Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

miércoles, 22 de marzo de 2017

La muerte desordena

Os dejo con otra muestra olgosiana, perteneciente en esta ocasión a "Breviario negro", en la que vuelve a demostrarse que lo estremecedor y lo poético pueden convivir literariamente con naturalidad.


LA MUERTE DESORDENA





De niños, estudiábamos juntos, comíamos nueces y nos reíamos con ganas. Clara era pequeña, asustadiza. Yo la llamaba Ardilla. En verano íbamos a nadar a la poza. O nos tendíamos en la hierba y mirábamos hacia lo alto picoteado de pájaros. Clara tenía el pelo corto y los calcetines bien tirantes. Yo, un bozo castaño sobre el labio. Clara olía a lápices de colores. Yo iba por ahí haciendo garabatos con su nombre. Lo trazaba con la puntera en la tierra de la plaza. Lo grababa a navajita en los troncos de la alameda. Lo dibujaba en el aire con un ascua del brasero sujeta entre dos palitos. Clara dijo que nos casaríamos. Yo dije que sí con la cabeza. Después de nuestro pacto secreto llovió afuera. Se levantó viento y saltaron chispas en los cables de la cuesta. Esas mismas centellas, blancas de pura maravilla, me calentaron por dentro durante años. Hice la mili. Sólo aplastaba chinches, fregaba platos, miraba los ollares de los caballos echar vaho como chimeneas. Volví al lado de Ardilla. Trabajé en un taller. Luego en la Planta Azucarera. Un día sentí mucho frío, como si me hubieran enterrado de golpe la cara en la nieve. O chapuzado en la poza en invierno. O caído en el tanque de carbonatación de la fábrica. Pareció una chuscada de Amador, mi hermano grande. Si pienso en él, lo único que recuerdo es un abejorreo de risas y coscorrones alrededor mío. Desde el día del frío, el mundo no sabe más a Clara. Tampoco tuve tiempo de hacer la maleta. Ni de devolverle la llave del que sería nuestro piso. Algo me arrojó al otro lado. A un lugar sin polvo en el que nada sucede. Sólo me llegan ecos. Sé que vinieron los vecinos. Que se inclinaron sobre mis padres, achatados en el borde de las sillas de anea del comedor. Y estaban las lágrimas. Gordas como espejos de mano quebrándose sobre el terrazo. Desde el día del frío no he vuelto a ver a Clara. Pero sé que un dolor quiere subirse a ella como quien intenta tomar un tranvía. Un dolor redondo como una nuez y afilado como un lapicero de colores. Ardilla no lo deja entrar. Sé que para Clara aún ocupo el mismo espacio de costumbre. Cree que nadamos juntos, que nos reímos con ganas, que nos tumbamos en la hierba boca arriba. Cree que todavía se sube los calcetines blancos y que yo ando por ahí escribiendo su nombre. Me reclama para partir nueces y besarme tras las tapias del cementerio. Dice que nada nos separará. Que está unida a mí, para siempre, como al hormigueo de una extremidad fantasma.


viernes, 17 de marzo de 2017

Gabinete de maravillas


En el libro ilustrado Gabinete de curiosidades. Mis cuadernos, colecciones y otras obsesiones (Norma Editorial), el cineasta mexicano Guillermo del Toro reproduce la impresionante ilustración que el artista argentino Santiago Caruso realizó expresamente para el relato de Ángel Olgoso Gabinete de maravillas, incluido en Los demonios del lugar. El cuadro es ahora propiedad de este maestro del cine fantástico y cuelga en su mansión de Los Ángeles: la literatura, la pintura y el cine hermanados por medio de tres creadores dueños de un imaginario poderoso e inquietante.







lunes, 13 de marzo de 2017

Cuentos de otro mundo en cicutadry

Reseña en cicutadry.


Cuentos de otro mundo. 
Ángel Olgoso: el asombro de lo cotidiano


Publicado por: Jaime Molina


He decir que hasta hace muy poco Ángel Olgoso era un autor completamente desconocido para mí y, como sucede con bastante frecuencia, llegó a mis oídos a través de recomendaciones o, más concretamente, mediante la recomendación de mi amigo Ismael, sobre cuyo gusto y criterio literario tengo confianza sobrada. Así pues, tras apuntarme el nombre del escritor y algunos de sus títulos, me lancé en su busca y el primer libro que encontré en una librería fue este "Cuentos del otro mundo". Creo que no exagero si digo que Olgoso es un autor que deslumbra desde la primera página. El libro en cuestión es una colección inusualmente extensa de cuentos, alrededor de noventa, si no recuerdo mal, normalmente de tamaño bastante corto, siendo algunos de ellos microrrelatos, pero independientemente de su tamaño, aunque tengan solo unas pocas líneas, cada una de las historias que se narran rezuman literatura en estado puro, y están escritas con un estilo muy personal, depurado y formal, con un vocabulario tremendamente preciso y elegante, pero sin que este resulte cargante ni tedioso. Incluso en los textos de formato más corto, recomiendo al lector que no se precipite en la lectura, sino que paladee despacio cada frase, pues el autor juega con el lenguaje de un modo extraordinario, utilizando de forma impecable y con absoluto dominio la sintaxis y el léxico, sin resultar alambicado, pero demostrando un amplio conocimiento y gusto por el idioma, en cierto modo a la manera de aquellos escritores hispanoamericanos que a partir de mediados del siglo XX comenzaron a revolucionar la concepción de la literatura y del uso del lenguaje. Olgoso es, como lo fueron muchos de esos escritores, una especie de experimentador del lenguaje que no solo nos sorprende por su manera de usarlo, sino por su manera de construir historias y desarrollarlas.

Los relatos de este libro están divididos en tres partes, cuyos títulos ya nos anuncian el carácter extraordinario de los relatos con los que vamos a enfrentarnos: “Mundo murciélago”, “Nuevos cuentos del Folio Club” y “Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena”. Muchos de los cuentos que se engloban en estas secciones son de un formato muy breve, microrrelatos que ni siquiera llegan a ocupar una página. La temática general de las historias es, como se sugiere a través del título, de índole fantástica. Sin que existan claras reminiscencias a los autores hispanoamericanos que tanto exploraron este género, cada uno de los relatos de Olgoso es como un pequeño bombón con el que conviene deleitarse sin prisas, no solo para disfrutar con su construcción, sino para no perder ni un solo detalle, pues son muchos los que se esconden en cada párrafo y algunos resultan claves para entender el desenlace.

