Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

lunes, 11 de diciembre de 2017

Booktrailer de Astrolabio


En 2014, el escritor Jesús Cano realizó este hermoso booktrailer de Astrolabio. Unos meses antes, el libro de Ángel había sido publicado en formato digital por la editorial granadina Transbook, para cuya página el mismo Jesús Cano entrevistó a Olgoso. A continuación del video reproduzco el diálogo, con algunas ilustraciones de Santiago Caruso.



Publicado el 15 abr. 2014

Aquí mi cuarto booktrailer, esta vez de la obra "Astrolabio". Son 43 relatos de Ángel Olgoso para saborear, como exóticas frutas, uno a uno. Acompañan a los textos ilustraciones del gran artista argentino Santiago Caruso, que suele ilustrar los libros de Olgoso. Yo he aportado mi granito de arena con el guión y algún añadido gráfica a las ilustraciones originales (con todo el respeto para Santiago Caruso y para mejorar). El libro se puede adquirir en Amazon, en el siguiente enlace: 

https://www.amazon.es/dp/B00CQR2W60



ENTREVISTA A ÁNGEL OLGOSO

19/06/13

JESÚS CANO


Ángel Olgoso acaba de unirse, y es para celebrarlo, a la tripulación de esta nave virtual que se llama Transbooks. Lo hace con la versión digital de Astrolabio, uno de esos libros suyos de relatos breves que dejan al lector con la boca abierta mientras su mente surca mundos tan extraños como sugerentes. Frente a otras creaciones anteriores con un velado telón de fondo, la singularidad de esta obra radica en el deseo consciente del escritor de jugar con las palabras con mayor libertad. Y ello, como siempre, impulsado por las velas de la más exquisita fantasía.


-Astrolabio es un compendio de pequeñas piezas maestras; incluso uno de ellos, a modo de meta relato, justifica el valor de la literatura breve. 

El relato que abre el libro, Espacio, es en efecto toda una declaración de intenciones a favor del poder de la brevedad, de la prosa depurada y exigente, de su aterradora economía, de su mágica fulguración. Estoy de acuerdo con José María Merino cuando contempla las novelas como grandes planetas que se mueven pesadamente, planetas de distintos tamaños y diferente color, aunque todos se caracterizan por acarrear en su masa muchos elementos óseos y musculares y desplazarse con cierta lentitud, por muy majestuosa que llegue a ser. Alrededor de ellos están los asteroides de los cuentos, un sistema rico donde bullen cuentos de todas las formas y colores, cuentos voladores, saltarines, que se asoman y desaparecen enseguida, dejándonos una poderosa impresión de vida. Lo sorprendente -dice Merino- es la solidez que, utilizando muy pocos recursos, consiguen alcanzar esos cuerpecillos nerviosos y versátiles. 


Los relatos que componen este Astrolabio son textos independientes que no tienen común denominador alguno, no están escritos con voluntad de algo ni de ciclo que se abre o se cierra, cada uno de ellos cristaliza según la necesidad interna que gobierna su extensión, su estructura, su voz narrativa, su ritmo, de lo cual resulta -por debajo de la brevedad de todos- una abundante variedad formal. Podrían emparentarse con los “grutescos”; término etimológicamente afín al de “grotesco”, pero que remite más bien a una curiosa moda artística del siglo XVI, surgida a partir de los apuntes tomados por los artistas, a la luz de las velas, de los frescos romanos que cubrían los muros y las grutas de la Domus Aurea de Nerón. Montaigne definió los grutescos como “pinturas fantásticas, cuyo encanto radica en lo variado y lo extraño”. En Astrolabio he optado por una libertad total de enfoques, es un libro ecléctico, versátil, un pequeño caleidoscopio hecho de sueños disparatados, de relámpagos pavorosos en mitad de la noche y hasta de delicados amaneceres, un puñado de miniaturas un tanto desaforadas y fulminantes. Si Los demonios del lugar fue un descenso concéntrico y alucinado a los infiernos, y Las frutas de la luna una especie de cosmogonía con aura fatalista, casi de revelación bíblica, Astrolabio tiene una atmósfera menos oscura, su caligrafía es menos enrarecida, lúdica en ocasiones. De hecho, está muy presente el juego formal en el tratamiento de los distintos temas y formatos, como una sucesión de sensaciones físicas y placer intelectual.


-A propósito de eso. En todos tus libros, incluido Astrolabio, confluyen relatos de la más variada temática, siempre con planteamientos y desenlaces sorprendentes. 

Según parece, la versatilidad es una de las marcas de la casa: siempre he pensado que la diversidad de mundos o de texturas enriquecen cualquier libro. Y supongo que, a la hora de escribir, me aburre convivir durante meses con los mismos personajes y los mismos escenarios. Necesito cambiar cada pocas páginas. Por eso Astrolabio, en especial, es un libro poliédrico, acicateado por los retos narrativos y por la experimentación con géneros y subgéneros; un libro con el que seguí fraguando mi peculiar universo, en el que me permití zarandear un poco el cuento tradicional. El título hace referencia al instrumento de navegación y apunta, también, a la posibilidad que tiene el lector de visitar en un mismo libro diferentes latitudes geográficas y temporales, a la unión de dos magnitudes distintas (astro y labio), lo colosal y lo diminuto, la explosión y la implosión, lo ardiente y lo tibio, lo lejano y lo cercano. En él hay revisitaciones históricas, relecturas mitológicas, piezas policíacas, metaliterarias u orientales, hay paradojas científicas, epifanías, juegos con el tiempo, personificaciones de animales y objetos, experiencias místicas, placeres inefables, percepciones extrasensoriales, metamorfosis, bilocaciones… Uno de los primeros lectores de Astrolabio me comentó que le había parecido casi un menú de Ferrán Adriá, muy variado, de sabores audaces y texturas sorprendentes. Y es cierto que ese ideal de depuración, de mezcla de magia, emoción y laboratorio ha estado siempre presente en mi obra. Siguiendo con este símil culinario, a la hora de crear miniaturas poéticas e intensas me gusta retirar la aparatosa carcasa de la historia, los menudillos de la psicología y de la genealogía, la grasa de los tiempos muertos, y dejar sólo un texto destilado, donde a lo sumo aparece el tuétano de los personajes y el aroma concentrado de la atmósfera.


