroñeros. Se multiplican en las parideras del yermo.

Hemos olvidado las risas de las mujeres y el feliz griterío de los niños. Siempre ojo avizor, hemos olvidado los sueños y las dichas de la rutina, ya irrecobrable. Las hogueras han de lucir toda la noche. Los armadijos, las trampas para alimañas, se hacen y rehacen en un ir y venir angustioso.

Antes de que llegaran los días de niebla, antes de que persistieran en salvar las trincheras para caer sobre nosotros con desconocida ferocidad, durante los primeros ataques los veíamos ahí, imitando las sombras del terreno con el hopo entre las patas. Al arrastrarse, al levantarse y avanzar, distinguíamos perros de todas las razas, diminutos o formidables, ovejeros o de caza, de compañía o de trineo, callejeros o con pedigrí, de pelaje cuidado, raído o tiñoso, pero preparados todos para hostigar, desgarrar, desventrar.

A la pestilencia de calles y guaridas, y de nuestro propio miedo, se une el hedor penetrante de los cercadores, que levantan a su alrededor fétidas colgaduras con el vaho de sus alientos, de sus efluvios seminales, de la grasa de su pelambre, de las vísceras y putrefacción de sus víctimas.

Ahora, en el silencio de la noche, se avivan una vez más los ladridos, reverberan los aullidos sobre la landa ingrata que rodea esta pequeña ciudad condenada. Es un eco perenne, invasor, insoportable. Un diálogo ininterrupido, como la repetición creciente de órdenes que recorren las filas de un ejército sin disciplina, precediendo a una ofensiva temeraria.

Victor Delhez

jueves, 30 de marzo de 2017

Nocturnario

Os dejo con la reseña sobre Nocturnario que ha aparecido en la revista Quimera.







AL OESTE DE LOS POEMAS
Elena Gené

Más que un libro, Nocturnario (101 imágenes y 101 escrituras), editado por la editorial Nazarí, es un festín literario en el que textos e imágenes sumergen al lector en un onírico e inquietante universo.
Prologado por José María Merino -artífice junto a Ángel Olgoso de esta joya literaria-, desfilan por sus páginas importantes figuras del panorama literario actual (Fernando Aramburu, Fernando Iwasaki, Andrés Neuman, Gustavo Martín Garzo, Ana Merino, Ana María Shua o Manuel Vilas son algunos de ellos), haciendo del libro una atractiva miscelánea donde logra aflorar lo invisible y en la que la nómina de escritores comparece inspirándose en las imágenes que acompañan sus textos. Imágenes creadas por Ángel Olgoso -escritor de larga trayectoria- y enmarcadas en la tradición surrealista de Gustave Doré o Max Ernst, que en un momento de ayuno literario le ayudaron a dar salida a su faceta creativa.
Además de la originalidad de los collages, sobresale el estilo refinado que acuna las historias y el imaginario fantástico desde el que se invoca a personajes y autores de la literatura universal como Joseph Conrad, Daniel Defoe, James Joyce o William Shakespeare, y desde el que se ofrecen singulares versiones, como un final desechado por el propio Leopoldo Alas Clarín para La Regenta, con íncubo incluido; o una original réplica del personaje fraguado en sueños, del cuento "Las ruinas circulares", de Jorge Luis Borges.
Ciento un textos transidos de misterio y fantasía que, evocando en ocasiones leyendas mitológicas y relatos universales, transcurren en torreones góticos, criptas palaciegas o allá donde lo recóndito e inverosímil se vuelve posible.
Ciento un escritores -entre los que también se incluyen Ángel Olgoso y José María Merino- que nos sumergen magistralmente en atmósferas cenicientas donde se cuelan la muerte, la locura o la enfermedad, en la que "sentimos nuestra existencia como el filo de un cuchillo". Otros textos ofrecen una irónica versión de los males de la sociedad moderna, la condena al tributo de la falsa virtud, o la predilección animal en la dialéctica entre este y el hombre que se cree civilizado sin serlo. La felicidad como espectro, futuros proscritos, estatuas decapitadas, leviatanes y alegorías marinas conviven en este libro junto a hidalgos sagaces y metáforas sirvientes de un escritor que las detesta.
En Nocturnario la literatura está muy presente, no sólo por la evocación constante de pasajes universales, sino por el reflejo de las ventajas o tribulaciones propias del escritor, como por ejemplo la imposibilidad de dejar de serlo. Así, le lector se topará con escritores que deambulan eternos y desafiantes travestidos de animal, o con sus cabezas de poeta suspicaz bajo el brazo. Relatos donde todos los elementos engarzan a la perfección, haciendo un todo inolvidable y perturbador.
En definitiva, imágenes e historias, hipnóticas en fondo y forma, redondean una obra que acaba siendo un alarde de desbordante imaginación en la que se integran con naturalidad diferentes géneros como la poesía, el microrrelato, el cuento o el ensayo.