El tratamiento que Ángel Olgoso hace del cuento fantástico es extremadamente personal, y pese a las analogías con la literatura hispanoamericana que antes he mencionado, y aunque en cierta manera el estilo de estos cuentos pueda considerarse deudor de la narrativa fantástica hispanoamericana, sus historias no deben considerarse, para nada, meras imitaciones de cuentistas como, por ejemplo, Borges, Cortázar, Bioy, Arreola, Monterroso, etc. Creo que "Cuentos de otro mundo" tiene poco que ver, desde una perspectiva formal, con las de esos autores, en el sentido de que si, por poner un ejemplo, mientras que Borges se decanta en sus narraciones por temas con un cierto componente erudito, falsas bibliografías, etcétera, Ángel Olgoso parece sentirse más cómodo con asuntos cotidianos, en los que a menudo le gusta introducir un componente humorístico, a veces con matices jocosamente negros. Como creo que dijo el propio Borges en una ocasión, para construir un buen cuento hay que tratar de buscar ese asombro en lo cotidiano ya que es ahí, en esas historias aparentemente triviales, donde precisamente por ese carácter tan insustancial, tan común, resulta más fácil sorprenderse con un giro inesperado. En ese sentido, sí puede afirmarse que Olgoso sigue fielmente el consejo del maestro Borges, y consigue triunfar con cuentos verdaderamente brillantes, deslumbrantes. De hecho, los cuentos de Ángel Olgoso pueden considerarse como ejercicios para despertar la imaginación, huir del tedio de esa normalidad o cotidianidad y sumergir al lector en ese mundo fantástico, nunca bien comprendido y mal apreciado de los relatos cortos. Recomiendo vivamente a todos aquellos lectores que aún no conozcan estas pequeñas joyas literarias que lean los relatos de este singular cuentista. No se arrepentirán.


Con Paolo Remorini y José Luis Gärtner, durante la presentación granadina de "Cuentos de otro mundo" en el salón de plenos del Ayuntamiento de Granada.

viernes, 10 de marzo de 2017

Designaciones


Quizá se podría decir de los relatos de Ángel Olgoso lo que Werner Herzog decía del cine, que tienen estratos de verdad más profundos, que son verdades poéticas, misteriosas, elusivas, y que sólo se pueden alcanzar a través de un trabajo conformado por la imaginación y la estilización. Entre otros muchísimos posibles ejemplos en su obra, sirva el siguiente relato, perteneciente a "Las frutas de la luna":


DESIGNACIONES

Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.




lunes, 6 de marzo de 2017

Revista Ínsula: Kafka en España


Ángel Olgoso aparece entre los escritores españoles consultados en el monográfico sobre Kafka que ha publicado la veterana revista Ínsula.


KAFKA Y LA LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA.
ENCUESTA A ESCRITORES.
Javier Sánchez Zapatero



-¿Cuál cree que ha sido la principal aportación de Kafka a la literatura contemporánea?

Significó un calado en profundidad en la condición humana. Kafka excavó, minuciosa y pacientemente, sirviéndose de afiladas cucharillas como la lucidez, la sensibilidad extrema o la tradición judía, un túnel aún sin boca de salida, pero iluminado a trechos por fulgores puntuales, lo que explica la textura de pesadilla, de sonambulismo que envuelve el territorio kafkiano. El lector encuentra un mundo prolijamente demarcado, de manera a la vez analítica y onírica, donde todo parece sufrir un proceso de envilecimiento deliberado; un torrente interior de intuiciones racionales y de visiones verbales; una mente al mismo tiempo temerosa y sedienta de amor, sometida a la culpa pero liberada por un humor paradójico. Las páginas de Kafka muestran, sobre todo, extrañeza ante un universo que ya no tiene un sentido superior -ni siquiera un sentido-, a excepción del hombre que, según Camus, es el único ser que exige un sentido. La amnesia aparece también como otra constante en sus textos: todos se han olvidado de quién es el agrimensor que viene en busca del castillo.

-¿Cuál es la obra de Kafka que más le ha marcado, y por qué?

Sus colecciones de textos breves La condena y La muralla china, sencillamente porque fueron mis primeras lecturas de su obra, las que iniciaron el idilio, las que me descubrieron la pureza, la retórica y la imaginación singulares de un ser singular. Luego he sentido especial debilidad por sus Diarios.

-¿Reconoce alguna influencia kafkiana en su obra?

Cuando comencé a leerlo en la adolescencia, Kafka se convirtió de forma instantánea en una especie de hermano mayor: no es que me identificara exactamente con él como lo hice con “mi abuelo” Poe o con el joven Chateaubriand -el romántico avant la lettre de los primeros capítulos de Memorias de ultratumba-, sino que me contagió su manera de representar el mundo, más que de percibirlo. Con el paso de los años, Kafka se fue metamorfoseando en un padre severo, desconcertantemente irónico y de pensamientos trascendentales. El reto estribó entonces en distanciarse de la imponente presencia de un padre al que se teme y se admira más allá de toda medida, mientras intentaba definir un estilo personal. Su influencia ha sido palpable desde los textos primerizos recogidos en Nubes de piedra y en la recopilación de mis quince años iniciales de cultivo del cuento, Los líquenes del sueño, hasta relatos posteriores que traslucen la gramática kafkiana o la homenajean: Anfiteatro, El espanto, Geometría, Una velada (en Los demonios del lugar); Los reconocerás, Los despeñaderos (en Astrolabio). He llegado incluso a escribir narraciones (Carta al hijo, en Breviario negro) en las que me permití el atrevimiento de suplantar a su padre Herman, o al mismísimo Franz (La primera muerte de Kafka, en Los demonios del lugar) aprovechando los huecos dejados por unas fechas que no aparecían consignadas en sus Diarios.



domingo, 5 de marzo de 2017

El baile de los silenos, el blog del profesor y magnífico escritor Antonio Serrano Cueto, se hace eco hoy del nacimiento de este blog. Antonio y Ángel presentaron juntos en la Biblioteca de Andalucía de Granada la interesantísima antología Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica (Menoscuarto) el 19 de mayo de 2015. 