-Siempre has escrito relatos breves, y muchos te consideran un maestro del microrrelato pero, según has dicho alguna vez, tal término no acaba de convencerte para definir lo que haces. Parece molestarte que te encasillen y ahora incluso estás escribiendo textos más largos. 

Es cierto, últimamente estoy dejando de lado mi natural inclinación por la “brevitas”, estoy intentando trascender los limites de la brevedad y del fantástico. Durante más de treinta años he llevado con gusto ese traje, pero lo cierto es que -aunque en realidad se trata de un tejido amplísimo, inabarcable- comienzan a apretarme un poco sus costuras. Me confieso un autor de relatos literarios, sin más, que sólo intenta dar cuenta de sus obsesiones. 
Ya escribía relatos breves a finales de los setenta -mucho antes de que existiera el concepto microrrelato, del que, más que un pionero, me veo como un modesto puente entre los autores que de forma magistral aunque esporádica lo cultivaron hasta los años setenta (Gómez de la Serna, Max Aub, A. F. Molina, Gonzalo Suárez, Alfonso Sastre, Pere Calders o Ferrer Lerín) y la legión que ha venido después-; sin embargo, me gusta pensar que sólo escribo relatos, independientemente de la extensión. Al plegarme por completo a las necesidades del texto, por fuerza cada uno nace con su propia envergadura, tono y color: a veces ocupan una línea y, otras, treinta páginas, pero procuro que sean milimétricos, quintaesenciados -también los más largos-, que tengan cierta atmósfera, cierta densidad y, por supuesto, sustancia narrativa. Siempre intento aunar la precisión y belleza del lenguaje con la singularidad de la historia. Naturalmente, a menor extensión se requiere mayor intensidad, y también es cierto que el espacio acotado del “hortus conclusus” magnifica cada palabra, hace que desborden la página y sea más fácil dejar una huella imborrable en el lector. 



El hecho de que me apasione la tensión, la concentración, la autonomía radical de lo breve; el hecho de que crea que bastan pocas páginas, incluso líneas, para mostrar la esencia de algo, para agotar cualquier argumento o para emocionar, no significa que olvide que fondo y forma son inseparables, que la brevedad no es un fin, un valor en sí mismo, que hay que tratar de contar la historia, no de la mejor manera posible, sino de la única manera posible. Tengo la impresión de que la efervescencia que vive el microrrelato lo está convirtiendo en un verdadero diluvio de escoria, de sedimentos irregulares, de miniaturas inanes, de retales, de grageas absurdas u ocurrentes, de falsos relatos. Algo inevitable en la volcánica explosión de un género aparentemente nuevo, y algo lógico cuando se confunde ese género con un cajón de sastre o se identifica brevedad con facilidad de composición. Depende de lo riguroso que sea el creador. Pese a la evidente banalización (de la que avisé hace muchos años en otra entrevista), estos momentos resultan también muy interesantes: obligan a rebuscar con más ahínco, pero multiplican las posibilidades de encontrar diamantes entre las cenizas. 


-Volviendo a Astrolabio, está publicado en versión digital y por una editorial digital. Antes habías publicado algo en digital, pero en Italia. ¿Qué te parece esta nueva experiencia y que sea una empresa granadina la que la promueve? 


Con Racconti abissali -publicado en 2012 por Siska Editore en Pisa- fue la primera vez que sentí el corazón desgarrado entre mi pasión por los libros de papel y el inevitable desembarco de la edición digital. Siempre había pensado que no hay placer comparable a un libro nuevo de páginas suaves o crujientes y con su intacto olor a tinta, o a uno viejo y baqueteado que lleva entre sus guardas los pétalos secos de la sustancia de nuestra vida. Pero he acabado comprendiendo que, a fin de cuentas, lo que importa es el contenido y no el envase. En papel o en pantalla, los libros me siguen pareciendo -en palabras de Maquiavelo- el alimento para el cual vine al mundo: durante horas me olvido del mundo, no recuerdo vejación alguna y dejo de temer la pobreza y de temblar ante la muerte. Así que no puedo sino alegrarme de que Transbooks haya decidido publicar Astrolabio en ebook, algo que le otorga todas las ventajas de las publicaciones digitales, máxima disponibilidad, buena difusión y bajo precio. Y si encima se trata como en este caso de una editorial granadina, miel sobre hojuelas. 


-Y, hablando de Granada, es una ciudad de escritores, de letras, lo mismo ayer que hoy. Como autor con experiencia fuera de Granada, ¿crees que por encima de Despeñaperros se ignora la literatura granadina o es tan sólo un tópico? 

No hay duda de que vivir en la periferia contribuye a la invisibilidad, no sé si fatal o afortunadamente. Y si para escribir es importante armarse con una perseverancia inhumana, con una coraza contra la desilusión, hacerlo en provincias alejadas de la Corte lo es aún más. Durante casi tres décadas, respiré el vivificante aire del fracaso, choqué contra un muro de silencio, acostumbrado a que mis libros fueran rarezas o carecieran de distribución. Como decía Bernard Shaw, florecí antes de los veinte años, pero casi nadie aspiró mi aroma hasta después de los cuarenta. No me importó ir sumando lectores uno a uno, de forma literal, porque además de guiarme por mi individualismo un tanto feroz sólo luchaba por cada átomo de imaginación, por poner sobre el papel, de la mejor manera posible, una visión genuina de la vida. 

En Granada hay una concentración apabullante de poetas y narradores, muchos interesantes y algunos extraordinarios, que intentan someter sus sueños por escrito con un enorme grado de pasión y de talento. Es lógico que los creadores nos esforcemos por alcanzar cierta visibilidad, pero el camino principal, el que nunca debemos abandonar, es ese camino misterioso que va hacia el interior, porque -según Novalis- es en nosotros y no en otra parte donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro. 


-¿Qué tiene que ver escribir con ese sentimiento que llamamos libertad, tanto la personal como la colectiva? 

Séneca decía que con el libro puedes prolongar tu mortalidad, que eres libre de las limitaciones de la humanidad, que todos los tiempos están a tu servicio como al servicio de un Dios. Yo creo que la literatura, la belleza, nos consuelan, pues proponen una exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte. Al escribir, no sólo te zambulles en las aguas miríficas de la libertad, sino que logras la satisfacción impagable de abolir el tiempo y el espacio; no sólo transcribes la realidad, sino que interpretas el mundo, subjetivas la materia, consignas los sueños, te asomas a lo más profundo de la condición humana.