Un libro exquisitamente editado, cuyos derechos de autor se destinarán a la ONG Médicos sin Fronteras.


domingo, 26 de marzo de 2017

Entrevista en Granada Hoy

A pesar de que Ángel Olgoso ha sido siempre un escritor discreto, casi huidizo, acaba de aparecer en Granada Hoy esta divertida entrevista (selfie incluido) que le ha hecho el periodista y también escritor Andrés Cárdenas, centrada sobre todo en la literatura y en la Patafísica. Y aunque Ángel siempre ha estimado un arte hoy poco cultivado, el de desaparecer, me consta que, al menos en este caso, ha cumplido de buena gana -incluso disfrutado- esos a menudo penosos menesteres que obligan a hablar de uno mismo.






-¿Cómo estás, Ángel?


-Un caballero nunca deprime a sus amigos contándoles sus pejigueras, pero ahora que nadie nos oye te puedo confesar que me siento a la vez indecentemente feliz y trastornado, es decir, lo que sucede después de que pase sobre ti un tornado.

-¿Sabes? Yo también me he apuntado a lo breve. Ahora hago entrevistas por guasap en las que exijo repuestas cortas.

-Es que la esencia tira mucho. Aunque ya hace treinta años que un pajarito me dijo que no hay que confundir la brevedad con la facilidad. Oye, ¿no será ésta una de esas entrevistas?, lo digo porque no tengo Whatsapp…

-A ti no te será difícil contestar sabiendo que eres un maestro del relato breve.

-Que conste que también he escrito relatos de treinta o cuarenta páginas. Esas condenadas etiquetas parece que las pegaran con Loctite.

-Antes que seguir, ¿qué es la Patafisica?

-La cabeza ya no me da como para reincidir en el intento de definirla: tendrás que leer las quince páginas de mi “Aproximación imposible a la Patafísica”.

-¿Cómo se te ocurrió fundar el Institutum Pataphysicum Granatensis?

-Echaba de menos un conciliábulo de gente imaginativa, libérrima, extravagante, ingeniosa, sin obligaciones ni dobleces, que desconfiara del conocimiento aristotélico y se mofara -de una manera vivificante- del saber tradicional. Tardé diez años en decidirme, hasta que Miguel Arnas me dio un empujón.

-Por lo visto a lo que hay que aspirar en la Patafísica es a ser sátrapa trascendente, ¿no?

-En la Ciencia de las Soluciones Imaginarias no hay que aspirar a nada. De hecho, la Patafísica no sólo es una disciplina declarada de inutilidad pública, sino una excepción del mismísimo Universo. Si éste dejara de existir, la Patafísica proseguiría su camino sola e imperturbable.

-Dicen los expertos que también eres un maestro del relato fantástico.

-Siento decepcionarlos: no soy maestro de nada (quizá sólo de nefelibatismo, de andar con la cabeza en las nubes), me gusta pensar que me limito a expresar aquello que quiero decir de la mejor manera posible.