Y en su libro París en corto, "un mosaico de relatos donde nada es lo que parece, de los que surge un París insólito, menos conocido para el viajero pero igualmente fascinante, una ciudad inquietante y seductora a partes iguales", Antonio Serrano Cueto incluye el siguiente texto:



EL DUELO

A Ángel Olgoso

Sus padrinos han elegido una parcela umbría del bosque de Vincennes. La hojarasca cubre el suelo en la mañana fijada en el calendario. El Hombre Rebelde, sobrio incluso en lo imprescindible, apenas desayuna. Está algo deprimido y le sudan las manos. En cambio, el Filósofo Marxista toma varios de esos cafés minúsculos que beben los parisinos con excesiva liturgia, acompañado de un croissant con mantequilla, y luego se entrega al placer humeante de su pipa. Poco después dos vehículos se detienen en el límite del bosque y sendos grupos de hombres con semblante grave descienden, consultan sus relojes, caminan hacia el punto de encuentro. Comienza a llover sobre París, o quizá llueva únicamente sobre la arboleda que acoge este trance existencialista. Los padrinos revisan las pistolas, recuerdan las normas elementales del duelo, colocan a los contendientes espalda contra espalda y se retiran de la línea de fuego. Veinte pasos separan las diestras firmes que empuñan las armas. La lluvia contiene la respiración en ese instante supremo.

Mientras fuma después del desayuno, el Filósofo Marxista pagaría cuanto fuese necesario para que aconteciera esa cita lluviosa en el bosque de Vincennes y que el corazón del Hombre Rebelde dejase de latir traspasado por su bala certera. Pero la historia es insobornable y tiene reservada para el Hombre Rebelde otra cita, esta vez mortífera, en una carretera de Villeblerin.

(Antonio Serrano Cueto, París en corto, Valparaíso Ediciones)



lunes, 27 de febrero de 2017

Celebrando el Carnaval en México

Un vibrante y terrorífico relato histórico en la revista mexicana La Peste (monográfico sobre el Carnaval), con ilustración exclusiva de Fred Stonehouse.











LINAJES

A trece días andados del mes de abril, mientras gemía nocturno el mistral y los torbellinos del aguacero se abatían contra los verdores de la Borgoña, una docena de personas que dieron en refugiarse en la capilla del monasterio de Saint-Maur habían arrastrado hasta el altar, para comerlo, a un caballo flaco lleno de mataduras, un penco del que ahora descarnaban los huesos sobre las losas de los sepulcros. Apiñados en el presbiterio alrededor de un fuego improvisado, rezaban el Miserere, bebían en los vasos sagrados, renegaban ebrios, danzaban como locos, fornicaban, se contaban historias para aventar la sombra agorera de la muerte. Por mor de eso que llaman epidemia, su gran mano había metido el mundo en un sudario de tiniebla, hedor y miedo. Los naturales del país, aunque porfiaban en marcar las puertas de sus casas con cruces de ceniza y óleo bendecido, caían por obra de fiebres y supuraciones entre los muros de adobe o piedra, se arrojaban sedientos sobre las fuentes, venían a tierra en mercados y claustros quedando rígidos, cecinados. Pero la cabalgata espectral de huérfanos y vagabundos, de enfermos y difuntos llegó a tal que los cuerpos se alzaban a media vara en las pinas callejuelas de los gremios: ya no se podía dar camposanto ni mal cubrir con cal viva los negros despojos, no doblaban más las lúgubres campanas y los carros atestados de muertos se abandonaban por doquier. Entretanto, al fondo de la capilla, el grupo desmigaba las últimas hebras de aquella triste carne de jamelgo. Como lechones apretados contra las doce mamas de una cerda, se arrimaban a la lumbre avivada con banquetas viejas y maderos de confesionario y rogaban al cielo que mantuviera en pie el tablado de su fortuna, lejos de las asechanzas de la rondadora muerte. Uno de ellos, que a diferencia de los sayos, calzas y delantales agujereados de los demás, gastaba paño negro con capucha y no soltaba un bordón con contera de hierro, parecía, por veces, peregrino o señor principal. Enteco y silencioso, habló de pronto con voz rugosa y tonante como salida de una barrica vacía: “Se dice que las epidemias sólo embisten a la pobreza, que son cosa del demonio y que éste respeta la vida de los poderosos. Podemos engañarlo haciéndole creer, de socapa, que cada uno de nosotros desciende de nobles familias, de soberanos de feudos, de abades mitrados, de ricos mercaderes, de augustos paladines que salieron a la guerra. Bastaría con escupir dentro de una iglesia y, a cierra ojos, pretenderse un pasado de abolengo bajo las torres de castillos o palacios, una cuna blasonada con bolsas de dineros y flores heráldicas. El demonio es litigante pero, si se le borran con astucia las lindes del origen, se confunde como un pájaro y toma lo vivo por lo pintado”. El viento soplaba a través del campanario y la lluvia atormentaba las tejas del monasterio. Aquel hombre, tras mirarlos interrogativamente, halló que una punta de esperanza se abría paso en los once y vino a ennoblecerlos uno por uno, repartiendo alcurnias como plomo en troquel: emparentó al herrero con el señor de Ventoux, a la hilandera con Leonor de Aquitania, al ladrón de puercos con el rey Carlos el Temerario, al cantero tuerto con micer Bertrand du Guesclin, al soldado sin hueste con el sebastocrátor Constantino, al pellejero con el duque de Chalon, al fraile con el cardenal de la Mothe; y así, por arte suasoria, como quien desgrana maíz, le fue dando memoria gallarda y pompa lisonjera al mendigo y al labriego, a la nodriza y al carbonero. Luego, todos se aprestaron a escupir en suelo sagrado y a figurarse con gran convencimiento el lustre y las regalías de su nueva condición, imaginándose librados de la mortaja. El gallo quebró el alba, ya de retirada el chaparrón, en el momento en que preguntaron al extraño por su estirpe elegida: “La de Sammael, príncipe infernal, amante de Lilith y de Eva, padre de Asmodeo y de Caín”, dijo grave descubriéndose la cabeza. Los demás sintieron un repeluzno que les cortó el aliento cuando vieron, al chisporroteo de la hoguera, que aquel réprobo tenía córneo el borde de las orejas.




viernes, 24 de febrero de 2017

Mar de nubes y Lamedores de cielo



En su blog Mar de nubes, el escritor José Luis Gärtner acaba de publicar una entrada emocionada y emocionante sobre los perros, lo que me ha llevado al recuerdo de un conmovedor relato de Ángel Olgoso, "Lamedores de cielo".