En una época como la que vivimos, de recrudecimiento de la vileza humana por parte de una minoría codiciosa, insaciable, criminal; una época en que, de pronto, volvemos a habitar un estadio primitivo de la historia humana, con unos pocos depredadores alimentándose de su prójimo, sometiendo al resto de su especie sin el menor escrúpulo; una época en que el sentido común, la solidaridad, la compasión, la empatía no son aún moneda común en el planeta; en un momento en que los poderes político y económico pervierten a diario las palabras, robándoles su sentido, convirtiéndolas en vaselina de la que se ayudan para empalarnos, para hacernos tragar su discurso fascista y mafioso, es responsabilidad del escritor devolverle a las palabras su belleza, su autenticidad, su carga imaginativa, su fulgor genuino. El arte y la literatura pueden producir tanto placer como energía para afrontar -al decir de Pavese- los males del mundo. Precisamente porque la vida es muy breve, no podemos permitir que unas sanguijuelas, que unas alimañas avariciosas y traicioneras estropeen algo tan precioso y tan frágil, nos nieguen la dignidad, nos carguen de cadenas, de miedos, de incultura. Todos deberíamos tener presente ese delicioso e inquietante símil de Beda el Venerable que compara nuestra vida con el paso, a través de un refectorio bien iluminado, de un pájaro que procede de la oscuridad de un extremo y sale a la oscuridad del otro.


-Una de tus facetas más desconocidas es que eres Rector del IPG (Institutum Pataphysicum Granatensis). ¿Qué lugar ocupa en tu vida y en tu obra la Patafísica? 

A principios de los ochenta tiré del hilo de la Patafísica al descubrir la vida y obra de Boris Vian, el más fino de sus príncipes, y el que retomó el lema “Me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán” de una obra menor de los dramaturgos Flers y Caillavet. En 2007, espoleado por Miguel Arnas, me animé a fundar el IPG. Durante casi dos años, en los que de manera muy grata el Instituto granadino constituyó prácticamente toda mi vida social, viví un feliz período creativo: encuentros, conferencias, un blog propio a cargo de José Vicente Pascual, la convocatoria del Premio Internacional A. F. Molina al Espíritu Patafísico (que en su primera convocatoria recayó en el dibujante y autor de los Grandes Inventos de TBO Ramón Sabatés, y en su segunda convocatoria en el poeta Carlos Edmundo de Ory), la supervisión y presentación del volumen El siglo Ubú, y la continua elevación a rango de Sátrapa Trascendente de nuevos y numerosos miembros, nacionales e internacionales, entre los que se encuentran Umberto Eco y el académico José María Merino. Después de más de un lustro de ocultación, el IPG ha regresado ahora para quedarse: hay ya numerosas propuestas; habrá también reuniones periódicas; estamos preparando una página web propia -en la que volcaré el Archivum Aethernum- y una serie de publicaciones internas, Los Escarbadientes Espirales del IPG. Al mismo tiempo, sigo procediendo a la cooptación de nuevos Sátrapas, la composición de sus cargos y la elaboración de sus diplomas.


En la vida real no me considero patafísico (he conocido a algunos que lo son de nacimiento, como el Sátrapa Andrés Sopeña) sino un simple autor de relatos, o de pequeñas construcciones imaginativas en prosa, que cree que la Patafísica y la literatura fantástica son hermanas siamesas unidas por la espalda. Ambas, armada con el pensamiento científico y filosófico una y con la imaginación artística otra, cuestionan el edificio aristotélico. Ambas estudian las excepciones y proponen soluciones imaginarias. Ambas se ocupan del universo real y de las combinaciones de sus piezas, pero también de distintas perspectivas desde el que contemplarlo e incluso de los universos posibles. Para encontrar alguna manifestación evidente de la Patafísica en mi obra hay que remontarse a Nubes de piedra, una antigua recopilación de relatos primerizos, especialmente en textos como Pulstar, El Club de los Novecientos Flautistas o China. Después, ese marcado perfume se ha ido diluyendo hasta convertirse en un leve efluvio que rodea a veces una historia. O quizá permanece en la convicción de que la estética es una de las formas más importantes de la ética: el que hace cosas bellas, hace cosas buenas. Pensándolo mejor, aunque pocos hombres pongan en práctica la Patafísica conscientemente, todos somos patafísicos desde el momento en que la singularidad hace de cada persona una excepción. En realidad todo es patafísico: hasta el mismo Universo no es más que una insignificante excepción de la Patafísica. 


lunes, 4 de diciembre de 2017

Eros y Afrodita en la minificción



Eros y Afrodita en la minificción es una antología de textos breves llevada a cabo por Dina Grijalba, profesora mexicana devota de Julio Cortázar, Luisa Valenzuela y las minificciones literarias. El hilo conductor del volumen es el erotismo, y reúne a 112 autores -56 mujeres y 56 hombres- de todo el espectro literario en español: desde clásicos como Julio Torri, Cortázar o Arreola, a consagrados e indispensables en este “cuarto género narrativo” como Ana María Shua, Raúl Brasca, Luisa Valenzuela, José María Merino, Fernando Iwasaki o Ángel Olgoso, o autores amigos afincados en Granada como Josefina Martos Peregrín, Carlos de la Fé y una servidora.

Cuenta además con un esclarecedor prólogo de la profesora de la Universidad de Salamanca Francisca Noguerol, una de las mejores especialistas en microficción del idioma español: "Del fornicón y otras delicatessen literarias". En él, ella nos explica que se trata de un trabajo tan concienzudo como necesario y que viene a iluminar con una nueva obra el catálogo de Ficticia, en México (que tanto ha contribuido a la difusión de los textos breves de la mano de Marcial Fernández), y de Macedonia, en Argentina, dirigida por el imprescindible Fabián Vique. 

El libro, que ya se presentó en México, en el Palacio de Bellas Artes, se acaba de presentar en Madrid el pasado 30 de noviembre en la librería Cervantes y Cía.

Os dejo con la introducción de Dina Grijalba, las citas generales del volumen y el texto Lamelibranquios, con el que Ángel participa en tan completa y sugestiva antología.



