Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

domingo, 20 de mayo de 2018

Exilios y otros desarraigos

Letralia, la revista electrónica decana de los escritores de habla hispana (fue la primera revista literaria publicada en Internet desde Venezuela y también la primera en ser distribuida por correo electrónico en América Latina), cumple hoy 22 años y lo celebra editando un libro monográfico, digital y de acceso gratuito sobre los desplazados en el mundo, Exilios y otros desarraigos. Entre los autores seleccionados de todos los países hispanohablantes está Ángel Olgoso, con su plástico y estremecedor relato La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos, perteneciente a Las frutas de la luna.


Os dejo con las palabras del editor de Letralia, Jorge Gómez Jiménez, con el relato de Ángel y con el audio del mismo, leído por Roberto Martínez Mancebo.




Letralia cumple 22 años y publica un libro sobre el exilio 

La primera edición de Letralia, Tierra de Letras, circuló el lunes 20 de mayo de 1996. Son veintidós años de trayectoria difundiendo la obra de los escritores de habla hispana en todos los géneros, y por ello hemos preparado una edición especial que circulará a partir del domingo 20 de mayo de 2018 en forma de libro digital de acceso gratuito. 

Letralia se edita en Venezuela, nación que atraviesa un duro momento histórico en el que millones de ciudadanos se han visto obligados a buscar otros horizontes en aras de asegurarse un mejor futuro. Se trata de un proceso hasta ahora desconocido para este país, que siempre acogió a exiliados de diversas latitudes. 

Regímenes tiránicos, corruptos o ineficientes, guerras, hambrunas, desastres naturales y otras circunstancias han producido a lo largo de la historia migraciones que han convertido la patria en el territorio de la nostalgia. Este es el tema que abordamos en nuestra edición aniversaria: los desplazados. La partida que emprenden grandes grupos humanos para salvar la libertad y la vida, la cara humana de estos procesos, la vivencia del expatriado, el papel de los inmigrantes en los países de acogida. 


En su vigésimo segundo aniversario, la revista Letralia, Tierra de Letras, ha querido revisar el tema en compañía de firmas de todo el mundo. El exilio, los desplazados, los refugiados, son los protagonistas de este libro que incluye textos de 62 autores. El lector encontrará poemas, cuentos, crónicas, ensayos y otros materiales que analizan el tema del abandono forzado de la patria desde todas las perspectivas posibles. Es nuestra aspiración que este trabajo contribuya en algo con el entendimiento de un fenómeno que ha llenado de dolor el mundo entero.

Santiago Caruso, Stones



LA PEQUEÑA Y ARROGANTE 

OLIGARQUÍA DE LOS VIVOS


Cuatro días hace que llegué a la costa por cierto asunto. Como me ocupa sólo las tardes, dedico las horas de la mañana a pasear desde los últimos pinos del pueblo hasta los riscos puntiagudos del espigón, a recorrer la playa muy despacio y con la cabeza vacía, a dejar que la brisa salobre limpie de parásitos mi alma, encarado al mar. Y como es invierno, nadie suele molestarme. Ayer, cuando alcancé el suave promontorio donde muere el camino, no escuché el amortiguado rumor de las olas e intuí un mar desacostumbradamente sombrío, de tan pajizo, como si la luz del sol luchara sin ímpetu para abrirse paso entre las nubes o les pidiera licencia para reflejarse en el agua. Pero el cielo no estaba cubierto, excepto unas migajas sueltas color rosa vinagre que punteaban el norte. Acerté a pensar que esa luz cargada de tristeza, el silencio estéril, el opresivo horizonte, la naturaleza compacta del agua a lo lejos, la ausencia de salpicaduras en el ribete de la playa, todo conspiraba para imaginarme en la costa de otro país. Según salvaba los doscientos metros que separan en línea recta el promontorio de la orilla, no parecía sino que una especie de toldo infinito, de color ceroso y abullonado por una amalgama de pólipos u hongos, cubriera la superficie entera del mar. A decir verdad, sólo cuando estuve a varios pasos pude cerciorarme de lo singular de la visión: aquel mar era una apiñadísima masa de cuerpos inertes mecida por la marea, una maraña humana tan entrelazada que no permitía ver el agua por intersticio alguno. Levanté la mirada y comprobé que ese tumultuario aluvión, esa prieta esponjosidad de cadáveres desnudos, continuaban hasta perderse de vista en el horizonte. De pronto, una tímida ola que comenzó a pronunciarse mar adentro avanzó elevándose poco a poco, se dilató en los flancos y se adensó dispuesta a acometer la playa. En el cenit de su impulso, mientras se sustentaba pesadamente en el aire, advertí con claridad que su cresta se componía de personas vivas, como una espuma vehemente que se moviera con un frenesí un tanto pueril, como una delirante guirnalda de burbujas que eran cabezas embestidoras, ojos en alegre desafío, bocas que mostraban tesón o desdén, extremidades que braceaban al unísono, cientos de torsos jóvenes, elásticos, que se sostenían victoriosos arriba por un instante antes de derrumbarse, con una exhalación más sorda que bronca, entre la cinta pedregosa de la orilla y la superficie grávida de cuerpos. Allí quedaban, a la deriva, muertos ya e indistinguibles del resto de despojos, adormecidos para siempre en el placentario vaivén de un regazo ilimitado. Poco después, una nueva ola despuntó al fondo, inició la infatigable fuga hacia delante, fue creciendo lentamente alentada por la premiosa resaca, y volví a ver esa onda colectiva, esa voluta donde bullían protuberancias tersas y peludas, ese festón horizontal de humanos vivos que, deslizándose sobre la base de difuntos, se esforzaban ciegamente, casi con altanería, con una engañosa vocación de eternidad, por ganar el rompeolas. Luego, a medida que se desplomaban contra las piedras de la playa con un blando golpeteo de rodamiento, con un roce viscoso, el múltiple cabeceo se debilitaba, la tenacidad desplegada cedía, las figuras vivas eran ganadas por una melancolía irreversible antes de morir, antes de sumergirse y volver a emerger y reintegrarse a los demás, a la miríada de prójimos, al tapiz de pieles, a la saturación animal de pellejos biliosos e hinchados, para no turbar un proceso que parecía incubarse a sí mismo sin descanso. Tardé en aceptar la evidencia de un pensamiento tan elemental: no se trataba de cadáveres desnudos flotando arracimados en el agua; esos cuerpos innumerables eran el agua, eran el mar mismo, eran sus corrientes, constituían cada una de sus moléculas, desde la superficie hasta los confines de las profundidades abisales, eran el turbión alimentado con el acúmulo de cien generaciones, el rompiente donde se engolfan todos nuestros antepasados. Comprendí también por qué razón las gaviotas sobrevolaban, sin precipitarse nunca, aquel mar incierto y pútrido. A fin de cuentas, en la distancia, en las alturas, la suplantada extensión acuática quizá se percibiera como la mole escamosa de un armadillo inabarcable, meciéndose morosamente, con su opacidad color badana, frente al litoral. De hecho, hasta donde alcanzaba la vista, no se distinguía ninguna embarcación, y el perfume del aire no traía el menor indicio de sal o de yodo. Mientras tanto, el sol hacía vano alarde de fuerza. Nada podía su luz velada contra el mórbido resplandor que despedía la palidez amarillenta de los cuerpos, de ese piélago silencioso y cárnico, frío y mortecino, de espeso reflujo, donde sin cesar, como obedeciendo a una llamada, nacían nuevas olas formadas por concentraciones de criaturas de fugacísima existencia, a las que pronto se les retiraría la exigua gracia concedida, ajenas por completo a la playa final, a su agónico desencuentro con la tierra, a la extinción de su breve reinado, a su veloz regreso, resignado y definitivo, al vasto mar de los muertos. 