LAMEDORES DE CIELO



Cuando estacioné y bajé del coche, el perro estaba allí, en la zona sombreada de una esquina del café, echado sobre la acera, mirándome. Dejé de saborear el cigarrillo. De pronto me di cuenta que estaba cambiando una mirada apreciadora, de una vívida afinidad, con un perro desconocido. Según observaba con más detalle al viejo animal, sentí un peso oprimiéndome la nuca. El despiadado estrépito de la ciudad, todos los sépticos ruidos de la vida, se desvanecieron. Creí apreciar huellas en su forma de ladear la cabeza, en la mansedumbre de sus ojos azulencos, en esa aura de reyezuelo indolente que el tiempo ha desamparado. Intuí otras formas bajo su tostado pelaje, otras facciones bajo su hocico y los pliegues de su testuz. Sopesé indefinidas reminiscencias, sombras en movimiento, reveladores vestigios. Un nexo de acción puramente refleja y de dolorosa nostalgia por todo aquello que falta. El perro olfateó desperezado. Y mientras sus ojos avanzaban hacia un brillo más intenso, la angustia me iba empapando como ese aguacero que se encona a veces sobre nosotros. Había algo sólido ahí dentro, en su mirada, sus parpadeos de reconocimiento murmuraban frases que instintivamente yo podía entender, palabras mudas que me dirigió diez años atrás mi hermano mayor antes de huir para siempre de nuestro padre y de nuestras vidas. Había un melancólico sentimiento piadoso retrepado en el interior de aquel perro callejero. Sus orejas colgantes y melladas hablaban en apariencia de huroneos interminables, de luchas y gemidos, de gloriosas carreras, de tácticas de garduño, de hambres y heridas, de territorios rendidos y recobrados. En el reflejo de sus ojos vi de pronto a las nubes amontonarse sobre la línea de los tejados, merced al impulso de un viento apacible. Y entonces, con un gesto de lealtad hacia el niño que fuimos, acaricié su lomo. Recibí una oleada de evocaciones, de imágenes y pensamientos, una especie de confirmación de identidad, de estupor extremo, un calor reconfortante que estalló inmediatamente entre mis dedos dejando escapar los infinitos susurros de seres sin hogar, de seres desencarnados, como si expiaran la absoluta aflicción que nos provocó su pérdida. La brisa trajo el olor de fuegos lejanos, el aroma de distantes recuerdos, entre tristes y cómicos. Por un momento me pareció que aquel perro, que mi hermano desaparecido y atrapado en aquel perro, asentían lenta e imperceptiblemente con la cabeza. Creí haber comprendido. Y de mis ojos manaron lágrimas.



lunes, 13 de febrero de 2017

Recomendación en el Blog de Cultura FNAC.

Blog Cultura FNAC


Libros de maravillas

ADOLFO GARCÍA ORTEGA


2. Otro libro de “maravillas” muy distinto al de Marco Polo es Nocturnario, de Ángel Olgoso. Se trata de una obra singular por varias razones. La primera y principal, porque son 101 collages de Olgoso absolutamente asombrosos, irónicos y surrealistas. Combina con humor situaciones paradójicas, estrambóticas, anómalas, inquietantes, con el estremecimiento en el espinazo de lo saturnal y oscuro. La segunda razón es que siempre son collages que manipulan grabados del XIX mezclados con dibujos actuales que imitan el estilo de otras épocas. Todas son ilustraciones chocantes, imaginativas y geniales, en su concepción y en su realización. Olgoso es escritor, pero ha desvelado en este innovador libro una deslumbrante faceta de “compositor” de imágenes oníricas, minuciosamente montadas desde el chispazo creativo que causa sonrisa, admiración y sorpresa. Sobre todo una enorme sorpresa. La tercera razón de la originalidad de este libro, publicado por la editorial Nazarí, es que aporta un valor añadido: Olgoso le pidió a 101 escritores que creasen un breve texto a la luz de los collages. El resultado es magnífico: puede decirse aquí que los textos “ilustran” las imágenes y asumen su papel subsidiario. Los microcuentos o poemas, todos inéditos, de los 101 escritores realzan la fuerza impactante de los collages, pero están a disposición de estos para “recrearlos”. Es Nocturnario, también, una especie de “gabinete de las maravillas” a su manera y no merece pasar desapercibido en el bosque de los libros. Una gran antología y un gran museo se dan cita en esta cuidada edición.