-Hay quien te ha comparado con Borges.

-Sí, con el tito Jorge Luis, con papá Franz (Kafka) y con el abuelo Edgar (Poe): una prueba más de la cercanía del fin de la civilización.

-¿Te consideras un autor de culto?

-Más bien un autor o-culto, más invisible que el Hombre Invisible. Siempre me he justificado diciendo que se puede ser sin ser percibido, pero en el fondo es jodidillo. Preferiría menos culto y más lectores.

-¿Hace falta mucho cuento para andar por la vida?

-Para andar por la vida basta con haber nacido y poseer el usual par de extremidades inferiores. Para sobrevivir a la vida, me temo, hace falta mucho más que cuento.

-¿Nunca te ha apetecido escribir una novela?

-Ni se me ocurriría: comparada conmigo, la Esfinge es una charlatana. Además, no me gusta perder por completo el hilo, ni necesitar un plan de batalla para levantar un texto, y prefiero que la llama creativa arda al rojo vivo.

-¿Te encuentras mejor en la realidad o en la ficción?

-La realidad quizá sea un buen lugar para pasar una temporadita, pero no para quedarse a vivir en él. Aunque según qué circunstancias y compañías, puedes convertirlo en un rinconcillo muy grato. Sin embargo, al fin y al cabo, ¿qué es lo mejor de todo? Aquello que no existe.

-¿Las palabras tienen sabor y olor?

-Obviamente. La literatura es como el cine: en la pantalla la realidad parece más real que ella misma. Bigger Than Life.

-¿Dónde encuentras tú las palabras con sustancia narrativa?

-Con proverbial dificultad en el fondo de mi magín, a la izquierda, segundo estante empezando por arriba.

-¿Estás preparando un nuevo libro?

-Llevo más de tres años ultimando el nuevo libro de relatos, “Devoraluces”, como un horizonte que nunca se alcanza. Pero hace que transcurra el día.

-Has dicho por ahí que escribes con mucha brevedad por cortesía al lector.

-También por eso, pero en realidad sólo escribo bajo las condiciones que me impone cada historia cuando me apunta en la sien con su pistola.

-De estar en twitter tendrías un montón de seguidores.

-Lloro en las noches de invierno lamentándolo. 

-Te he buscado en Facebook y he visto que tienes una página de la que no te ocupas ¿Te llevas mal con las nuevas tecnologías?

-Suele incomodarme caer atrapado en una red y la exposición pública de intimidades. Pese a esto, el amigo e ilustrador argentino Santiago Caruso se empeñó en hacerme una página de Facebook, que descubrí horrorizado a posteriori. Y Marina Tapia, con su primorosa generosidad, acaba de crearme un blog de lo más interesante. Cuando algo se ha tomado la molestia en ocurrir es mejor considerarlo inevitable.

-Cuéntame en dos líneas un cuento que no le hayas contado a nadie.

-Los escritores no entendemos de literatura más de lo que las aves entienden de ornitología.

-Cuéntame una anécdota divertida que haya pasado durante las Reuniones Estacionales del I.P.G.

-Cualquier acto de presencia de Andrés Sopeña o de Gärt. La interpretación a capela, por parte de todos los Sátrapas, del Himno del Regimiento de Camellería Pataphysica. La defenestración de un servidor mediante golpe de estado incruento, mi alivio, y mi resignación al ser repuesto como Rector cinco minutos después.

-¿Qué tengo que hacer para ingresar en el Instituto patafísico?

-Bien fácil: sobornarme con un jamón de 24 meses de curación que lleve como vitola un billete de diez mil agapitercios, moneda patafísica.

-Uno de los libros tuyos que más me gustan es “Almanaque de asombros”.

-Me asombra que te guste y al mismo tiempo no me extraña nada: la mezcla del castellano del siglo XVI de aquella gavilla de rarezas y portentos con las ilustraciones de Claudio resultó, en verdad, deliciosa.