sábado, 12 de mayo de 2018

Astrolabio ilustrado (8)

Este poético texto* de Astrolabio demuestra que a los relatos de Ángel se les podría aplicar la definición que Hermann Hesse dio de los cuentos de Kafka, etéreos como un sueño y exactos como un logaritmo.
Con Las nubes Ángel nos acerca a la verdadera vida de los elementos, en apariencia silenciosos, de la naturaleza; se recrea con su forma, con lo que sugieren y, en un ensueño plástico y colorido, nos hace reparar en las bondades gratuitas y al alcance de todos que nos ofrece el mundo cada día. Con esta ilustración he querido sugerir que las nubes y el paisaje son alimento, y aguardan que la mano de un lector atento levante el cristal de la quesera y se sirva un buen trozo de cielo. Esperamos que disfruten. ¡Buen provecho!
Completamos la entrada con el audio del relato, gentileza de Roberto Martínez Mancebo.




LAS NUBES 


Sólo tendiéndote al raso sobre la hierba, desocupado, con la cabeza vacía y la mirada limpia, podrás asistir a la verdadera vida de las nubes, descifrar su lenguaje, sus inadvertidas costumbres, sus viajes, sus calmos paseos y sus pletóricas derivas, la vertiginosa serenidad de las persecuciones en defensa de sus territorios sin linde, gobernadas como nosotros por fuerzas elementales, desterradas por el vendaval, zarpando puntualmente con la estiba siempre llena de algodón hidrófilo, sus aletargamientos y sus desplantes, sus amores, la inmovilidad de sus metamorfosis, sus caricias de aguanieve, ese juego silencioso de abrazarse y fundirse a sobreviento, en almiares aéreos, ese juego de ser otro, un híbrido de musarañas que se forma y deforma, se estira y se agiganta en la luz pasajera, sus cónclaves familiares, los torbellinos de sus rencores, sus tragedias, sus terribles batallas ingrávidas, el colérico retumbo de sus luchas, sus traiciones en llama viva, sus lágrimas después de la rendición de las tropas, sus orfandades, su camaleónico vestuario sobre los buches sin peso, sus mantos con un viso del oro tostado al gris lava, sus vellones, sus lentejuelas de vencejos y cometas, su rubor hiperbóreo, sus digestiones al sol, sus cuenta cuentos junto a las hogueras de las estrellas, sus premiosas despedidas, sus estertores, lastimadas por el azufre que remonta, acribilladas por avionetas y reactores, cañoneadas sin piedad con cristales de yoduro de plata, titanes de humo deshaciéndose sigilosamente bajo cielos sombríos, disipándose en perezosos despojos de muselina, olvidadas, mortales como nosotros. 

*La mítica revista Litoral lo publicó en su número monográfico sobre el agua (nº 259, Agua. Arte y literatura).

domingo, 6 de mayo de 2018

El Club de Lectura de La Zubia y Los demonios del lugar

A propuesta de María José Pineda, el activo Club de Lectura de La Zubia tuvo a bien escoger  Los demonios del lugar entre las lecturas ofertadas por el Centro Andaluz de las Letras. El encuentro para comentar el libro estuvo moderado por Carlos de la Fé, escritor y buen amigo, y se realizó el miércoles 2 de mayo en la Biblioteca Miguel Hernández de La Zubia. Además de leer la obra, el Club invitó a su autor para exponer ante él sus impresiones de la misma. La tarde se desarrolló en un ambiente acogedor donde todos los miembros expresaron sus opiniones con absoluta sinceridad y confianza, y abordaron a Ángel con numerosas preguntas, curiosidad y entusiasmo en torno a un libro hermoso, versátil, sombrío y arriesgado en su temática, quizá de no fácil lectura pero lleno de emociones verdaderas, de coherencia y de un lenguaje deslumbrante, un libro que supera el tiempo y las modas.

Completamos la entrada con algunas fotografías del encuentro y con una reseña de Los demonios del lugar aparecida en el imprescindible blog Libros de Cíbola, que curiosamente recoge con exactitud, casi punto por punto, muchos de los comentarios de aquella tarde inolvidable en la Biblioteca de La Zubia. La reseña contiene también dos impactantes relatos breves de dicho libro.


ÁNGEL OLGOSO: 
LOS DEMONIOS DEL LUGAR 


Los demonios del lugar es uno de los volúmenes de cuentos más redondos y perfectos de Ángel Olgoso, lo cual es decir de antemano que nos encontramos con uno de los mejores libros de cuentos (de cualquier género) de los últimos años. Se trata de una colección de 49 relatos de variada extensión, que en general presentan una situación dominada por el horror o el misterio, o por el desarrollo de un hecho fantástico o extraño. Olgoso se mueve como pez en el agua dentro de la tradición del “romanticismo negro”, el que con su lirismo visionario refuerza las sensaciones más intensas. Un semillero de delirios y visiones alucinadas, piezas todas surgidas de las sombras de la imaginación, historias insólitas e inquietantes, misteriosas y extravagantes, lúgubres y crueles, pero también irónicas y grotescas, con finales siempre sorprendentes e inesperados, y con una prodigiosa versatilidad capaz de transportar al lector a distintos escenarios geográficos y temporales. La presencia de grandes maestros como Borges, Kafka, Schwob, Buzzati o Cortázar es manifiesta en los ambientes y en su estilo exacto y pulido.