Publicado el 13/02/2017


Libros-de-maravillas


martes, 7 de febrero de 2017

Litoral (1)

Litoral, la veterana y exquisita revista que compagina palabra e imagen de forma maravillosa, publicó en uno de sus monográficos  (Nº 259, Agua. Arte y literatura) este relato tan sensorial:




LAS NUBES


Sólo tendiéndote al raso sobre la hierba, desocupado, con la cabeza vacía y la mirada limpia, podrás asistir a la verdadera vida de las nubes, descifrar su lenguaje, sus inadvertidas costumbres, sus viajes, sus calmos paseos y sus pletóricas derivas, la vertiginosa serenidad de las persecuciones en defensa de sus territorios sin linde, gobernadas como nosotros por fuerzas elementales, desterradas por el vendaval, zarpando puntualmente con la estiba siempre llena de algodón hidrófilo, sus aletargamientos y sus desplantes, sus amores, la inmovilidad de sus metamorfosis, sus caricias de aguanieve, ese juego silencioso de abrazarse y fundirse a sobreviento, en almiares aéreos, ese juego de ser otro, un híbrido de musarañas que se forma y deforma, se estira y se agiganta en la luz pasajera, sus cónclaves familiares, los torbellinos de sus rencores, sus tragedias, sus terribles batallas ingrávidas, el colérico retumbo de sus luchas, sus traiciones en llama viva, sus lágrimas después de la rendición de las tropas, sus orfandades, su camaleónico vestuario sobre los buches sin peso, sus mantos con un viso del oro tostado al gris lava, sus vellones, sus lentejuelas de vencejos y cometas, su rubor hiperbóreo, sus digestiones al sol, sus cuenta cuentos junto a las hogueras de las estrellas, sus premiosas despedidas, sus estertores, lastimadas por el azufre que remonta, acribilladas por avionetas y reactores, cañoneadas sin piedad con cristales de yoduro de plata, titanes de humo deshaciéndose sigilosamente bajo cielos sombríos, disipándose en perezosos despojos de muselina, olvidadas, mortales como nosotros.

Robert and Shana ParkeHarrison

lunes, 6 de febrero de 2017

Finalista Premio Ángel Ganivet



 Finalista del X Concurso Literario Internacional “ANGEL GANIVET” 2016, convocado desde Finlandia, entre un total 1367 trabajos enviados al certamen por participantes de 35 nacionalidades.





domingo, 5 de febrero de 2017

El confeti de nuestras cenizas

Narrativa Breve, estupendo blog literario, reproduce en su sección "Cuento breve recomendado" el vertiginoso relato 
El confeti de nuestras cenizas:

"Un bastón de enebro es el objeto que en mano de distintos personajes une estas nueve pequeñas historias acaecidas en tiempos históricos distintos, desde la prehistoria hasta la actualidad. La única separación de cada historia es el punto y seguido para así, englobadas en un todo completo por medio del objeto antedicho, dirigirlas hasta el final, a su conversión en huesos o mejor en “el confeti de nuestras cenizas”.                                                                                                                                                                   Miguel Díez R.




EL CONFETI DE NUESTRAS CENIZAS

(cuento)

Ángel Olgoso (España, 1961)