-Una vez fui a la presentación de un libro tuyo y no te presentaste. ¿Es que se te olvidó?

-La invisibilidad es la condición esencial de la elegancia. Y la timidez, de esas cosas que los dioses, en su sabiduría, hicieron pero se olvidaron de decirnos por qué.

-Termina este microrrelato: Cuando desperté…. 

-El Frente de Liberación de Enanos de Jardín todavía estaba allí.


miércoles, 22 de marzo de 2017

La muerte desordena

Os dejo con otra muestra olgosiana, perteneciente en esta ocasión a "Breviario negro", en la que vuelve a demostrarse que lo estremecedor y lo poético pueden convivir literariamente con naturalidad.


LA MUERTE DESORDENA


Victor Delhez


De niños, estudiábamos juntos, comíamos nueces y nos reíamos con ganas. Clara era pequeña, asustadiza. Yo la llamaba Ardilla. En verano íbamos a nadar a la poza. O nos tendíamos en la hierba y mirábamos hacia lo alto picoteado de pájaros. Clara tenía el pelo corto y los calcetines bien tirantes. Yo, un bozo castaño sobre el labio. Clara olía a lápices de colores. Yo iba por ahí haciendo garabatos con su nombre. Lo trazaba con la puntera en la tierra de la plaza. Lo grababa a navajita en los troncos de la alameda. Lo dibujaba en el aire con un ascua del brasero sujeta entre dos palitos. Clara dijo que nos casaríamos. Yo dije que sí con la cabeza. Después de nuestro pacto secreto llovió afuera. Se levantó viento y saltaron chispas en los cables de la cuesta. Esas mismas centellas, blancas de pura maravilla, me calentaron por dentro durante años. Hice la mili. Sólo aplastaba chinches, fregaba platos, miraba los ollares de los caballos echar vaho como chimeneas. Volví al lado de Ardilla. Trabajé en un taller. Luego en la Planta Azucarera. Un día sentí mucho frío, como si me hubieran enterrado de golpe la cara en la nieve. O chapuzado en la poza en invierno. O caído en el tanque de carbonatación de la fábrica. Pareció una chuscada de Amador, mi hermano grande. Si pienso en él, lo único que recuerdo es un abejorreo de risas y coscorrones alrededor mío. Desde el día del frío, el mundo no sabe más a Clara. Tampoco tuve tiempo de hacer la maleta. Ni de devolverle la llave del que sería nuestro piso. Algo me arrojó al otro lado. A un lugar sin polvo en el que nada sucede. Sólo me llegan ecos. Sé que vinieron los vecinos. Que se inclinaron sobre mis padres, achatados en el borde de las sillas de anea del comedor. Y estaban las lágrimas. Gordas como espejos de mano quebrándose sobre el terrazo. Desde el día del frío no he vuelto a ver a Clara. Pero sé que un dolor quiere subirse a ella como quien intenta tomar un tranvía. Un dolor redondo como una nuez y afilado como un lapicero de colores. Ardilla no lo deja entrar. Sé que para Clara aún ocupo el mismo espacio de costumbre. Cree que nadamos juntos, que nos reímos con ganas, que nos tumbamos en la hierba boca arriba. Cree que todavía se sube los calcetines blancos y que yo ando por ahí escribiendo su nombre. Me reclama para partir nueces y besarme tras las tapias del cementerio. Dice que nada nos separará. Que está unida a mí, para siempre, como al hormigueo de una extremidad fantasma.


viernes, 17 de marzo de 2017

Gabinete de maravillas


En el libro ilustrado Gabinete de curiosidades. Mis cuadernos, colecciones y otras obsesiones (Norma Editorial), el cineasta mexicano Guillermo del Toro reproduce la impresionante ilustración que el artista argentino Santiago Caruso realizó expresamente para el relato de Ángel Olgoso Gabinete de maravillas, incluido en Los demonios del lugar. El cuadro es ahora propiedad de este maestro del cine fantástico y cuelga en su mansión de Los Ángeles: la literatura, la pintura y el cine hermanados por medio de tres creadores dueños de un imaginario poderoso e inquietante.







lunes, 13 de marzo de 2017

Cuentos de otro mundo en cicutadry

Reseña en cicutadry.