“De él [Los demonios del lugar] se puede decir eso de que me volqué en cuerpo y alma y que puse toda la carne en el asador. No ha sido en absoluto un libro gratuito, ni escrito por capricho, sino la respuesta a una serie de experiencias vitales negativas. Más aún, ha constituido un auténtico descenso a los abismos, a una especie de infierno concéntrico. Y es que quizá más que relatos, sean visiones, y más que historias extrañas y sorprendentes, revelaciones que lleven al lector a cuestionarse las bases de la realidad o de su propia conciencia.” Ángel Olgoso


Como en todos los libros de Olgoso, la variedad de registros es asombrosa: microrrelatos que nos introducen el horror como un fogonazo, la leyenda tradicional (Arponeando sueños), el cuento de influencia kafkiana (La velada, La primera muerte de Kafka), el relato japonés (Las manos de Akiburo), leyenda indostaní (Vínculos)… Muchos de los relatos, de estructura más clásica, no dudo en calificarlos de cuentos fantástico perfectos (Las manos de Akiburo, Los palafitos, Naglfar, Gabinete de maravillas, Lucernario). La recopilación presenta, según es norma en el autor, una coherencia absoluta debido a la materia común de todos ellos, como es la presencia de la muerte, lo monstruoso, el paso del tiempo, lo onírico y lo ominoso; y todo ello empleando un estilo literario barroco y una exuberancia y riqueza verbal inimitable, difícil de encontrar en otros autores contemporáneos.


En definitiva, Los demonios del lugar es un título capital para los seguidores de Olgoso y para los amantes del cuento fantástico y de horror. Un libro de cuentos inolvidable, que volveré a leer muchas veces. TOTALMENTE RECOMENDABLE. 

Puntuación: 5 (de 5)



VIAJE (Página 9) 

Llego a la estación. No hay nadie. Voy a emprender, pese a mis pocos años, un viaje largo y colmado de expectativas. Espero de pie en el andén con la impaciencia propia de alguien joven y enérgico. El tren, que ha aparecido de pronto a toda velocidad, sin trepidación de rieles ni chirrido de ruedas, se detiene por completo a mi lado, disimulando su prisa a la perfección. Cuando intento levantar la maleta, esta se ha vuelto pesada en extremo. Noto con estupor que no me acompañan las fuerzas, que mi ímpetu decrece. Comienza a llover. Hace frío. Me dirijo hacia los peldaños de metal dificultosamente y, sobre todo, con una inconsolable sensación de haber olvidado algo o de haber dejado atrás a alguien que no recuerdo. Mis manos ateridas logran empujar la maleta hasta el piso del coche cama. Encorvado, la arrastro luego por el pasillo mientras jadeo y oigo crujir los huesos. Una lucecita borrosa, al fondo, me permite tener un atisbo del estrecho y oscuro compartimento, el que suele asignarse a los pasajeros más viejos. A duras penas abro la puerta corredera y abandono mi maleta, como una carga inútil, al pie del portaequipajes. Me tiendo por fin en la litera, extenuado, vencido, buscando ese aire que reclaman con la boca abierta los moribundos. El tren parte en la noche y me lleva consigo.


EL ESPANTO (Página 65) 


Acodado en una mesita exterior del café Madagascar, sorbo el contenido de mi taza y contemplo a los transeúntes, estudiándolos como quien pesca con chispa y mosca ahogada. El aire remolca muy despacio las nubes. Me fijo en un hombre agradable con sombrero y maletín que lleva de la mano a una niña de no más de seis años, tironeando un poco de su bracito, lo suficiente como para impedir que avance con naturalidad. Parece asustada. El contacto de aquellas dos manos desparejas no es el idóneo, ni responde a la bendición del amor, remite por el contrario a la vorágine de peligros que se extiende más allá de uno mismo. Esos detalles triviales me sobrecogen. Y su efecto hace que, de pronto, tenga del hombre la percepción —repugnante en el más genuino sentido de la palabra— de algo como una langosta, una más entre las langostas de una plaga que bulle sobre un mar de sangre negra. Los observo mientras se alejan: la niña con pasitos descompasados y él emitiendo sonidos de masticación. Finalmente, ambos se pierden entre los huevos de oscuridad que están siendo incubados bajo los farallones de nuestros edificios. 


domingo, 29 de abril de 2018

Breviario negro en Córdoba

Hoy traemos el texto de la presentación cordobesa de Breviario negro que realizó el poeta y narrador Antonio Luis Ginés. En la librería Luque, rodeado de buenos amigos como los escritores de la Asociación Cultural Mucho Cuento, Antonio Luis expuso una eficaz aproximación al universo narrativo de Ángel, centrándose en consideraciones sobre la imaginación, el lenguaje o la extrañeza. Aprovechamos para agradecer la cálida acogida que siempre ha brindado Córdoba a este autor y a sus textos. 



PRESENTACIÓN SOBRE BREVIARIO NEGRO 

Antonio Luis Ginés


Buenas tardes. Gracias por vuestra presencia. Gracias a la Librería Luque por acoger esta presentación dentro de Escaparate Andaluz, del Centro Andaluz de las Letras, y a la Asociación Cultural Mucho Cuento, de la que también formo parte, por colaborar para que hoy estuviera con nosotros Ángel Olgoso. 

Los relatos de este libro, además de ensoñaciones que entremezclan a dosis equilibradas lo lírico con lo terrorífico, también nos revelan una claridad misteriosa al fondo, puede que evocadora de cierto romanticismo, de esa suma de extrañeza y belleza que nos plantea. La creación nos muestra, en este caso, un modo de ver el mundo, buscando dar luz de lo que no sabemos o desconocemos en los rincones que quedan en sombra.

Antonio Luis Ginés


Ante todas las consideraciones que voy a comentar sobre este libro, quiero que no pierdan de vista que surge como respuesta desde la imaginación a alguna circunstancia de la realidad, a un desapego a esta última, un punto de rebeldía si se quiere pero siempre desde la creatividad, con la clarividencia de remover lo confuso para discernir lo oscuro de lo diáfano. Por ello se aprecia ese interés por el extrañamiento, el lado nocturno de la condición humana, esos territorios desconocidos en los que ahonda este autor a través de cada situación y cada personaje. 

La importancia del lenguaje en los textos de Ángel es bastante relevante. Si en otros autores representa un instrumento, un medio, quizás en su escritura alcanza otras cotas como para llegar en no pocas ocasiones a constituirse casi como un fin en si mismo. La adjetivación no es lastrante, no se concibe como un peso, una sobrecarga, sino que dota de un vigor especial a esta sintaxis, y va armando esa atmósfera de significado, de peso la escena, articulando un paisaje que va a determinar el desarrollo de la acción. Lo que quizás en otros puede resultar un lastre por no saberse manejar adecuadamente, en el este caso que nos ocupa es bien distinto, pero para ello hay que saber tensar la cuerda en el momento justo, antes que la intensidad pueda decaer y arrastrar el cuento hacia una profundidad tenebrosa que luego no permita rescatarlo de nuevo.

Con Antonio Luis Ginés y Alfonso Cost

Sin embargo dicho lenguaje está al servicio de un fin, el de contar, y hacerlo de una manera singular -preciosista, pulcra- tratando de atrapar siempre lo inaudito, lo que puede asombrarnos, aquello que nos inquieta, sobrepasando la realidad sobre todo en sus aspectos más burdos y superficiales, para prolongarla o deformarla, poniendo un poco a prueba nuestra capacidad de seguir a la voz hacia esas nuevas propuestas que se plantean. Así surge una reinterpretación continua de cada situación, y la expresividad, siempre dotada de una riqueza léxica y un buen flujo verbal. 