En lo alto de la ladera, entre el bosquecillo donde rebuscaba bayas y piñones y desde donde se avistaban huidizas manadas de uros patilargos y rinocerontes lanudos, el anciano encontró aquella rama de enebro desgajada por un rayo; regresó con ella al abrigo de la angosta boca de la cueva, se sentó en torno al fuego junto a las mujeres y las pieles sin preparar, dobló trabajosamente sus piernas deformes y, valiéndose de una piedra cortante y de una punta de hueso descamado, tajó, desbastó la rama, la limpió de resina, alisó sus nudos hasta convertirla en una vara tosca, en una especie de bastón recto y sólido con el puño sin rematar que alzó, contento como un niño, ante los hombres que regresaban de la cacería. El capataz se apresuró a guardarse el bastón de enebro bajo el brazo izquierdo, con el derecho solicitó un flagelo para apartar a los esclavos, y al hacerlo chasquear airado golpeó el saco de semillas con el que cargaba uno de ellos, derribándolo: había visto venir hacia él sobre la tierra ardiente el séquito del sacerdote, con la silueta de la inacabada pirámide a su espalda, vistiendo esa túnica de pájaros y jeroglíficos propia de la consagración a Tot de la momia de un ibis. Tras hacer la última libación, el tutor se despidió de su anfitrión, se calzó las sandalias y, apoyándose en el viejo bastón de enebro que no podía usar como distintivo de dignidad, cruzó bajo las columnas del peristilo y siguió el pavimento de mosaico hasta salir por el atrio en dirección a la plaza donde vivía su pupila, a la que cortejaba en secreto como a un ídolo; sobre la última grada del templo, los arúspices examinaban las entrañas buscando señales favorables e interpretaban la voluntad divina, el fuego de las lamparillas despedía un mareante perfume de mirra e iluminaba ya las estatuas en sus nichos abiertos, mientras el tutor se abría paso entre literas y ciudadanos que llevaban guirnaldas votivas o compraban amuletos, que hablaban del copero ahogado en las termas, de la incorrupta gloria del macedonio o de los alaridos de los condenados a las fieras en la arena del circo. El ennegrecido cadáver, cubierta la piel con bubones e inflamado el vientre como un odre, se pudría en el camino junto a un hito de piedra marcado con una cruz; al pasar, el niño, que viajaba solo, con unas calzas harapientas y una calabaza medio vacía en la cintura, no se atrevió a hurtarle al difunto los borceguíes pero recogió de su lado aquel bastón repulido y lo examinó como haría con una moneda de medio florín: se figuró un pastor, un templado arriero de bestias, un ufano tratante de lino, se imaginó dueño de un jubón de terciopelo, de una jauría de lebreles, de heredades sin cuento, y echó a andar feliz por la suave cuesta haciendo molinetes con el bastón mientras aprendía a silbar, descansando a las horas del rocío, de día en procura de un faisán que colgara de alguna ventana o de un trago de leche ordeñada a hurtadillas, pareciéndole que el sonido de los carros de los muertos y de las tablillas de San Lorenzo daba paso a las trompas de caza y al zumbido de las abejas, que al hedor de las fosas abiertas le sobrevenía el aroma de la mies sin recoger tendida en las eras y el de la hierba color de esmeralda engalanada por el sol, que su cuerpo desmedrado y sediento ya no necesitaba el socorro de una umbría catedral o de las murallas de ese castillo cuyos pendones, a lo lejos, temblaban de purpura y oro. Cuando llegó al patio de armas del fuerte, y después que se hubo recobrado con dos cazos de agua y una escudilla de gallina, el escribano de la expedición contó a todos sin menoscabo de detalles las mañas crueles de la lucha, el considerable espanto que allí vio, cómo pudo ocultarse tras el cuerpo asaeteado del capitán, pues no era de mucho bravear, cómo quedó untado de sangre y regresó sustentándose en el bastón de enebro que se trajo a las Indias, cómo los feroces caribes, que andaban en vivas carnes, pintados de muchas maneras y tocados con plumas de papagayo, los flecharon y diezmaron, y tomaron cautivos a los soldados que padecían algún daño, menos al escribano dado por muerto: de nada sirvieron los ladridos de los perros y los relinchos de los caballos, el brillo de las corazas y los truenos de los arcabuces, las siete jornadas con gran hambre por ríos caudales, las cincuenta leguas y más por caminos asperísimos llenos de maleza de palmas y raíces, aparejando cómo alcanzar ese lugar que decían abundante en oro y joyuelas, en toda clase de frutas y bastimento, en arboles de los que hacían bálsamos y en yerbas cuyo humo admirable sacaba de seso y procuraba remedios y mercedes. Luego de fumarse una lenta pipa tras los vidrios de la taberna, el viejo caballero, que se solazaba al mismo tiempo en una emulación vanidosa de sus recuerdos, de cuando fue soldado en batallas de alcoba y podía mantener un carruaje propio, cuando lo cubrían una chaqueta de lustrina y unas rellenas medias blancas, unas botas con vueltas amarillas y un sombrero con divisas, cuando compraba a diario seis peniques de pasteles “Damas de honor”, cuando jugaba al whist rodeado por cortinas de legitima cretona y tenía una fe genuina en el Imperio y en la suerte, salió al oscuro callejón de una yarda de ancho, la nariz colorada, cocido en ginebra y cerveza de jengibre, tambaleándose con la sucia casaca bajo la enseña del Jabalí Azul y las ventanas devoradas por el hollín, entre sacos de yute y escaleras mugrientas, entre chiquillos andrajosos que en ocasiones vendían carbón al menudeo y que ahora se burlaban de él, le daban patadas y forcejeaban para arrebatarle su única posesión de valor, ese lustroso bastón que el viejo caballero se resistía a empeñar, un vestigio de sus negocios americanos, un blasón, un poderoso asidero que veía alejarse desde su posición en el suelo enfangado mientras, a través de sombríos pasajes y zaguanes, se acercaba la lejana tonada de un organillo de manubrio. Amoratado por el frío, se incorporó al fin el teniente después de una cabezada en el húmedo catre del puesto de mando, avanzó por la estrecha trinchera de altas paredes rematadas con sacos terreros y, como una institutriz que vigilara a los infantes en un parque, pasó revista a sus hombres de la quinta del 15 repartiendo órdenes a la vez que se golpeaba las polainas, como solía, con el bastón perteneciente a aquel abuelo que logró huir de la miseria de East End; habían resistido la primera ofensiva, y aunque el enemigo descargó sobre ellos una tormenta de fuego y acero, abrió brechas en los flancos y sepultó viva toda una sección con la tierra de un obús, el sector estaba en calma, ya no se oían los clamores del cañoneo incesante ni los gemebundos gritos de dolor, se cambiaban los apósitos a los heridos, se enterraban los cadáveres ametrallados, panzudos, reventados, tumefactos, se limpiaban de barro las palas y las bayonetas, los puntos de mira y las máscaras antigás, se rezaba por los placeres que iban a malograrse, se procedía al espulgo de las cabezas y a la reparación del enredijo de las alambradas. Justo en medio de ellas, y al lado de las vías del tren que morían allí mismo, se abría un camino ancho por el que marchaban despacio multitudes de recién llegados antes de acceder a la rampa; cientos, miles de personas que habían abandonado los vagones azuzadas con brutalidad por los perros y los látigos y las furiosas voces, cargaban ahora con niños de pecho, con bultos de ropa y maletitas; aquel lugar desconocido no era una estación y toda la aterrorizada comitiva se detuvo ante tres puntos negros y uno blanco: un sanitario y tres soldados de rostros anodinos y bien alimentados, de pie, hablaban entre ellos con sonrisas furtivas para estimular el deber y sobreponerse al acre olor y al aburrimiento de una nueva jornada de trabajo rutinario; se volvieron, en el borde de la rampa, hacia la silenciosa muchedumbre y uno de los soldados, con gorra de oficial y un bastón de enebro en la mano derecha, comenzó a levantarlo de forma veloz y despreciativa y, señalando a cada cual, indicaba un lado u otro, separaba a los hombres a la derecha y a las mujeres a la izquierda, seleccionaba después entre las apretadas filas, con un leve pero firme movimiento del bastón, a los débiles, a los ancianos, a los enfermos. El doctor, sintiéndose culpable por tantos años de desapego, decidió que esta vez complacería a su esposa y viajarían juntos; y paseó aquel resistente bastón suyo de enebro que, según ella, le hacía parecer mayor y más ridículo por el suelo encerado del aeropuerto, por entre las mimosas y los algarrobos locos del jardín de un palacio, por los alrededores del faro sobre una playa desierta, por la puerta de una iglesia donde arrojaban arroz sobre los novios, por la habitación del hotel en la que hicieron el amor sin reticencias y con pasión por primera vez en un lustro, por la yerba seca de un sinuoso camino de montaña donde los sobrepasó un pequeño camión envolviéndolos en una nube de polvo anaranjado, por la plaza del pueblo que celebraba una verbena en la que bailaron y él tomó tres copitas de un vino verde, por la Capilla de los Huesos de Évora, ante cuya entrada el doctor se apoyó con las dos manos sobre aquel bastón infinitamente bruñido que parecía flotar solo frente a los azulejos, y leyó, traduciéndolas, las palabras escritas en el dintel del pórtico: «Nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos».

Las frutas de la luna, Palencia, Menoscuarto, 2013, págs.119-125



jueves, 2 de febrero de 2017

UKIGUMO (5)

Breve selección de su único poemario publicado, "Ukigumo" (Editorial Nazarí, 2014, edición hispanoitaliana).



M. Tapia: Montañas de Lishui, 2013



Desde las nubes
una nube nos mira
a la deriva.






El pico de la perdiz
en miles de gotas de rocío se refleja.
Cada amanecer.




Sentado inmóvil
entre el arriba y el abajo
que se alejan en la distancia.