Palabras preliminares o Alegrías y tribulaciones de una antóloga 

El sujeto amoroso vive todo encuentro con el 
ser amado como una fiesta. 
Roland Barthes 


Después de gozar de la lectura del imaginario erótico femenino escrito en nuestra lengua —la de Sor Juana— por algunas autoras latinoamericanas y de descubrir la magia de la minificción, pensé unir mi placer por la lectura de cuentos en los que la pasión, el deseo o el deleite, se expresan en palabras. Pletórica de entusiasmo, puse manos a la obra (a las obras más bien). 

Inmersa en la feliz aventura de buscar miniaturas eróticas, y gracias al generoso apoyo de estudiosas y de minificcionistas de diversos países de nuestra América y de España, reuní decenas de antologías y de libros de autora o autor. Efervescente y desmesurada leí, leí y leí minificciones escritas en habla española; en esta práctica de voyeur he sido testigo de todo tipo de fantasías y actividades sexuales, transmitidas en breves textos de maravillosa condensación. A mitad del camino —con alrededor de 10 mil cuentos bonsái leídos— mi ánimo estuvo a punto de sucumbir ante un cuadro de empalagamiento o indigestión microcuentista; pero, con unos días de reposo minificcional, el mal desapareció. Regresé golosa y gozosa a la lectura y devoré otros cuantos miles de minificciones. Del alrededor de 15 mil minitextos leídos, en una primera etapa, tomaba los que a mi parecer transportaban en sus palabras algún gradiente de erotismo y reuní así un conjunto de 482 brevedades en donde Eros asomaba su rostro o de plano el cuerpo completo. 

De ese conjunto debía formar este libro, guiada por el criterio inicial de que la calidad literaria fuera lo que determinara la selección, aun asumiendo la subjetividad que esto entraña. 

Llegaron entonces los días felices de elegir los microrrelatos para formar la antología. Y llegaron también noches de desvelos por las múltiples y diversas dudas. Días y noches en las que trasladaba textos del archivo titulado “minificciones eróticas reunidas” (las 482) a otro: “antología de minificción”; y era una de meter y sacar textos (el Cronopio los llamó textículos) de un archivo a otro, sobre todo de meter, siempre en la búsqueda del máximo placer para quien lee estos preliminares. Finalmente comprendí que llegaba el momento de compartir los hallazgos y publicarlos para multiplicar los placeres en múltiples lectoras y lectores. Ahora que tienes en tus manos estos artefactos textuales, de diverso voltaje, más o menos elusivos y etéreos, o candentes, algunos convocando a un sentido en particular y, otros, a la sensibilidad corporal, siempre persiguiendo un temblor, un estremecimiento, un estallido, deseo que la lectura de estas minificciones actualicen la frase feliz que Marco Denevi escribió en ese exquisito libro de recreaciones eróticas que es su jardín de las delicias: “Eros siempre difunde alegría en el melancólico mundo donde vivimos”.

Victor Delhez

Apenas él le amalaba el noema a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes.
(Julio Cortázar)

Alfred Kubin

Solían decir que las caricias eran una grieta en el muro por la cual Dios les dejaba espiar lo inefable.
(Laura Nicastro)


LOS AMANTES

Ellos son dos por error que la noche corrige.
(Eduardo Galeano)

Alfred Kubin


LAMELIBRANQUIOS

Eres buscador de perlas en un mar subtropical. Buceas hoy a mayor profundidad, más allá de la barrera del arrecife de coral. Anémonas. Blenios dentados. Anguilas-jardín. Erizos. Peces arlequines. Bosque de quelpos. Descubres regocijado un vastísimo criadero natural. Semienterradas en el fondo limoso, las conchas cubren por entero la pradera submarina. Blandes el cuchillo, lo introduces con habilidad entre los bordes sellados de uno de los moluscos bivalvos y haces palanca. Contemplas entonces atónito, a través de la turbia luz, el sexo femenino que se aloja en su interior, su palpitante morfología venusina, sus labios abultados, el vello crespo sombreando el contorno, su fresita retráctil, sus repliegues de cresta de gallo, ababosados, salidizos, pultáceos. Abres otra concha. Y otra. En aquel delirante criadero de las profundidades, acunados por las aguas madres, todos los lamelibranquios cobijan un sexo con vida propia, encarnado, de contacto mucilaginoso, ciliado, como un pequeño hocico mostachudo y acuoso. Incrédulo aún, sientes cierto escalofrío cuando alcanzas a calibrar la peculiaridad del lugar.





miércoles, 29 de noviembre de 2017

En unos pocos corazones fraternos. Antología Solidaria


Ángel ha cedido la publicación de su estremecedor relato Las huellas de los pájaros en el aire al libro colectivo y solidario En unos pocos corazones fraternos, publicado por Entorno Gráfico. El pasado 24 de noviembre se presentó dicha Antología Solidaria a beneficio de la Fundación del Banco de Alimentos de Granada, en el Teatro CajaGranada.



Después de los discursos institucionales, el programa del acto -organizado y presentado por el escritor Francisco Acuyo- se completó con la lectura de poemas alusivos de García Lorca, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre y Blas de Otero; la intervención musical de la Orquesta de Cámara de la Universidad de Granada; y la actuación del escritor, profesor y cantaor Alfredo Arrebola y del maestro de la guitarra Ángel Alonso. Para finalizar, se sortearon entre el numeroso público asistente distintos regalos, que culminaron con las obras cedidas por los pintores Diego Canca, María Teresa Martín-Vivaldi y Juan F. Navarro.


Como curiosidad, el libro está equipado con tecnología NFC, pionera en España: un chip mediante el cual el lector puede tener acceso a contenidos adicionales; en este caso, un archivo de sonido con la grabación de su texto por los autores que han participado en la Antología Solidaria.


Como es natural, la venta de esta edición se destinará íntegramente a la labor siempre inestimable del Banco de Alimentos de Granada, que viene ayudando desde hace 22 años a los menos favorecidos (millones de kilos de comida a 40.000 familias de toda la provincia, logrando incluso récords nacionales, y que en fechas navideñas llegan a implicar a 3.000 voluntarios).