Pero la extrañeza, ¿cómo provocación o como reactivadora de otro proceso nuevo? La vida está repleta, a diario, de hechos que nos devuelven esa sensación, y el autor trata de que ese impacto sea aprovechado en pos de construir estas piezas desde la síntesis y la condensación, poniendo el foco también en los detalles. Con poco sugerir mucho. Y no renunciar nunca a esa aproximación hacia lo exacto, en busca de la belleza. Pero ojo, el autor aporta y mucho en este proceso. Desde la originalidad y variedad de temas y planteamientos, hasta la amplia gama de tramas que nos presenta, según la pieza. Todo eso hay que encajarlo, hay que saber encajarlo dentro de un mecanismo que ha de funcionar. 

Hay una conexión entre la acción y el papel del escenario en el que se produce ésta. También las descripciones nos presentan las imágenes sucediéndose como si una cámara disparase el flash una y otra vez, de forma continuada pero sin interferirse. Esa especie de sucesión se convierte en uno de los recursos preferidos de Ángel en este libro.

Entre el público, Francisco Javier Guerrero, Mª Teresa Morales Rodríguez, Ricardo Reques, etc.


La imaginación representa aquí todo un universo que el autor tiene más que estudiado. Un terreno en el que Olgoso se maneja no solo con soltura, sino también con destreza en esa prolongación hacia lo fantástico, a veces como proyección deformada de la realidad o como contraposición a la misma. Siempre tendiendo hacia lo misterioso, lo oscuro, hacia los demonios o seres de parecido calado (cuya presencia es vital en muchas de estas piezas) como si fuera un continuo invocador de esas sombras que acaban por poblar muchas de estas historias. Y ese lado oscuro es el que más juego da a Olgoso para lo que quiere contar, y como lo quiere contar. Ese camino hacia una atmósfera detallista, sobre la que se va tensando la acción –el nudo- y que suele ponernos sobre aviso de la inminencia de que algo va a pasar. 
También el humor –quizás en forma de ironía afilada- hace su aparición en algunas de estas piezas. Tal vez la llamativa sea ese cuento titulado El encuentro en el que amor no tiene límites, mucho menos en una imaginación tan densa y ocurrente como la de Ángel. 
Cuando José Mª Merino habla de dos tipos de cuentos en este libro, acierta de pleno en esa perspectiva de hacer dos grandes grupos: uno los cuentos propiamente dichos, y otro sin abandonar esta premisa, que se adentra en ese terreno de lo mítico pero que abogan por otro punto, digamos con un cierto aire poético. Ya en el anterior libro de Olgoso creo recordar que había piezas que se decantaban hacia ese tono ¿poético-nostálgico?, pero en este nuevo trabajo la apuesta es más contundente. Tengo cierta predilección por este tipo de cuentos en los que parece no pasar nada, aunque solo es una sensación que se instala en nosotros desde el principio, ojo, pasa pero a otra velocidad, con otra forma de recrearse, sin perder tensión la línea narrativa y eso puede apreciarse desde el primer cuento Cartografía, sigue con Nebulosa Rho Oph, El palacio de las imaginaciones, Las lluvias, etc, etc.


Antonio Luis y Ángel

No nos olvidemos que el eje de todas estas historias, pese a todo lo referido, es el género humano. Y este libro puede es distinto de los anteriores, un paso hacia adelante en el que se percibe que estos relatos exploran los límites del género y se mueven entre lo narrativo, lo poemático y lo filosófico; así el origen de esta escritura puede provenir de un aterrador presente; y, la fórmula podría resumirse en mostrar más lo que no se ve que lo que se ve (teoría del iceberg), lo intuitivo cobrando cuerpo, dotar a los textos de un fuerte contenido simbólico, potenciar la imaginación, en definitiva. 
Un libro no solo para pasarlo bien con esta prosa, para disfrutar, sino también para sentir el estímulo hacia lo creativo desde el ámbito global de cada una de estas historias, en las que la inquietud se nos va inoculando en vena, como un veneno que una vez probado, no podemos dejar de seguir tomando.



Con Rafael Mir Jordano

sábado, 21 de abril de 2018

Las mil caras del monstruo

Una vez desaparecida la editorial Bracket Cultura, que en 2012 publicó digitalmente la antología Las mil caras del monstruo, la editorial leonesa EOLAS y el GEIG (Grupo de Estudios de lo Insólito y perspectivas de Género) la vuelve a publicar, ahora en papel, corregida y aumentada, y de nuevo a cargo de los especialistas Ana Casas y David Roas. A los doce autores de la primera edición (Fernando Iwasaki, Santiago Eximeno, Manuel Moyano, Patricia Esteban Erlés, Ángel Olgoso, David Roas, Pablo Martín Sánchez, Raúl del Valle, Andrés Neuman, Ismael Martínez Biurrun, Félix J. Palma y Juan Jacinto Muñoz Rengel) se unen ahora cuatro autoras, Care Santos, Aixa de la Cruz, Marian Womack y María Zaragoza.

Os dejo con el inquietante pero sensual relato de Ángel, Flores atroces, procedente de su libro Los demonios del lugar.





FLORES ATROCES 


Mi hermano había regresado de Myanmar para una estancia de dos semanas con intención de presentarme -soy el único familiar vivo- a su esposa birmana, Ngapali. Después de cuatro años de separación íbamos a celebrar el reencuentro en un hotel cercano al aeropuerto, donde se hospedaban por unas horas debido a mi imposibilidad de recogerlos en el momento de la llegada. Mientras atravesaba el vestíbulo y subía las escaleras sentía ya ese efecto expansionador que suele manifestarse cuando alguien nuevo entra en la vida de uno y preveía, además, las reacciones que su aparición podría suscitar en mi carácter incisivo y algo fantasioso. 

Una vez en aquella estancia de aspecto acogedor, sorteé los bultos del equipaje y corrí a abrazar a mi hermano, el habitador de islas, el cruzador de mares, el ser exultante que tenía siempre, sin embargo, los cinco sentidos puestos en su negocio. Mi cuñada nativa, sonriendo con una salvaje e ilícita ternura, permaneció inmóvil, de pie, los brazos a la espalda, no muy lejos de la mesa preparada con tetera y tazas colmadas. Me acerqué y la besé en ambas mejillas, armado con una falsa seguridad. Aún iba envuelto en su perfume narcótico cuando me senté junto a mi hermano en el sofá de dos plazas. Desde mi posición podía fijar la vista indistintamente en cualquiera de los dos. De tal modo que mientras mi hermano se entregaba a un monólogo pletórico, casi colonial, acerca de las hechizadoras joyas naturales de su país de adopción, pude demorarme en el atento pero discreto estudio de Ngapali. Calzaba sandalias doradas, vestía una especie de sedosa falda entubada donde los colores se arracimaban en cada pliegue y rielaban con cada movimiento, y se cubría sin embutir los brazos con una amplia chaqueta occidental, azul oscuro, que le abultaba de forma un poco desproporcionada en la espalda. Más que sus ojos grandes y decididos, eran esos destellos que las porciones descubiertas de su piel lanzaban a lo largo y ancho de la habitación los que me miraban fijamente, esos destellos de sus labios prominentes, de su cabello oscuro y limpio, de su frente y pómulos amplios, facciones cobrizas que resplandecían como si estuvieran barnizadas por una capa de ríos caudalosos corriendo de noche hacia el mar, de deltas turbios, de luciérnagas, de frondas de palmeras, de campanillas y velas encendidas en miles de hornacinas. 