Cuentos de otro mundo. 
Ángel Olgoso: el asombro de lo cotidiano


Publicado por: Jaime Molina


He decir que hasta hace muy poco Ángel Olgoso era un autor completamente desconocido para mí y, como sucede con bastante frecuencia, llegó a mis oídos a través de recomendaciones o, más concretamente, mediante la recomendación de mi amigo Ismael, sobre cuyo gusto y criterio literario tengo confianza sobrada. Así pues, tras apuntarme el nombre del escritor y algunos de sus títulos, me lancé en su busca y el primer libro que encontré en una librería fue este "Cuentos del otro mundo". Creo que no exagero si digo que Olgoso es un autor que deslumbra desde la primera página. El libro en cuestión es una colección inusualmente extensa de cuentos, alrededor de noventa, si no recuerdo mal, normalmente de tamaño bastante corto, siendo algunos de ellos microrrelatos, pero independientemente de su tamaño, aunque tengan solo unas pocas líneas, cada una de las historias que se narran rezuman literatura en estado puro, y están escritas con un estilo muy personal, depurado y formal, con un vocabulario tremendamente preciso y elegante, pero sin que este resulte cargante ni tedioso. Incluso en los textos de formato más corto, recomiendo al lector que no se precipite en la lectura, sino que paladee despacio cada frase, pues el autor juega con el lenguaje de un modo extraordinario, utilizando de forma impecable y con absoluto dominio la sintaxis y el léxico, sin resultar alambicado, pero demostrando un amplio conocimiento y gusto por el idioma, en cierto modo a la manera de aquellos escritores hispanoamericanos que a partir de mediados del siglo XX comenzaron a revolucionar la concepción de la literatura y del uso del lenguaje. Olgoso es, como lo fueron muchos de esos escritores, una especie de experimentador del lenguaje que no solo nos sorprende por su manera de usarlo, sino por su manera de construir historias y desarrollarlas.

Los relatos de este libro están divididos en tres partes, cuyos títulos ya nos anuncian el carácter extraordinario de los relatos con los que vamos a enfrentarnos: “Mundo murciélago”, “Nuevos cuentos del Folio Club” y “Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena”. Muchos de los cuentos que se engloban en estas secciones son de un formato muy breve, microrrelatos que ni siquiera llegan a ocupar una página. La temática general de las historias es, como se sugiere a través del título, de índole fantástica. Sin que existan claras reminiscencias a los autores hispanoamericanos que tanto exploraron este género, cada uno de los relatos de Olgoso es como un pequeño bombón con el que conviene deleitarse sin prisas, no solo para disfrutar con su construcción, sino para no perder ni un solo detalle, pues son muchos los que se esconden en cada párrafo y algunos resultan claves para entender el desenlace.