Las estrellas son guijarros,
las flores se marchitan
aunque se las ame.




Boga una nube.
Polvareda del mundo
aquí abajo.




Una alubia común.
Una relampagueante gema.
No hay diferencia.






lunes, 9 de enero de 2017

La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos

El pasado 9 de enero, Alberto Granados publicaba en su Blog una entrada titulada Los muertos en la que hacía referencia a "este gran relato de Ángel Olgoso llamado La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos (Las frutas de la luna, Editorial Menoscuarto)", con el que el escritor se adelantó a la espantosa visión de ese mar de los muertos en que se ha convertido el Mediterráneo.




LA PEQUEÑA Y ARROGANTE 
OLIGARQUÍA DE LOS VIVOS


Cuatro días hace que llegué a la costa por cierto asunto. Como me ocupa sólo las tardes, dedico las horas de la mañana a pasear desde los últimos pinos del pueblo hasta los riscos puntiagudos del espigón, a recorrer la playa muy despacio y con la cabeza vacía, a dejar que la brisa salobre limpie de parásitos mi alma, encarado al mar. Y como es invierno, nadie suele molestarme. Ayer, cuando alcancé el suave promontorio donde muere el camino, no escuché el amortiguado rumor de las olas e intuí un mar desacostumbradamente sombrío, de tan pajizo, como si la luz del sol luchara sin ímpetu para abrirse paso entre las nubes o les pidiera licencia para reflejarse en el agua. Pero el cielo no estaba cubierto, excepto unas migajas sueltas color rosa vinagre que punteaban el norte. Acerté a pensar que esa luz cargada de tristeza, el silencio estéril, el opresivo horizonte, la naturaleza compacta del agua a lo lejos, la ausencia de salpicaduras en el ribete de la playa, todo conspiraba para imaginarme en la costa de otro país. Según salvaba los doscientos metros que separan en línea recta el promontorio de la orilla, no parecía sino que una especie de toldo infinito, de color ceroso y abullonado por una amalgama de pólipos u hongos, cubriera la superficie entera del mar. A decir verdad, sólo cuando estuve a varios pasos pude cerciorarme de lo singular de la visión: aquel mar era una apiñadísima masa de cuerpos inertes mecida por la marea, una maraña humana tan entrelazada que no permitía ver el agua por intersticio alguno. Levanté la mirada y comprobé que ese tumultuario aluvión, esa prieta esponjosidad de cadáveres desnudos, continuaban hasta perderse de vista en el horizonte. De pronto, una tímida ola que comenzó a pronunciarse mar adentro avanzó elevándose poco a poco, se dilató en los flancos y se adensó dispuesta a acometer la playa. En el cenit de su impulso, mientras se sustentaba pesadamente en el aire, advertí con claridad que su cresta se componía de personas vivas, como una espuma vehemente que se moviera con un frenesí un tanto pueril, como una delirante guirnalda de burbujas que eran cabezas embestidoras, ojos en alegre desafío, bocas que mostraban tesón o desdén, extremidades que braceaban al unísono, cientos de torsos jóvenes, elásticos, que se sostenían victoriosos arriba por un instante antes de derrumbarse, con una exhalación más sorda que bronca, entre la cinta pedregosa de la orilla y la superficie grávida de cuerpos. Allí quedaban, a la deriva, muertos ya e indistinguibles del resto de despojos, adormecidos para siempre en el placentario vaivén de un regazo ilimitado. Poco después, una nueva ola despuntó al fondo, inició la infatigable fuga hacia delante, fue creciendo lentamente alentada por la premiosa resaca, y volví a ver esa onda colectiva, esa voluta donde bullían protuberancias tersas y peludas, ese festón horizontal de humanos vivos que, deslizándose sobre la base de difuntos, se esforzaban ciegamente, casi con altanería, con una engañosa vocación de eternidad, por ganar el rompeolas. Luego, a medida que se desplomaban contra las piedras de la playa con un blando golpeteo de rodamiento, con un roce viscoso, el múltiple cabeceo se debilitaba, la tenacidad desplegada cedía, las figuras vivas eran ganadas por una melancolía irreversible antes de morir, antes de sumergirse y volver a emerger y reintegrarse a los demás, a la miríada de prójimos, al tapiz de pieles, a la saturación animal de pellejos biliosos e hinchados, para no turbar un proceso que parecía incubarse a sí mismo sin descanso. Tardé en aceptar la evidencia de un pensamiento tan elemental: no se trataba de cadáveres desnudos flotando arracimados en el agua; esos cuerpos innumerables eran el agua, eran el mar mismo, eran sus corrientes, constituían cada una de sus moléculas, desde la superficie hasta los confines de las profundidades abisales, eran el turbión alimentado con el acúmulo de cien generaciones, el rompiente donde se engolfan todos nuestros antepasados. Comprendí también por qué razón las gaviotas sobrevolaban, sin precipitarse nunca, aquel mar incierto y pútrido. A fin de cuentas, en la distancia, en las alturas, la suplantada extensión acuática quizá se percibiera como la mole escamosa de un armadillo inabarcable, meciéndose morosamente, con su opacidad color badana, frente al litoral. De hecho, hasta donde alcanzaba la vista, no se distinguía ninguna embarcación, y el perfume del aire no traía el menor indicio de sal o de yodo. Mientras tanto, el sol hacía vano alarde de fuerza. Nada podía su luz velada contra el mórbido resplandor que despedía la palidez amarillenta de los cuerpos, de ese piélago silencioso y cárnico, frío y mortecino, de espeso reflujo, donde sin cesar, como obedeciendo a una llamada, nacían nuevas olas formadas por concentraciones de criaturas de fugacísima existencia, a las que pronto se les retiraría la exigua gracia concedida, ajenas por completo a la playa final, a su agónico desencuentro con la tierra, a la extinción de su breve reinado, a su veloz regreso, resignado y definitivo, al vasto mar de los muertos.







sábado, 10 de diciembre de 2016

Puente levadizo. 24 cuentistas de Panamá y España




Puente levadizo. 24 cuentistas de Panamá y España 
(Editorial Sagitario - Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación)

"Puente levadizo", océano Atlántico de por medio, pone en relación literaria y propiciando el mutuo conocimiento, el intercambio intelectual y la posibilidad de acercamientos más amplios, a algunos de los cuentistas actuales más destacados de Panamá y España: doce de cada país. Se trata de autores vivos, con al menos un libro de cuentos publicado. La antología de los autores panameños la ha preparado el destacado escritor Enrique Jaramillo Levi, escritor panameño; y la de los autores españoles responsabilidad de Pedro Crenes Castro, escritor hispano-panameño que reside en Madrid desde hace 25 años.