La bondad y la solidaridad son la única fuerza integradora, son la verdadera revolución: fue emocionante asistir el viernes a esta fusión de la cultura y el corazón.


viernes, 24 de noviembre de 2017

Caligramas de Josefina Martos Peregrín


La amiga y excelente narradora y poeta Josefina Martos Peregrín elaboró esta maravilla de dibujos a partir del libro de Ángel, Cuentos de otro mundo, formados por el título y una frase de cada uno de sus cuentos. A modo de caligramas complejos pero espontáneos, entre Miró y Alberti y con fondos distintos, "en realidad no importa tanto que cada palabra sea legible como el efecto de conjunto, ya que todo resulta plenamente descifrable al aumentar el tamaño". Se trata de un delicioso regalo de Josefina a la que hay que agradecerle de corazón tanto tiempo, concentración y esfuerzo como seguramente ha dedicado a esta creación visual.





viernes, 17 de noviembre de 2017

La Rosa de los Vientos, en el Centro Artístico




En un cálido ambiente de amigos y aficionados a la literatura, se asistió en el Centro Artístico a una nueva sesión del ciclo Anomalía (Conversaciones transversales). En esta ocasión, no en torno a un autor sino a un texto. Con las luces apagadas, se escuchó primero la grabación realizada por José Luis Gärt de La Rosa de los Vientos, relato inédito de Ángel Olgoso, toda una carta de amor a la historia de la literatura universal que comienza con el Ulises de Homero y acaba en el Ulises de Joyce.


Luego Gart y Miguel Arnas propusieron un juego: adivinar las referencias a otras obras que aparecen en el cuento, en su recorrido por distintos hitos, escenarios y personajes de diferentes libros de ficción (La isla del tesoro, Moby Dick, Pinocho, Veinte mil leguas de viaje submarino, Cuento de Navidad, Bajo el volcán, La cartuja de Parma, Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas, En busca del tiempo perdido, Robinson Crusoe, Quo vadis?, Las aventuras de Huckleberry Finn, El retrato de Dorian Gray, etc.). Ulises hace hilo de Ariadna y va pasando de historia en historia, recomponiéndose, convirtiéndose en personaje principal o secundario de cada nuevo relato, viviendo otras vidas que es realmente lo que permite la literatura. Miguel lo calificó de "hipertexto", de texto que te lleva a otros muchos, y José Luis de "cuento google", en el sentido de que la riqueza de imágenes y de menciones del autor despiertan la curiosidad del lector, lo estimulan a investigar esas alusiones, a conocer otras historias, a leer otros libros. Se habló también de que un relato como éste ayuda a restituir la posibilidad de soñar, a devolver la imaginación a su lugar original, lejos por ejemplo de la impuesta perversamente por Walt Disney o la industria audiovisual.


En sus intervenciones, el público asistente hizo hincapié en el estilo plástico y sensorial de Ángel Olgoso, en ese gusto por los detalles, en ese lenguaje suyo poético o en esas maravillosas enumeraciones. Así como el hecho de que La Rosa de los Vientos parezca un cuento atemporal al estar escrito en presente, lo que le presta una enorme agilidad pues da la sensación de que todos los acontecimientos -por muy remotos que sean- se están viviendo en ese momento. O la vida propia que pueden llegar a adquirir algunos personajes y que remitirían a la muerte del autor.



Finalmente, por cortesía de Elisa Serna, se proyectó un montaje audiovisual en el que aparecieron imágenes de todos los personajes de La Rosa de los VientosÁngel Olgoso, voluntario convidado de piedra, recibió el habitual diploma que lo acredita como modelo de anomalía (en este caso, por su dedicación a transcribir sueños y su desbordante imaginación), y pronunció las siguientes palabras:


"Muchísimas gracias a todos por haber acudido a la convocatoria de una nueva ocurrencia gärtiana. Yo mismo no pensaba venir (por pánico escénico crónico y congénito), hasta que José Luis me aseguró que no tenía que hablar, que sólo iba a estar de cuerpo presente. Pero después de asistir al estupendo resultado de esta generosa y anómala iniciativa, lo menos que puedo hacer es volver de la tumba para agradecerle de corazón -a él, a Miguel y a Elisa- que se hayan tomado tantas molestias con lo que no es más que uno de los muchos relatos de mi nuevo libro, Devoraluces, con lo que no es más que un simple juego metaliterario sobre la corriente narrativa continua, un viajillo -en cierto modo circular- a través de la historia de la literatura. De modo que, caballeros, benditos seáis por ser como sois y por vuestro interés por mis relatos, y malditos seáis por haberme hecho hablar otra vez en público".


viernes, 10 de noviembre de 2017

Astrolabio, por Roberto Martínez Mancebo


Siempre es un gusto leer y poder compartir una opinión tan sincera, profunda y a la vez minuciosa hecha por un lector. En este caso un lector ávido, atento a los detalles, que busca conexiones entre las piezas de los libros de Ángel Olgoso y afinidades con otros autores, un lector con una mirada no tecnicista, sino limpia e impresionable. He querido compartir esta valoración porque, como escritora, sé que resulta de lo más estimulante para un autor conocer la opinión de los lectores. Aquí presento sólo un resumen de las 27 páginas en las que Roberto comenta exhaustivamente Astrolabio, cuento por cuento. Aprovecho esta entrada para agradecerle públicamente su ingente y magnífica labor: la grabación de centenares de relatos de Ángel, muchos de ellos con música y efectos sonoros, que va colgando en Ivoox, junto con audios de conferencias y presentaciones olgosianas. Su gesto tan generoso y poco común me conmueve. Gracias, amigo.

Santiago Caruso

ASTROLABIO, POR ROBERTO MARTÍNEZ MANCEBO


Para mí Astrolabio es un libro enigmático. No es un libro que “se haga presente” con facilidad; sin embargo, cuando me vienen a la mente relatos, veo que muchos de ellos se encuentran en Astrolabio. Creo que se podría definir como un “libro etéreo”, que está rodando constantemente la cabeza, pero sin materializarse (ahora que lo pienso, quizá un buen libro sea precisamente esto). Muchos de sus textos representan perfectamente la concreción y capacidad evocadora del relato, frente a la disgresión generalista y redundante de la novela. 

“De pronto, aunque es mediodía, cae la noche”, se dice en El papel. En el fondo las personas somos animales de rutinas, y todo aquello que, involuntariamente, nos rompa esa rutina o trastoque el ritmo al que estamos acostumbrados, nos produce cierto vértigo o cierta inquietud. Esa aceleración del relato, del ritmo, esa inquietud, hace que también nosotros sintamos la misma tensión del protagonista al tratar de recomponer el papel. 