En algún momento, Ngapali se había sentado tras la mesa sin despojarse de la prenda que llevaba echada sobre los hombros. Parecía un hermosísimo mascarón de proa, pero no de una belleza inerte, sino vívida y palpitante, un mascarón de proa acostumbrado a que el mundo lo rodeara asintiendo ante su iridiscencia, a que los hombres se odiaran a sí mismos por no poseerlo. Su sonrisa contenía una genuina calidad natural, y llegué a creer que bastaban los arrobadores arqueos de sus cejas para comunicarme que se dolía de mi vida anodina. Por todo ello no tuve el menor reparo en dejar de lado una nimia cuestión subjetiva, la idoneidad de su unión sentimental con mi hermano. El, entretanto, hablaba atropelladamente, intentando despertar en mí la banal nostalgia de lo desconocido, hablaba de los ocho cabellos de Buda en la pagoda Shwedagon, de las bocas enrojecidas por el betel, de las telas de Mandalay, lacas de Bagan y otros artículos con los que comerciaba, del neblinoso reino “rakhaing”, dominador en su época de la bahía de Bengala, de los portugueses y samuráis cristianos que se contaban entre los mercenarios de su corte. 

Súbitamente, un esbozo de inquietud asomó como una exhalación a mi conciencia. No había reparado de inmediato en ese detalle insignificante. Algo me inducía a creer que la actividad de los brazos de Ngapali estaba cargada de un sentido oculto, de una inasible rarefacción: creo poder afirmar que nunca vi sus dos brazos al mismo tiempo. Si removió antes la cucharilla en la taza con la mano izquierda, extendió más tarde el brazo derecho para servirse otro té, manteniendo mientras tanto su contrario detrás del respaldo de la silla. La nimia circunstancia de que aquella mujer adorable como una abubilla de exótico plumaje moviera o hiciera oscilar sus brazos alternadamente, uno y después otro, al tiempo que ocultaba su pareja, comenzó a mortificarme. Sentía que debía acechar con cautela cada remota insinuación, cada órbita incierta que describieran sus extremidades. 



Ngapali, con el codo izquierdo sobre la mesa, había hecho reposar ahora en la mano su perfil, dibujado contra la luz que penetraba por el ventanal. Su cuello delgado se perdía bajo la chaqueta –que mantuvo puesta en todo momento pese a la eficacia de la calefacción- y convergía en una serie de protuberancias debidas, en rigor, a las hombreras, pero esos abullonamientos se mostraban evidentemente descolocados e incluso, quizá por la intervención de un temor condensado o de una ilusión óptica, parecían realinearse con cada nueva mirada. Al notar que demoraba sobre ella mi estado de extrañeza, que insistía en mi absurda vigilancia, tuve la sensación, subrepticia, dolorosa, de que Ngapali se volvía repentinamente vulnerable, de que su temperamento alegre y calmo se revertía en una cualidad poco propicia, casi hostil, y lo daba a entender a través de un estilizado pestañeo que llegaba desde muy atrás y desde muy lejos, al otro lado del ecuador. 

Mi hermano continuaba su monólogo deshilvanado donde cabían las aguas azul cobalto de Marauk-U y el curandero que ofrecía ungüentos y cráneos de mono, la vegetación paradisíaca de la Isla de las Perlas y los graznidos de los cuervos al atardecer en Yangon. Ensimismado, apenas lo escuchaba y, sin pensar, intercalaba a veces vagos comentarios. No podía evitar mirarla. Como insistía en conocer las verdaderas proporciones de las ideas y sentimientos, plenamente turbadores, que acometían mi cerebro, observaba unos instantes a Ngapali -regresando por así decirlo al lugar de un increíble y peligroso descubrimiento- pero a continuación mi mirada, incómoda, corría una y otra vez a perderse en la alfombra, en las molduras de las patas de la mesa, o acababa en el cenicero vacío. Cuando la insistencia se ha llevado al extremo, nuestra imaginación a menudo colorea de oscuros miasmas los pensamientos y es imposible enfrentarlos con serenidad de juicio. Llegué a alimentar el deseo de arrancarle la chaqueta azul, de obligarla a disipar cualquier indicio de tan siniestra sugestión. Mi corazón latía desacompasado bajo el saliente de aquella prenda, pugnaba por cobijarse en las sombras de aquel reverso, sentía el impulso de desaparecer allí y reaparecer con el secreto desnudo entre mis dedos, con la certeza llameante que restaurara o volatilizara definitivamente la fascinadora impresión que me produjo, quince minutos atrás, el asalto de lo diferente.



Apoyando la mano derecha en el borde de la mesa, Ngapali hacía girar con indolencia un platillo del servicio de té. Accesoriamente, la mirada de sus ojos color musgo caía en ángulo recto sobre el sofá tapizado con tela de crin y la figura sentada de mi hermano, el habitador de islas, el cruzador de mares, el ser exultante, elocuente, veleidoso, poco suspicaz, la clamorosa víctima, emparejado en un país extraño con una extraña desconocida, emparejado desatinadamente, por el envés. Pensé que si no cortaba de raíz esta aprensión, estas recelosas y alarmantes conjeturas, pronto sus brotes devorarían la debilitada planta de la verdad. Y era más que probable que con ello el equívoco comportamiento de las extremidades de Ngapali y el sinuoso espacio bajo su chaqueta tallarían, multiplicándolas de modo completamente demencial, las facetas de mi angustia, en cuyo prisma emponzoñado quizá los cristales revelasen una forma marchita o mutilada, una forma de medidas imprecisas pendiendo inacabada o fosilizada, con los contornos de un cardo largo y poblado de espinas, un atrofiado miembro rebullidor e insidioso que había que inmovilizar con ayuda de al menos otro brazo, un extremo palmípedo, desarticulado, unos grávidos racimos axilares, un enorme tallo podado, una aleación de cicatrices y vellosidades, un intrincado tocón de ligamentos, un muñón semejante a una lamprea cartilaginosa y baboseadora. 