El tratamiento que Ángel Olgoso hace del cuento fantástico es extremadamente personal, y pese a las analogías con la literatura hispanoamericana que antes he mencionado, y aunque en cierta manera el estilo de estos cuentos pueda considerarse deudor de la narrativa fantástica hispanoamericana, sus historias no deben considerarse, para nada, meras imitaciones de cuentistas como, por ejemplo, Borges, Cortázar, Bioy, Arreola, Monterroso, etc. Creo que "Cuentos de otro mundo" tiene poco que ver, desde una perspectiva formal, con las de esos autores, en el sentido de que si, por poner un ejemplo, mientras que Borges se decanta en sus narraciones por temas con un cierto componente erudito, falsas bibliografías, etcétera, Ángel Olgoso parece sentirse más cómodo con asuntos cotidianos, en los que a menudo le gusta introducir un componente humorístico, a veces con matices jocosamente negros. Como creo que dijo el propio Borges en una ocasión, para construir un buen cuento hay que tratar de buscar ese asombro en lo cotidiano ya que es ahí, en esas historias aparentemente triviales, donde precisamente por ese carácter tan insustancial, tan común, resulta más fácil sorprenderse con un giro inesperado. En ese sentido, sí puede afirmarse que Olgoso sigue fielmente el consejo del maestro Borges, y consigue triunfar con cuentos verdaderamente brillantes, deslumbrantes. De hecho, los cuentos de Ángel Olgoso pueden considerarse como ejercicios para despertar la imaginación, huir del tedio de esa normalidad o cotidianidad y sumergir al lector en ese mundo fantástico, nunca bien comprendido y mal apreciado de los relatos cortos. Recomiendo vivamente a todos aquellos lectores que aún no conozcan estas pequeñas joyas literarias que lean los relatos de este singular cuentista. No se arrepentirán.


Con Paolo Remorini y José Luis Gärtner, durante la presentación granadina de "Cuentos de otro mundo" en el salón de plenos del Ayuntamiento de Granada.

viernes, 10 de marzo de 2017

Designaciones


Quizá se podría decir de los relatos de Ángel Olgoso lo que Werner Herzog decía del cine, que tienen estratos de verdad más profundos, que son verdades poéticas, misteriosas, elusivas, y que sólo se pueden alcanzar a través de un trabajo conformado por la imaginación y la estilización. Entre otros muchísimos posibles ejemplos en su obra, sirva el siguiente relato, perteneciente a "Las frutas de la luna":


DESIGNACIONES

Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.




lunes, 6 de marzo de 2017

Revista Ínsula: Kafka en España


Ángel Olgoso aparece entre los escritores españoles consultados en el monográfico sobre Kafka que ha publicado la veterana revista Ínsula.


KAFKA Y LA LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA.
ENCUESTA A ESCRITORES.
Javier Sánchez Zapatero



-¿Cuál cree que ha sido la principal aportación de Kafka a la literatura contemporánea?

Significó un calado en profundidad en la condición humana. Kafka excavó, minuciosa y pacientemente, sirviéndose de afiladas cucharillas como la lucidez, la sensibilidad extrema o la tradición judía, un túnel aún sin boca de salida, pero iluminado a trechos por fulgores puntuales, lo que explica la textura de pesadilla, de sonambulismo que envuelve el territorio kafkiano. El lector encuentra un mundo prolijamente demarcado, de manera a la vez analítica y onírica, donde todo parece sufrir un proceso de envilecimiento deliberado; un torrente interior de intuiciones racionales y de visiones verbales; una mente al mismo tiempo temerosa y sedienta de amor, sometida a la culpa pero liberada por un humor paradójico. Las páginas de Kafka muestran, sobre todo, extrañeza ante un universo que ya no tiene un sentido superior -ni siquiera un sentido-, a excepción del hombre que, según Camus, es el único ser que exige un sentido. La amnesia aparece también como otra constante en sus textos: todos se han olvidado de quién es el agrimensor que viene en busca del castillo.

-¿Cuál es la obra de Kafka que más le ha marcado, y por qué?

Sus colecciones de textos breves La condena y La muralla china, sencillamente porque fueron mis primeras lecturas de su obra, las que iniciaron el idilio, las que me descubrieron la pureza, la retórica y la imaginación singulares de un ser singular. Luego he sentido especial debilidad por sus Diarios.

-¿Reconoce alguna influencia kafkiana en su obra?