Los relatos de Ángel Olgoso son una inmersión directa y brutal en lo fantástico, en mundos donde todo es posible, pero la forma de narrarlo, de hacérnoslo sentir y vivir, hace que parezca que todas esas imposibles posibilidades se puedan materializar en este mundo. Es como si se expandieran o difuminaran sus límites, haciéndonos partícipes de esos otros cosmos o posibilidades (de manera muy resumida, puede que esa sea la finalidad de la literatura fantástica, pero creo que muy pocos autores lo logran hacer de la forma en que lo hace Ángel). Esta idea se pude resumir perfectamente en una de esas frases que me parecen magistrales, perteneciente a Historia del rey y del cosmógrafo: “la madera no le vedó el paso” (un amigo mío diría “esa frase pide mármol”). Cómo, con esas siete palabras, con esa personificación, comienza un mundo mágico, nuevo, fascinante, en la que a partir de ahí todo es posible. 


Algo que se pone de manifiesto en prácticamente todos los artículos o críticas que leo sobre la obra olgosiana, es la variedad de registros, temáticos, técnicos, etc. Para mí, sin duda, esta variedad enriquece los libros. Se podrá tener mayor afinidad por un tipo u otro de relato, por un enfoque u otro, pero creo que en todos sus libros cada narración depara nuevas sorpresas. Esa riqueza de temas, de enfoques, de matices, imposibilita una sensación de hartazgo. Al contrario, cuando acabo los libros de Ángel siempre pienso que había hueco para más, que la riqueza con la que presenta los temas hubiera dado para muchísimas más historias, y que uno siempre descubriría aspectos nuevos. Relatos como Los bajíos, por ejemplo, engrandecen la propia mitología, la amplifican, la llenan de matices de una manera sencillamente genial. 

Alejandro Bello Ayala

Otro rasgo característico suyo, las enumeraciones, está presente de forma magistral en El lamento del dinosaurio. Me fascina esa descripción minuciosa y precisa, esa concreción que se va ampliando hasta alcanzar aquí uno de sus grados máximos. La reescritura de los mitos, el dar voz a aquellos que tradicionalmente no la han tenido, el aportar nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, está presente en el angustioso pero impresionante La ciénaga. El rasgo fundamental de la poesía de los relatos de Olgoso se siente más abiertamente en Las nubes, otra maravilla de relato en que tras un inicio verdaderamente precioso, las enumeraciones hacen que el lector poco a poco vaya identificándose con esa nubes y acabe sintiendo el final como una afrenta personal. Y cómo olvidar esos títulos que son un relato en sí mismos: Será como si no hubieras existido, o Si mi cabeza cae, historia inmersa en una aureola de incertidumbre, de indeterminación que hace que durante toda su lectura se tenga que contener la respiración. Me gusta la forma de ir cercando cada vez más la visión, desde el lo más amplio a lo concreto hasta llegar a nosotros mismos. O esos relatos magníficos que -como El vuelo del pájaro elefante- tienes que leer dos veces seguidas para intentar descubrir el juego y la sorpresa final que encierra. Ese es otro de los aspectos que me maravillan de los relatos olgosianos: puedes saber de qué tratan, ubicarlos en el tiempo, en el espacio (si ello es posible), conocer a los protagonistas y el fin de los mismos... pero siempre acabas sorprendido, bien por la trama, bien por el final, bien por el enfoque o la perspectiva con la que se cuenta. Véase Tributo, El incidente Avellaneda, Todas hieren, El eremita, Caballeros de los puentes, Venablos o En el lagar. La verdad es que es absolutamente admirable. 


Me parece espectacular la forma que tiene Ángel de describir con muy pocas palabras, con una precisión deudora de una gran exactitud terminológica, y su facilidad para la creación de metáforas e imágenes verdaderamente bellas. Aunque imagino que detrás de todo esto se esconde una ingente cantidad de trabajo. 

Los guardianes del trueno es uno de mis relatos favoritos, no solo de Astrolabio si no de todos sus libros. No sé ni explicar por qué me apasiona este relato, pero para mí tiene una atracción especial, hipnótica. Hay ciertos libros que releo todos los años (convengo con Borges en que el placer no está en leer sino en releer), y entre ellos se encuentra la que para mí es una de las obras cumbre de la Literatura, La historia interminable. Pues bien, este relato es mi historia interminable particular: quiero visitar el Palacio del Presente, quiero ver la clepsidra del Ministerio de la Adivinación, quiero saber el porqué de la isla de los perros, y sobre todo quiero yo también coger un arco y abatir a la tormenta. 


Las barbas del cielo, El flautista mágico, Artículo genuino y Perikhoresis teológica son claros ejemplos de la facilidad de Ángel Olgoso para plasmar perspectivas o puntos de vista en los que generalmente uno no piensa, ya sea de seres vivos o de objetos inanimados a los que es capaz de “animar”. Creo que la verdadera realidad aumentada está en la imaginación, en los libros y en lo que de ellos se deriva. Por eso, relatos como De Il Corriere della sera dejan un regusto melancólico. Y es que, junto con los sapos y los príncipes encantados, lo que en cierta manera está desapareciendo también es la imaginación y la fantasía. 

Si una vez leído Claudicación es inevitable esbozar una sonrisa por la situación, y quedar pensando en cómo hemos vuelto a ser sorprendidos de una manera espectacular, en La impunidad de los sueños no puede dejar uno de admirarse de lo que Ángel es capaz de hacer con el lenguaje, cómo lo amolda a una determinada circunstancia para que nos representemos otra distinta, cómo lo modela, como juega con él. En numerosas reseñas se le define con toda justicia como un orfebre del lenguaje, debido a su formidable precisión terminológica (algo que debe ser fundamental en un buen escritor de cuentos), pero en relatos como éste va incluso un paso más allá. Por cierto, la expresión “trabazón apendicular” es memorable. 

Me encanta la inseguridad que presta Olgoso a lo que percibimos como real, cómo descoloca al lector para que no dé como segura, incluso, la realidad del propio cuento. Que el propio relato sea una realidad que genere incertidumbre, inseguridad. Así ocurre en el estupendo El pez que no había oído hablar del agua

Domenico Remps

Cuenta atrás: No creo que se pueda concentrar en menos palabras toda una vida. Uno de esos relatos que te hace volver a leerlo un par de veces, y en el que cada una de esas frases se puede expandir de manera indefinida. Inevitable unirlo con otra joya suya, el relato Conjugación, incisivo y lacerante. Y cómo no mencionar aquí el que para mí es una verdadera obra de arte de los microrrelatos: Confirmación. O Más que humano, otra muestra más de la capacidad olgosiana de forjar una historia incluso a partir de frases hechas. 