Mi hermano, absorto en sus explicaciones, indiferente a la agitación de mi inmóvil y enrarecida búsqueda en este hemisferio, tildaba de prodigio la llanura de Bagán con sus dos mil templos y de impostura la creencia de que el elefante blanco traerá riqueza y prosperidad a Myanmar. De tiempo en tiempo, acompañaba sus comentarios con miradas aprobatorias que enviaba a su esposa, instintivamente confiado, como quien sabe que ésta nunca le hará daño, que nunca se abandonará por inadvertencia al poder embriagador de las panteras agazapadas y al ciego propósito de las plantas carnívoras. Y aunque ella, sentada al otro lado de la mesa, se limitaba a hacer repiquetear inocentemente las media lunas de cinco de sus uñas sobre el mantel vainilla, yo no conseguía desterrar de mi mente la sospecha -plausible, desbocada, espantosa- de que Ngapali pudiera tener más de dos brazos.


domingo, 15 de abril de 2018

Prólogo de Marjales de interior


El pasado 9 de abril, en la sala Val del Omar de la Biblioteca de Andalucía, se presentó mi poemario Marjales de interior. Me acompañaron: Ángel Olgoso, con la lectura de su maravilloso prólogo; el poeta Pedro Enríquez, con su sugestivo diálogo; el músico mexicano Miguel Ángel Alegre, con las deliciosas notas de su guitarra; Gloria Tapia (Image Ailin), con sus espléndidas fotografías de la Vega de Fuente Vaqueros; y varias amigas escritoras, Carmina Moreno, Josefina Martos Peregrín, Alicia Ruiz, Elvira Cámara, Mª Ángeles Barrionuevo e Isabel Martos, con el emotivo recitado de algunos de los poemas del libro. Fue una velada inolvidable, y aprovecho esta entrada para agradecerle de corazón su presencia y su interés a todos los amigos asistentes y para compartir el texto de Ángel.


PRÓLOGO 

A veces, no muy a menudo, una voz venida de América sacude los cansados huesos de nuestras letras, vivificándolos. Marina Tapia es una de ellas: una creadora genuina, uno de esos inspirados autores que nos dan viejas palabras en permutaciones nuevas, que saben captar la multiplicidad de un instante, que nos acercan al misterio de existir, que vivifican nuestros sentidos y convierten el barro del momento en el oro del lenguaje. Paso a paso, cincelando con elegancia un estilo distintivo, acercándose a la esencialidad, nuestra poeta chilena, nuestra poeta granadina, ya ha llegado a su territorio, ya ha encontrado su lugar, y ahora está fundando su propia y bondadosa mitología, levantando los hitos, los edificios, los puentes, los parques que son expresión única de su espíritu, que la identifican y por los que se la recordará. Sus versos contienen esquirlas de belleza y profundidad, de temblor e intuición, de tranquilo genio. Su lectura produce una impresión palpitante y a la vez sedante. Marina Tapia busca que el vértigo y la complejidad no residan sólo en la forma; intenta, con pocas pinceladas, ir un poco más allá y hacerlo sin estridencias. La poeta se va definiendo a partir del espacio que ocupa en cada momento, del espacio que recuerda, añora o desea. Todo ello cosido con la hebra del tiempo. Más que una fusión con la naturaleza, su obra parece un ritual de purificación que a veces se vale de la sencillez y a veces de la experiencia abisal. Más que con coordenadas geográficas, su poesía tiene que ver con las huellas, la mente, los sonidos, los olores, la piel, las sensaciones. Y el resultado la va acercando a la dulzura, a la densa levedad, a la sabiduría de los clásicos. 

Intervención de Ángel

Sus otros tres libros -fruto lógico del fermento vital, del destilado de intereses- tienen terminales, ramificaciones que, detalle a detalle, matiz a matiz, mediante una sabia dosificación de imágenes, intentan componer la verdad orgánica de Marina Tapia con absoluta delicadeza. Tres libros que nacen de la sedimentación de hallazgos y revelaciones, de recuerdos que vibran y sentimientos que nacen o cambian, de efímeros momentos de claridad e intensos momentos de desesperación, de plenitud y levedad. Tres libros descendientes directos de su capacidad de observación y de su velocísima imaginación. Tres libros aislados de ese soplo chejoviano del curso incesante y abrumador de las cosas intrascendentes, pues persiguen un nuevo sentido, se centran en una perspectiva concreta, tienen distintos epicentros: el puzle femenino, el grito social y plástico de 50 mujeres desnudas; la hoguera íntima de El relámpago en la habitación, donde alcanzó el más difícil todavía -una obra a la vez sólidamente literaria y hondamente erótica-, donde abrió una ruta lúbrica para navegar y descubrir hermosos e íntimos paisajes y palacios de gozo sin par, donde cedió a la embriaguez de los cuerpos, a esa exaltación presente en el Cantar de los Cantares, donde tomó el control esa pequeña bestia dulce y amarga, como definió Safo a Eros; la lupa caleidoscópica y mágica sobre la flora del mundo de Jardín imposible, una botánica fantástica, un libro matérico con aire de fábula que da cuenta sensual del esplendor de las figuraciones vegetales, de las metamorfosis entre especies, de los híbridos fabulosos de la imaginación. 

Intervención de Pedro


Ahora, con este Marjales de interior, ha compuesto una oración a la totalidad, escrita como quien oye un pájaro. Este poemario melancólico, en el que prima la sobriedad sentimental y el sosiego virgiliano, en el que la poesía es una poesía de ojos abiertos, de amor profundo por la modesta hermosura de la tierra, recordará al lector que el paisaje, el exterior, no es más que un medio para retratar el interior, el espíritu. Su mezcla de inocencia y de refinamiento produce una sensación de delicia, trae por momentos a la mente la estilizada atmósfera y la lírica volandera del haiku, comunica un límpido efecto, nos evoca el concepto chino Mei, que habla de todo lo que siendo seductor e incitante posee al mismo tiempo la belleza de la suavidad y la añoranza. 

Intervención de Miguel Ángel

Marina Tapia demuestra conocer a fondo los predios y el alma de Granada (quizá porque lo escribió durante su año de estancia en Fuente Vaqueros, propiciando una especie de regreso a su infancia en Valparaíso) y así el libro deviene en un acercamiento a las cuatro estaciones desde el punto de vista emocional: la primavera es una mirada hacia el amor, hacia el florecer; el verano, hacia lo expansivo, los viajes a diferentes parajes; el otoño, una celebración del mundo de los sentidos y los colores; el invierno, recogimiento, dolor, soledad. 

Carmina

Esa apuesta por la esencia de las palabras, ese encaminarse hacia la depuración extrema, nos deja en este volumen estampas sobre el misterio de la existencia, sobre el tiempo, que cuajan en pensamientos a los que la poeta enmarca y da profundidad para después convertirse en alguien transparente, hasta formar una unidad con sus versos. Quiebros sintácticos, el ritmo luminoso de una letanía, la imagen poderosa y casi táctil, una mirada de algún modo más elemental, como si se posara sobre universos minúsculos y al mismo tiempo inmensos, como si transformara el paisaje en destino: Marina Tapia es capaz de devolverle a la escritura la turbación y la gracia, de detectar en las palabras el delicado hechizo del cosmos y la fragancia de las sensaciones. 