Cuando comencé a leerlo en la adolescencia, Kafka se convirtió de forma instantánea en una especie de hermano mayor: no es que me identificara exactamente con él como lo hice con “mi abuelo” Poe o con el joven Chateaubriand -el romántico avant la lettre de los primeros capítulos de Memorias de ultratumba-, sino que me contagió su manera de representar el mundo, más que de percibirlo. Con el paso de los años, Kafka se fue metamorfoseando en un padre severo, desconcertantemente irónico y de pensamientos trascendentales. El reto estribó entonces en distanciarse de la imponente presencia de un padre al que se teme y se admira más allá de toda medida, mientras intentaba definir un estilo personal. Su influencia ha sido palpable desde los textos primerizos recogidos en Nubes de piedra y en la recopilación de mis quince años iniciales de cultivo del cuento, Los líquenes del sueño, hasta relatos posteriores que traslucen la gramática kafkiana o la homenajean: Anfiteatro, El espanto, Geometría, Una velada (en Los demonios del lugar); Los reconocerás, Los despeñaderos (en Astrolabio). He llegado incluso a escribir narraciones (Carta al hijo, en Breviario negro) en las que me permití el atrevimiento de suplantar a su padre Herman, o al mismísimo Franz (La primera muerte de Kafka, en Los demonios del lugar) aprovechando los huecos dejados por unas fechas que no aparecían consignadas en sus Diarios.



domingo, 5 de marzo de 2017

El baile de los silenos, el blog del profesor y magnífico escritor Antonio Serrano Cueto, se hace eco hoy del nacimiento de este blog. Antonio y Ángel presentaron juntos en la Biblioteca de Andalucía de Granada la interesantísima antología Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica (Menoscuarto) el 19 de mayo de 2015. 




Y en su libro París en corto, "un mosaico de relatos donde nada es lo que parece, de los que surge un París insólito, menos conocido para el viajero pero igualmente fascinante, una ciudad inquietante y seductora a partes iguales", Antonio Serrano Cueto incluye el siguiente texto:



EL DUELO

A Ángel Olgoso

Sus padrinos han elegido una parcela umbría del bosque de Vincennes. La hojarasca cubre el suelo en la mañana fijada en el calendario. El Hombre Rebelde, sobrio incluso en lo imprescindible, apenas desayuna. Está algo deprimido y le sudan las manos. En cambio, el Filósofo Marxista toma varios de esos cafés minúsculos que beben los parisinos con excesiva liturgia, acompañado de un croissant con mantequilla, y luego se entrega al placer humeante de su pipa. Poco después dos vehículos se detienen en el límite del bosque y sendos grupos de hombres con semblante grave descienden, consultan sus relojes, caminan hacia el punto de encuentro. Comienza a llover sobre París, o quizá llueva únicamente sobre la arboleda que acoge este trance existencialista. Los padrinos revisan las pistolas, recuerdan las normas elementales del duelo, colocan a los contendientes espalda contra espalda y se retiran de la línea de fuego. Veinte pasos separan las diestras firmes que empuñan las armas. La lluvia contiene la respiración en ese instante supremo.

Mientras fuma después del desayuno, el Filósofo Marxista pagaría cuanto fuese necesario para que aconteciera esa cita lluviosa en el bosque de Vincennes y que el corazón del Hombre Rebelde dejase de latir traspasado por su bala certera. Pero la historia es insobornable y tiene reservada para el Hombre Rebelde otra cita, esta vez mortífera, en una carretera de Villeblerin.

(Antonio Serrano Cueto, París en corto, Valparaíso Ediciones)



lunes, 27 de febrero de 2017

Celebrando el Carnaval en México

Un vibrante y terrorífico relato histórico en la revista mexicana La Peste (monográfico sobre el Carnaval), con ilustración exclusiva de Fred Stonehouse.