La influencia del azar en diferentes aspectos de la vida está presente, de modo palpable, en La quinta extinción, donde sería la prueba definitiva. Siempre he pensado que es una mera cuestión de azar el hecho de que estemos aquí, juntos en esta pelota y en este tiempo, y que debería ser motivo de celebración constante. En este y otros muchos textos de Astrolabio se vuelve a poner de manifiesto esa otra perspectiva que nos regala Ángel, ese punto de vista inédito y amplificador que siempre sorprende. 

Desde aquí quiero darle mis más sinceras gracias por los ratos de felicidad que me hacen pasar sus relatos.

Victor Delhez

viernes, 3 de noviembre de 2017

Memorias de un viejo profesor, de Miguel Díez R.


En el libro, recién y hermosamente editado por Reino de Cordelia, Cómo enseñar a leer en clase. Memorias de un viejo profesor, Miguel Díez R. "responde a las causas del fracaso escolar, que está acabando con el desarrollo intelectual de los jóvenes, y ofrece su experiencia de casi cuatro décadas como profesor para fomentar la lectura, analizando los grandes enemigos que la acechan. Al mismo tiempo, este libro es una antología de textos -desde canciones hasta poemas, artículos y cuentos- destinados a enseñar a leer o, mejor dicho, a despertar el interés por el conocimiento, a fomentar la curiosidad, porque la buena lectura es el medio definitivo y único para dominar la propia lengua y para abrir la mente a los mundos infinitos de la fantasía, aprender sobre la vida, conocer, confrontar y pensar".

En este libro teórico y práctico, imprescindible sobre el acto de la lectura, que además de una fresca reflexión sobre la actividad pedagógica es también una entrañable carta sobre el arte de inculcar la afición lectora, Miguel Díez R. dedica todo un capítulo a Ángel Olgoso y a su obra. Junto a un breve ramillete de las premisas literarias de Ángel -sacadas de diversas entrevistas y poéticas- y una selección escogida de diez relatos suyos, Miguel Díez R. escribe una estupenda introducción en la que da cuenta de su relación con Ángel Olgoso y con su literatura. 


LOS RELATOS MUY BREVES DE ÁNGEL OLGOSO 

Miguel Díez R. 


Hace ya un largo tiempo, cuando Paz Díez Taboada y yo nos dedicábamos a buscar cuentos cortos para algunos de los proyectos antológicos que entonces nos ocupaban, descubrimos a un desconocido autor granadino, llamado Ángel Olgoso. Nos impresionó la categoría literaria de sus brevísimos cuentos, la altura estilística, la riqueza verbal, la imaginación, la acertada construcción narrativa, el poderoso imaginario y la temática fantástica. Eran cuentos originales, nuevos, distintos, de un autor rara avis en estos pagos de nuestra cuentística, bastante uniformemente vestida, salvo un puñado de escritores en boca de todos. 

Aquellos cuentos no habían salido al azar, no eran fruto de un momento de inspiración; eran el resultado de un serio y lento trabajo de búsqueda, eliminación y condensación, de tal manera que, como él mismo ha manifestado, escribiendo y puliendo un relato de, quizá media página, puede pasar semanas y, por esta misma razón, en muchos casos requieren un lector preparado y exigente. 

Llamaba enseguida la atención el fondo de lecturas que dejaban entrever aquellas breves piezas narrativas. La presencia de los más grandes narradores de la literatura mundial, leídos, releídos y asimilados por nuestro autor, era el humus en que se asentaban y desde el que florecían sus sorprendentes historias. 

A medida que íbamos conociendo sus nuevos libros nuestra admiración iba subiendo de tono. En muchos momentos, para saborear buena literatura, leíamos en alto alguna de sus breves piezas, como siempre lo hemos hecho con la lectura de buenos poemas. 

En fin, establecimos con él una fecunda comunicación vía mail, convertida enseguida en una apreciada amistad; tuvo la amabilidad de comentar uno de sus cuentos para una antología preparada por nosotros* y dedicarnos uno de sus hermosos cuentos** y yo, a mi vez, seleccioné varios relatos suyos y los comenté en la sección de Narrativa Breve, Cuentos Breves Recomendados. En encuentros que Paz y yo hemos tenido con profesores y alumnos, los relatos de Ángel siempre han estado presentes. 

Una recomendación para profesores de Lengua y Literatura que buscan textos para intentar descolocar, zarandear y espabilar por lo menos a alguno de sus alumnos y llevarlos a un lugar oculto, pero maravilloso, en el que tal vez se olviden por un momento del uso mostrenco de sus dispositivos móviles y atisben, en otra dimensión de sus vidas, un tesoro tan lejano y extraño para ellos, como es la buena literatura: 

Tomad algunos de los libros de Ángel Olgoso -Los demonios del lugar, Las frutas de la luna, Los líquenes del sueño, La máquina de languidecer, Breviario negro...-, buscad en ellos textos maravillosos y seguro que los encontraréis. 



*Daiquiri (en Cincuenta cuentos breves. Una antología comentada (Cátedra, 2011). 


**Los túmulos (en Las frutas de la luna, Menoscuarto, 2013).


Miguel Díez R., profesor español de Lengua y Literatura durante cerca de cuarenta años, publicó en 1985 Antología del cuento literario en la Editorial Alhambra (hoy Alhambra Longman), uno de los primeros intentos en España de una selección de cuentos muy variados y universales, destinada exclusivamente a estudiantes de Enseñanza Media y que ha tenido, y sigue teniendo, una difusión muy amplia en toda la geografía española. Además de varios manuales de Literatura Española y de comentarios de textos literarios, ha publicado la edición de Jardín Umbrío de Ramón del Valle-Inclán (Madrid, Espasa Calpe, 1993) y la de Días del Desván de Luis Mateo Díez (Madrid, Anaya, 2001). Es, así mismo, autor de la Antología de cuentos e historias mínimas (2002) (Madrid, Espasa-Calpe, Austral nº 527, 2008) y en colaboración con su mujer, Paz Díez Taboada, ha publicado Antología de la poesía española del siglo XX (1991) (Madrid, Istmo, 2004), La memoria de los cuentos (Madrid, Espasa-Calpe, Austral nº 151, 1998, reeditado en la misma editorial y colección con el título de Relatos populares del mundo), Antología comentada de la poesía lírica española (2005) (Madrid, Cátedra, 2006) y Cincuenta cuentos breves. Una antología comentada, Madrid, Cátedra, 2011. 
También ha publicado en Internet diversos trabajos en: Biblioteca Digital Ciudad Seva y en las revistas digitales Espéculo y Letralia. En el blog de Francisco Rodríguez Criado, coordina una sección titulada “Cuentos breves recomendados”, que reúne relatos universales seleccionados por su alta calidad literaria, con una extensión de media página a cinco o seis: textos antiguos muy variados (mitos, leyendas, fábulas, apólogos, pequeñas historias, cuentos tradicionales) y cuentos modernos literarios. Está dirigida a profesores y alumnos de Lengua y Literatura Española y a cualquier lector de buenos cuentos.