Josefina

Sus estampas de paisaje apuntan en voz baja a una trascendencia, a una penetración espiritual de lo sencillo (como fray Luis de Granada) y de los goces humildes (como Neruda en sus Odas elementales). Hay en general en todos los poemas de su nuevo libro algo de los trascendentalistas americanos (del Emerson del Ensayo sobre la naturaleza y del Thoreau de Walden), en la sensibilidad romántica con que se acerca al campo, vinculada a los ritmos de las estaciones, a las cosechas, a las migraciones de las aves. 

Alicia

Si la creatividad es un intento alquímico de transmutar la vida, con sus placeres y sus sufrimientos, en belleza, Marina Tapia, atenta a la percepción del presente sin dejar de acentuar las resonancias del pasado, consigue que los asombros líricos parezcan sencillos, próximos, accesibles. Con economía de lenguaje y tonos contemplativos, va labrando el marjal pacientemente y llenándolo de sutilezas y gráciles engastes; lleva los versos hasta su punto de luz, ya no late el deseo de forma borboteadora como en El relámpago en la habitación, ahora las visiones hablan del sereno gozo que procura la comunión con la naturaleza. Pero también, a la iluminación del mundo sensible la acompañan en ocasiones los anhelos y pesares del alma, la compasión y la redención, y entonces (según la época del año que dibuja) su poesía se tizna tenuemente de alegría o del intangible cosquilleo de la luz, se tiñe con la herrumbre de la tristeza, se nimba con un ascético, con un fúnebre y gélido encanto. Este libro, como los buenos libros, contiene todo el rango de emociones: servido inmejorablemente por la oportuna división en cuatro grupos, se abre a un abanico de sensaciones sobre un fondo melancólico. Absolutamente prodigioso, por ejemplo, el poema Carmen de los Mártires, lleno de esencias exquisitas, de imágenes luminosas y apasionadas, casi místicas, una obra de arte desgarradora sobre la impermanencia de las cosas, la refinada descripción de una lucha en pos de recobrar el instante perdido. 

 Elvira

Parece como si nuestra poeta, al ir haciendo más depurada e incorpórea la expresión, fuera no sólo a la conquista de la pureza sino del mismo aire, de la consistencia del aire, del espacio tal y como lo atrapó maravillosamente Velázquez en sus cuadros. 

 Mª Ángeles

Tengo fe en que el formidable talento de Marina Tapia, en que el prodigio de su querencia poética, en que la fina pero poderosa argamasa de sus versos fraguará entre las almas sensibles de hoy y del porvenir. 

Isabel




domingo, 8 de abril de 2018

Los microrrelatos de Ángel Olgoso, por Roxana Herrera

Roxana Guadalupe Herrera Álvarez, profesora de Literatura hispanoamericana, Narrativa y Teoría de la literatura en la Universidad de São José do Rio Preto (São Paulo), es especialista en literatura fantástica, cuento y minicuento. 
En su trabajo de 2014 Um estudo do fantástico contemporâneo espanhol: contos e minicontos de Cristina Fernández Cubas, José María Merino y Ángel Olgoso, espiga algunos aspectos de la literatura brevísima de Ángel. Completamos la entrada con los dos textos en los que se centra, Samsara y El demonio de Bengala, más los audios de los mismos por Roberto Martínez Mancebo.
Próximamente compartiremos otro trabajo de Roxana aún mucho más exhaustivo sobre el mismo tema: El proceso de monstruificación en microrrelatos de Ángel Olgoso.

Roxana y Ángel
Foto: Laura Cabrera Fernández

LOS MICRORRELATOS 
DE ÁNGEL OLGOSO 

Roxana Guadalupe Herrera Álvarez 


En los microrrelatos de Angel Olgoso tenemos una caracterización de lo fantástico que se apoya en el rechazo a los sucesos cotidianos. Olgoso tiene como objetivo abolir las nociones de tiempo y de espacio conocidas, jugar con los límites de lo posible, reinterpretar la realidad, con lo cual se le permite al lector comprender que hay fenómenos que escapan a la comprensión racional y que por eso es necesario ceder ante la posibilidad de que las cosas no se encuadren dentro de la normalidad. La idea de fantástico de Olgoso se origina en su modo de ver el mundo, en su percepción de la realidad, en su deseo de crear mundos ficcionales alternativos en los que lo excepcional, lo inesperado, lo inquietante se impongan y suplanten las ideas convencionales acerca de la realidad. En sus microrrelatos propone desarticular las creencias basadas en la razón y en las leyes de la causalidad. El desafío a las nociones convencionales de lo real conduce al lector a enfrentarse a personajes y situaciones para las cuales no hay cabida en su mundo cotidiano despertando fascinación o malestar. 

Para Olgoso el microrrelato es una composición centrada en la noción de que la brevedad es la expresión de la esencia de lo que desea decir, pues el trabajo artesanal con la miniatura produce textos en los que no sobra ni falta nada. También comprende un proceso de estilización como forma consciente de despojar a sus narraciones de todo elemento que pueda considerarse accesorio y se limita, como escritor, a enfocar los elementos importantes en función de sus objetivos narrativos, los cuales generan narrativas de dimensiones reducidas cuyo impacto sobre el lector es inversamente proporcional a su extensión.


Para ilustrar la aplicación del modelo narrativo que expone la forma de composición del relato, presentamos dos microrrelatos de Olgoso que nos parecen reunir las características que distinguen su ficción. Se trata de los microrrelatos Samsara y El demonio de Bengala

En Samsara tenemos un narrador de primera persona que afirma en la primera línea “soy un ñu”. En seguida narra cómo lo cazan las hienas y cómo, al morir, se desliza inexplicablemente dentro del cuerpo de una india tolteca a la que van a sacrificar. Cuando se lleva a cabo el sacrificio, muere y revive como un condenado a punto de ser fusilado. Y afirma: “Una vez pasada la ilusión de la novedad, el ciclo de las reencarnaciones –arbitrarias, maliciosas, extemporáneas- se convierte en un estigma insoportable. Abismado en este perpetuo vórtice, apenas he conocido el esparcimiento." Y sigue narrando brevemente sus sucesivas encarnaciones enumerando su identidad de obrero en las Pirámides, en la Gran Muralla, en Machu Picchu y en la Basílica de San Pedro. Después de describir su estado de extenuación finaliza su narración así: “Ahora, aquí, en esta taberna turística ecuatorial, arrojo mis mudas zozobras justo sobre vuestras cabezas: soy ese cocodrilo que cuelga del techo y os mira.”