LINAJES

A trece días andados del mes de abril, mientras gemía nocturno el mistral y los torbellinos del aguacero se abatían contra los verdores de la Borgoña, una docena de personas que dieron en refugiarse en la capilla del monasterio de Saint-Maur habían arrastrado hasta el altar, para comerlo, a un caballo flaco lleno de mataduras, un penco del que ahora descarnaban los huesos sobre las losas de los sepulcros. Apiñados en el presbiterio alrededor de un fuego improvisado, rezaban el Miserere, bebían en los vasos sagrados, renegaban ebrios, danzaban como locos, fornicaban, se contaban historias para aventar la sombra agorera de la muerte. Por mor de eso que llaman epidemia, su gran mano había metido el mundo en un sudario de tiniebla, hedor y miedo. Los naturales del país, aunque porfiaban en marcar las puertas de sus casas con cruces de ceniza y óleo bendecido, caían por obra de fiebres y supuraciones entre los muros de adobe o piedra, se arrojaban sedientos sobre las fuentes, venían a tierra en mercados y claustros quedando rígidos, cecinados. Pero la cabalgata espectral de huérfanos y vagabundos, de enfermos y difuntos llegó a tal que los cuerpos se alzaban a media vara en las pinas callejuelas de los gremios: ya no se podía dar camposanto ni mal cubrir con cal viva los negros despojos, no doblaban más las lúgubres campanas y los carros atestados de muertos se abandonaban por doquier. Entretanto, al fondo de la capilla, el grupo desmigaba las últimas hebras de aquella triste carne de jamelgo. Como lechones apretados contra las doce mamas de una cerda, se arrimaban a la lumbre avivada con banquetas viejas y maderos de confesionario y rogaban al cielo que mantuviera en pie el tablado de su fortuna, lejos de las asechanzas de la rondadora muerte. Uno de ellos, que a diferencia de los sayos, calzas y delantales agujereados de los demás, gastaba paño negro con capucha y no soltaba un bordón con contera de hierro, parecía, por veces, peregrino o señor principal. Enteco y silencioso, habló de pronto con voz rugosa y tonante como salida de una barrica vacía: “Se dice que las epidemias sólo embisten a la pobreza, que son cosa del demonio y que éste respeta la vida de los poderosos. Podemos engañarlo haciéndole creer, de socapa, que cada uno de nosotros desciende de nobles familias, de soberanos de feudos, de abades mitrados, de ricos mercaderes, de augustos paladines que salieron a la guerra. Bastaría con escupir dentro de una iglesia y, a cierra ojos, pretenderse un pasado de abolengo bajo las torres de castillos o palacios, una cuna blasonada con bolsas de dineros y flores heráldicas. El demonio es litigante pero, si se le borran con astucia las lindes del origen, se confunde como un pájaro y toma lo vivo por lo pintado”. El viento soplaba a través del campanario y la lluvia atormentaba las tejas del monasterio. Aquel hombre, tras mirarlos interrogativamente, halló que una punta de esperanza se abría paso en los once y vino a ennoblecerlos uno por uno, repartiendo alcurnias como plomo en troquel: emparentó al herrero con el señor de Ventoux, a la hilandera con Leonor de Aquitania, al ladrón de puercos con el rey Carlos el Temerario, al cantero tuerto con micer Bertrand du Guesclin, al soldado sin hueste con el sebastocrátor Constantino, al pellejero con el duque de Chalon, al fraile con el cardenal de la Mothe; y así, por arte suasoria, como quien desgrana maíz, le fue dando memoria gallarda y pompa lisonjera al mendigo y al labriego, a la nodriza y al carbonero. Luego, todos se aprestaron a escupir en suelo sagrado y a figurarse con gran convencimiento el lustre y las regalías de su nueva condición, imaginándose librados de la mortaja. El gallo quebró el alba, ya de retirada el chaparrón, en el momento en que preguntaron al extraño por su estirpe elegida: “La de Sammael, príncipe infernal, amante de Lilith y de Eva, padre de Asmodeo y de Caín”, dijo grave descubriéndose la cabeza. Los demás sintieron un repeluzno que les cortó el aliento cuando vieron, al chisporroteo de la hoguera, que aquel réprobo tenía córneo el borde de las orejas.