viernes, 27 de octubre de 2017

Antonio Muñoz Molina, Académico de Buenas Letras


El pasado lunes 23 de octubre, en la Sala Máxima de la antigua Facultad de Medicina, Antonio Muñoz Molina fue investido Académico Honorario de la Academia de Buenas Letras de Granada, a la que también pertenece Ángel Olgoso desde el 6 de octubre de 2014, ingreso que se hizo efectivo con la lectura de su deliciosamente evocador discurso Las luciérnagas de lo breve, lo extraño y lo imaginativo

Allí, en el Espacio V Centenario de la Universidad de Granada (que es como se llama ahora el edificio), el escritor ubetense pronunció su discurso de ingreso -literalmente magistral como todos los suyos- Una novela de Granada, del que extraigo algunos párrafos, acerca del proyecto siempre aplazado e inconcluso de un libro sobre una parte decisiva de su educación vital, civil, literaria y estética en nuestra ciudad.



(...) Está la posibilidad de los libros sin escribir o de los libros malogrados que yacen no en un cajón ni en un disco duro sino en el interior de otros libros que sí se escribieron. Una novela puede ser el mausoleo de una novela mucho mejor que podía haberse escrito con los mismos materiales, si el autor hubiera estado a la altura de las primeras intuiciones, si hubiera tenido la paciencia necesaria o el talento necesario, si no se hubiera perdido por caminos laterales.




(...) Los mejores libros, como los encuentros decisivos en la vida, están siempre a punto de suceder, y corren a cada momento el peligro de malograrse, o de ser de otro modo, de llegar a ser mejores o peores. Apollinaire dice que la poesía es un étincelle qui dure. Lo propio de los chispazos es la fugacidad. La duración exige un plan, un esfuerzo sostenido. La luciérnaga ha de persistir al menos como un cometa que se queda varios meses en el cielo nocturno y deja un recuerdo que se mantiene vivo en las generaciones hasta su próximo regreso. Sin la espoleta de la étincelle la duración no estalla. Hay que cuidarla, como ese rescoldo de fuego primitivo que servirá para alimentar una nueva hoguera. Hay una llamarada, un relámpago primitivo, pero una novela o un libro largo necesita algo más: varios relámpagos repartidos a lo largo del tiempo que ocupa la tarea.




(...) Yo vi, con esa claridad con que se ven las cosas que todavía no existen, un libro que fuera el relato de mi devenir, y con el mío el de los tiempos que había vivido, porque el arco vital de la generación a la que pertenezco se corresponde muy estrechamente con el tránsito histórico de nuestro país. Pasamos de la adolescencia a la madurez al mismo tiempo que nuestro país pasaba de la dictadura a la democracia, y una gran parte de las cosas que nos han sucedido y de las que hemos logrado o no hemos llegado a alcanzar o a mantener son inseparables de las circunstancias históricas que las acompañaron. En los últimos años 70 la exaltación de la libertad recién sobrevenida se parecía mucho a la del descubrimiento de formas innovadoras y experimentales de la literatura y de las artes. En Granada, igual que en todas partes, despertábamos al mismo tiempo a la ciudadanía y a la conciencia estética.



(...) Creía haber encontrado esas dos cosas que uno necesita al principio aún más que un título: un buen arranque y un tono, esa música que aparece sin que uno sepa bien de dónde llega y que si tiene suerte va a guiarlo a lo largo de toda la escritura. Escribir es una continua oscilación entre el fervor y el desaliento. Un libro es un empeño que ha de prolongarse durante cierto tiempo. El proceso de la escritura va creando su propia disciplina, reclamando las fuerzas intelectuales, morales e incluso físicas necesarias. Pero esas fuerzas, como en cualquier otra tarea que no sea del todo mecánica, sufren altibajos, y a veces pueden desaparecer del todo, y lo que es más grave todavía, desaparecer antes de tiempo. Juan Gris decía que la última pincelada era para él "la pincelada de la muerte".


(...) Hay algo de acto de fe ciega y de encabezonamiento en el trabajo de escribir un libro, sin la menor garantía de nada, ni de su calidad verdadera ni del ánimo con que será recibido. Y no hablo ya de quien escribe sin que lo conozca nadie y con una esperanza escasa o nula de publicación. Un remedio privado que yo me aplico contra el desaliento es acordarme de cuando escribía en esta ciudad, hace treinta y tantos años, mi primera novela, desconocido y obstinado, prohibiéndome el pensamiento de qué haría cuando la hubiera terminado.


(...) No tengo ninguna queja. Lo perdido, perdido está. Donde seguía de verdad el libro, su parte valiosa para mí, era en la imaginación, o en esa zona de penumbra donde está la frontera muy porosa entre la imaginación y la memoria. Un verso de García Lorca es la contraseña que desata siempre un caudal de imágenes que unas veces forman parte de una novela y otras no, que vuelven al cabo de meses o años pero no se van nunca. El verso es como un principio que me anima siempre a su continuación: 

"Granada era una corza rosa por las veletas".



(...) Desde un cigarral cerca de Toledo vi la ciudad al fondo bajo un atardecer cárdeno y recobré de pronto la imagen de Granada, y la intuición de mi novela no escrita, aplazada siempre. Quizás un día, cuando menos lo espere, llegará de verdad un arranque decisivo, una música a la que o pueda resistirme, que me guíe hacia adelante en ese estado de sonambulismo parcial y aguda lucidez impersonal que hace posible la escritura.