Ángel Olgoso participa con el impresionante relato Contraviaje, que abre Las frutas de la luna. Le acompañan otros primeros espadas del cuento español:

1. José María Merino.
2. Juan Pedro Aparicio.
3. Eloy Tizón
4.Pilar Adón
5.Marina Perezagua.
6. Juan Carlos Márquez.
7. Hipólito G. Navarro
8. Javier Sáez de Ibarra
9.Patricia Esteban Erlés
10.Cristina Fernández Cubas
11.Ángel Olgoso.
12.Ángel Zapata.




viernes, 9 de diciembre de 2016

De Buenas Letras (1)

Artículo en la sección "De Buenas Letras" 
del diario Ideal.



REIVINDICACIÓN DE LA RETÓRICA



El lenguaje no es la cifra de la vida, sino la vida misma. Sin lenguaje no hay nada. Su magia lo es todo: uno dice manzana y la manzana ya cuelga del árbol o su color brilla entre los dedos. La potencia genésica y embaucadora de las palabras es tal que puede convocar la más pura belleza y el horror más extremo. Cada vocablo supone un nuevo y diminuto universo o, si se engasta con precisión en el discurso, una gota de ámbar donde late viva la experiencia del mundo. La dimensión retórica del hecho literario reside en la riqueza expresiva, en los mecanismos que rigen nuestro proceso lector, en las formas y tropos para representar lo real o desentrañarlo. El epicentro de la retórica es la fascinación por el sonido de las palabras y por el ritmo de las frases, por los encantos de una escritura que sin ir en detrimento del sentido, contribuya al carácter musical de la prosa. Según Borges, “el equilibrio entre la respiración y la frase, la lectura y la escritura son de los pocos goces verdaderos de este mundo”. Tengo el convencimiento de que la literatura sólo ha de rendir vasallaje a la altura poética, de que el escritor no está sujeto a otros límites que el juicio estético. Un escritor que se precie busca la belleza perenne en las palabras lavadas, en las conexiones del pensamiento, en el tintineo de la expresión al entrechocar armoniosamente con el sentido. Un escritor -que está haciendo posible para los otros un mayor rango de emoción y percepción- no debe ser como un arpa eólica, que sólo emite algunos bellos sonidos sin ejecutar ninguna melodía, debe conceder a las palabras una dignidad de carta de nobleza, la calidad de lo verdaderamente real. Platón acusó a los poetas de sacrificar la verdad siempre que surge la alternativa de escoger entre la belleza y lo verdadero. Pero el filósofo ateniense no reparó en que para los poetas la belleza constituye una verdad en sí misma. Desde que el Romanticismo -con su naturaleza díscola, nocturna y afiebrada, su frenética melancolía y su loable forma de resistencia a la cárcel de la razón- hiriera de muerte a la retórica, los textos literarios no han hecho sino volverse más pedestres e irrelevantes, empobrecerse de referencias, de vibración y plasticidad, de organización semántica, de elocuencia, de todo lo que las artes compositivas tienen de asilo del pensamiento libre, aunque parezca una paradoja. La fulgente pureza de las volutas de un fósil frente a una informe roca de lava. Para Alfonso Reyes, el arte literario es un juego de espuela y freno parecido a la equitación. Resulta lamentable el desprestigio de la retórica, su incuria y su olvido, su consideración de disciplina anacrónica, su desaparición como parte de la escritura. Debería dolernos el eclipse continuado de la persuasión, de la armonía entre forma y contenido, de la elegante gestión de la expresión. La función de esta disciplina es transmitir de la manera más precisa las sutilezas, las profundidades, los semitonos, las sinuosidades del pensamiento humano: toda coartada retórica resulta lícita si un autor utiliza sus recursos para que la fricción entre esas dos piedras -la del autor y la del lector- acabe prendiendo un fuego placentero, confortador, excelso, sagrado. El ser humano necesita fabular, pero también explicarse, reinterpretarse, compartir sus experiencias y sus reflexiones, pugnar contra el desistimiento de la inteligencia, elevar la calidad de sus semejantes con la comunicación quintaesenciada de la poesía o del arte, contribuir a que sean más complejos y tengan una visión más sutil de la realidad. Escribir es participar de un misterio, y ese misterio pierde su halo y quizá no es tal si no se transmite a través de un discurso literario bien engastado, prístino, indeleble. 


martes, 6 de diciembre de 2016

Olho d'água



Comparto esta publicación de una universidad brasileña, en cuyo dossier "Expresiones del fantástico" se incluyen dos trabajos sobre Ángel Olgoso realizados por los especialistas Juan Herrero Cecilia y Roxana Guadalupe Herrera Álvarez, y una entrevista en portugués.











viernes, 2 de diciembre de 2016

UKIGUMO (4)


Breve selección de su único poemario publicado, "Ukigumo" (Editorial Nazarí, 2014, edición hispanoitaliana).


M. Tapia (2005)



Flor escondida
entre hojas de un libro.
¿Cuál es el huésped?





Sólo estoy en ti
cuando no estoy ante ti:
amor vaivén.





Olvida al hombre,
mira la gentil nube,
y entenderás.


M. Tapia (2005)


Sol, aire, lluvia,
dos manos amorosas…
¿No he vivido?



Los muertos velan el cadáver del vivo
en el féretro de la noche dilatada.


M. Tapia (2005)




Sesteabas y hacías volar piedras planas sobre el agua;
pero el verano se ha ido, huérfano de infancia.




La límpida nube se retira y, soñolientamente,
pespuntea el tapiz del cielo-tierra.