La experiencia de lectura de Samsara es un vertiginoso recorrido ininterrumpido de vidas y muertes. Samsara se refiere, según algunas doctrinas orientales como la hindú y la budista, a la rueda de la vida que gira ininterrumpida e inexorablemente. Todas las acciones crean karma, es decir, están sometidas a la ley de causa y efecto y ese es el motivo de las sucesivas reencarnaciones. En este microrrelato samsara se refiere a la cadena sucesiva de encarnaciones con un sentido aleatorio: el narrador refiere su experiencia como ñu, india tolteca, condenado a muerte, diversos obreros hasta llegar a la taberna ecuatorial donde asume la forma de un cocodrilo colgado del techo. 

Las sucesivas reencarnaciones ofrecen una experiencia extenuante y poco divertida porque la narración se concentra en el momento de la muerte como pasaje inmediato a otra encarnación. La velocidad de la narración imprime la sensación de superficialidad a esas sucesivas experiencias calificadas como arbitrarias, maliciosas, extemporáneas. El objetivo de las reencarnaciones sucesivas es, según las doctrinas orientales mencionadas, aprender por medio de la experiencia. Después de innumerables encarnaciones el ser podrá asimilar las enseñanzas que necesita para poder detener la rueda de nacimientos y alcanzar la plena realización del ser. Pero en el microrrelato de Olgoso no hay un objetivo edificante para las experiencias vertiginosas, pues todo parece fruto del azar. De animal se pasa a ser humano y nuevamente a animal sin una regla aparente. El que encarna y desencarna no demuestra haber aprendido algo trascendental capaz de hacerlo detener la rueda de encarnaciones sucesivas. 

Tampoco demuestra poseer ningún tipo de consciencia sobre sus acciones y solamente encarna en animales o en seres humanos cuyas vidas se sumergen en la desgracia. La reencarnación no conduce a la perfección, se acumulan existencias sin nexo. 



Según la perspectiva de Juan Herrero Cecilia, el cuento de Olgoso es una construcción paródica e irónica que tiene como objetivo desmontar una creencia milenaria objeto de culto de millares de personas y cuestionar la validez de esa creencia por medio del narrador que refiere una serie de encarnaciones vistas como experiencias degradantes y arbitrarias. El colmo de la ironía sucede en el momento final: la voz que narra está alojada en un cocodrilo colgado del techo de una taberna ecuatorial y derrama su mudo desaliento. El microrrelato finaliza sugiriendo que el destino final del narrador es el cuerpo muerto y disecado de un cocodrilo, no hay en el microrrelato ningún indicio de que las reencarnaciones van a continuar ni se espera que el narrador exprese algún tipo de percepción sobre sus sucesivas experiencias. Samsara, la rueda de encarnaciones con su objetivo de perfeccionar y alcanzar la realización suprema pierde su sentido. 

Reportándonos al modelo narrativo propuesto por Herrero, vemos que las complicaciones se presentan y se resuelven (evaluación) a un ritmo también vertiginoso. Cada encarnación sucesiva ofrece un cambio en el ritmo de la narración y ofrece un nuevo estado que conlleva el desequilibrio de la situación inicial que se restablece a partir de la próxima encarnación La resolución lleva al narrador-personaje a aceptar un estado de cosas sin sentido hasta llegar a al estado final en el que el cocodrilo colgado del techo derrama su desaliento sobre nuestras cabezas y parece ser el último destino posible. Las encarnaciones sucesivas y el microrrelato terminan en el cuerpo inerte del cocodrilo. 



Samsara se relaciona con el conjunto de microrrelatos que toman como tema una leyenda, de la tradición oral o inventada por Olgoso, que se apoyan en el uso de la enumeración, en este caso los elementos enumerados son los que se refieren a las distintas identidades de esa voz narrativa, de la descripción, de la ironía y de la parodia. 

En El demonio de Bengala tenemos un microrrelato compuesto a partir de frases cortas y determinativas de una realidad que se presenta al lector de modo directo. “El circo llegó a la ciudad. Era domingo.” El narrador de primera persona focaliza el sentir de una fiera, el tigre de Bengala, que acecha a su presa, un inocente niño en busca de diversión. La situación inicial establece el ambiente del circo. La complicación se establece cuando el niño inocente se aferra peligrosamente a las barras de la jaula de la fiera y el estado final viene dado por la acción de la fiera que esgrime un zarpazo hacia el niño. El lector infiere que el hambre que la fiera siente le ha hecho atacar al niño. El microrrelato, por estar apoyado en frases cortas y descripciones, tanto del espacio como de los personajes y las sensaciones de la fiera y el niño, le da al lector la sensación de contemplar una especie de retablo, en el cual la composición de las distintas partes arma la historia que se cuenta. Este microrrelato trabaja también la enumeración de elementos y sensaciones para componer los ambientes y los personajes. 



SAMSARA 


Soy un ñu. Me persiguen, incansables, las hienas. Siento el primer mordisco y los ataques sucesivos. Mientras me están comiendo vivo y se acercan ya buitres y carabús, en el instante exacto de la muerte, me deslizo inexplicablemente dentro del cuerpo de una india tolteca que va a ser inmolada en el altar de los sacrificios. Muero y vuelvo a revivir en las formas de un condenado ante un pelotón centroeuropeo de fusilamiento. Esta es una situación, huelga decirlo, deprimente. Una vez pasada la ilusión de la novedad, el ciclo de las reencarnaciones -arbitrarias, maliciosas, extemporáneas- se convierte en un estigma insoportable. Abismado en este perpetuo vórtice, apenas he conocido el esparcimiento. Fui, sin ir más lejos, peón en las Pirámides, en la Gran Muralla, en Machupichu y en la Basílica de san Pedro. No es gratuito afirmar que, a estas alturas, mi conciencia y mis miembros se hallan en un estado de escarnecimiento y extenuación indecibles. Ahora, aquí, en esta taberna turística ecuatorial, arrojo mis mudas zozobras justo sobre vuestras cabezas: soy ese cocodrilo que cuelga del techo y os mira.

M. C. Escher "Reptiles"


EL DEMONIO DE BENGALA 


El circo llegó a la ciudad. Era domingo. Vi a un niño, con ropita nueva y un copo de azúcar hilado, correr solo entre el alboroto y los entoldados hacia la jaula de las Fieras. Sentí una cierta inquietud. Pecoso, de cara redonda, sus ojos ardían en busca de maravillas. Demasiado inocente para juzgar. Para reconocer el pelaje rayado del terror. Para saber que no debía aferrar los barrotes con sus dedos pequeños y rosados. Para saber que nadie puede quebrantar la voluntad de la Bestia. Sus únicos e indelebles vínculos. Calor, frío, sed, hambre. Hambre. Todo sería igual aunque el estremecimiento del hambre no abrasara mis vísceras, no dilatara de amarillo mineral mis ojos, no hiciera restallar mi lengua, no erizara de rugidos mis rojas fauces. Era domingo. Cielo azul. La paja de la jaula susurraba bajo mis patas. El niño de cara redonda me sonreía dócilmente. Sonreía a la Bestia, al Demonio de Bengala tan temido en remotas regiones, sonreía al limpio y casi invisible floreo de mi zarpazo.